viernes, 1 de julio de 2011

Jorge Semprun y la memoria del mal.





Jorge Semprún murió en París el 7 de junio. Un año antes se despidió del mundo y de la historia con el discurso leído en Buchenwald para conmemorar los 65 años transcurridos desde que el campo de muerte fue liberado por sus propios internos y por las tropas del general Patton.

“Ni resignado a morir ni angustiado por la muerte sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí”, Semprún, quien en 1945 tenía 22 años, lamentó la desaparición cronológica de los sobrevivientes que sufrieron en carne propia la experiencia concentracionaria.
Sin embargo, confió en que la memoria del exterminio queda en manos de los niños que, ya en plena derrota del nazismo, fueron llevados de Polonia a Buchenwald ante el avance incontenible del ejército rojo. Dos de esos niños, Eli Weisel e Imre Kertész, llegarían a obtener con sus testimonios el Premio Nobel.
El dominio de la lengua

En 1988 Felipe González nombra a Semprún ministro de cultura. Le asignan un apartamento que está en el barrio del Retiro en la calle Alfonso XI. Enfrente aún se levanta la casa en que nació a fines de 1923. De ella salió en julio de 1936 a pasar el verano en Lequeitio, en el país vasco. Allí le tocó vivir el cuartelazo de Franco.
Su padre, José María de Semprún, fue ensayista, poeta, profesor de jurisprudencia y católico republicano, fundador con José Bergamín de la revista Cruz y Raya. Diplomático, ministro de la república en el exilio, Semprún padre se relacionó con los intelectuales franceses de la revista Esprit que ayudaron a que él y sus hijos sobrevivieran en el destierro.
Su madre, Susana Maura, murió cuando Jorge Semprún tenía nueve años. Era hija del gran político conservador Antonio Maura, varias veces jefe de gobierno de Alfonso XIII. Parte de los privilegios familiares fue contar con institutrices. Una de ellas, Anette, les enseñó alemán a los niños Semprún Maura. Al poco tiempo se convirtió en su madrastra. En una vida llena de paradojas Semprún debió a esta mujer, a quien detestaba, el dominio de una lengua a la que en gran parte se puede atribuir su sobrevivencia en el campo de exterminio. Cultura y barbarie: Buchenwald fue erigido frente a Weimar, la capital de la admirable literatura alemana, la ciudad de Bach y Goethe. En los campos que después fueron de muerte, Goethe conversó con Schiller y más tarde con Eckermann, el inventor de la entrevista literaria.
En Adios, luz de veranos… (1998) Semprún describió el París de 1939 y su descubrimiento de la cultura francesa. Llegaba de dos años en Bélgica donde había estudiado en una escuela neerlandesa. Para tener a cabalidad la experiencia europea a Semprún le hacía falta saber qué se siente ser refugiado. Era parte de los vencidos, de los rojos que entraban masivamente en Francia y despertaban la xenofobia generalizada. Una panadera a la que pide un croissant se burla de su acento. Semprún se vengará de ese desprecio, esa crueldad gratuita, y se convertirá en uno de los grandes prosistas de esa lengua. Descubre lo que se puede hacer con ella en los libros de André Malraux y en Paludes, un texto hoy poco leído de André Gide.

El olor y el tormento

Estudiante de filosofía en la Sorbona, se inscribe en el Partido Comunista y es miembro de la Resistencia. Capturado por la Gestapo es sometido a tortura. Hay dos cosas que jamás podrá olvidar: el olor a carne quemada de los hornos crematorios y la sensación del tormento que los inquisidores llamaron “la toca”. En México se designa como “el submarino” y se ha vuelto a practicar en Guantánamo: la inmersión total en agua hasta que la víctima siente estallar todo su sistema respiratorio.
Pasarán muchos años antes de que Semprún pueda enfrentarse a sus memorias del horror. En 1963, a los casi 20 años de su salida de Buchenwald, aparece su primera novela, El largo viaje, que describe la vivencia purgatorial (el infierno viene después) del recorrido en tren hacia el campo. En él dos veces se salva de la muerte. La primera cuando lo inscriben como “estucador”, en vez de “estudiante”. Los SS, que regían la “Solución final”, mataban a su llegada a todos los que consideraban intelectuales. La segunda, cuando la Gestapo pide información sobre el prisionero matrícula 44.904 y los comunistas infiltrados en la administración de Buchenwald ocultan al joven español tras la identidad de otro preso muerto. Todo esto se encuentra narrado en Viviré con su nombre, moriré con el mío (2001).

Buchenwald después

La organización clandestina antifascista del campo logró que Semprún trabajara en labores administrativas. Se libró del exterminio y aun en sus precarias condiciones de vida (alimentación casi inexistente, el compartir su litera con otro joven interno, las espantosas condiciones higiénicas) la pasó menos mal que la inmensa mayoría de los prisioneros.
El hecho de salir vivo de Buchenwald provocó una feroz corriente difamatoria encabezada por su propio hermano. Semprún no pudo haber sido colaboracionista sin que lo impugnaran los demás sobrevivientes del lager. No se conciben discursos como el de 2010 o el de años atrás en el Teatro Nacional de Weimar sin que las otras víctimas de Buchenwald se hubieran levantado a increparlo. Imposible salvarse de la furia anticolaboracionista francesa ni de la depuración antinazi alemana. Con todo, el odio de la derecha española llegó al grado de escribir en los titulares de los periódicos “un kapo nazi, ministro de cultura español.”
No ha habido en la historia una derrota comparable a la catástrofe hitleriana. Cuando los orgullosos ejércitos que en 1940 se habían adueñado de Europa fueron deshechos por la doble ofensiva soviética y aliada, los jerarcas nazis buscaron la paz por separado, abandonaron a Hitler casi moribundo en su búnker y las ciudades alemanas quedaron destruidas por bombardeos no menos salvajes que los de la Luftwaffe. Entonces los prisioneros de Buchenwald se levantaron contra sus verdugos y los despojaron de su última arma: el panzerfaust, es decir el cañón individual antitanque que en los demás idiomas se llama bazuka. Uno de los que se sublevaron en Buchenwald y avanzaron sobre Weimar armados de bazukas fue Jorge Semprún.

Para siempre el mañana

El principio de esperanza que rige nuestras vidas dicta que tras el infierno no puede haber otro infierno. La victoria total sobre el nazismo era el alba de un nuevo día, la promesa de un mundo en que aquellos horrores nunca iban a repetirse y todo estaría bajo el dominio de las aspiraciones que sintetizó la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad.
Semprún se entregó en cuerpo y alma a la causa que incluía la veneración sin límites al Padre de los Pueblos. Stalinista fervoroso, pasó por alto la tragedia de que los sobrevivientes rusos de los campos fueran por ese hecho mismo internados en el Gulag. El presente sombrío no bastaba a ocultar que la URSS era el mañana radiante, la aurora de los pueblos. La creencia general de la época la sintetizó más tarde un muy querido y admirado escritor hispanoamericano: “Los países capitalistas cometen crímenes; los países socialistas sólo tienen accidentes de viaje.” Ser de izquierda significaba callar en aras del mañana ante todo lo que parecía y estaba mal. La consigna interiorizada resultaba: “No se puede dar armas al enemigo.” La lucidez doliente de José Revueltas respondió tras padecer también su calvario stalinista: “Quien da armas al enemigo es el que comete las atrocidades, no el que protesta contra ellas.”
Desde su base en París, llegó a ser un alto dirigente del Partido Comunista español. Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y Santiago Carrillo confiaron en él al punto de encargarle la coordinación de la lucha antifranquista en España. Con el seudónimo de Federico Sánchez y varios otros, Semprún vivió la zozobra de la clandestinidad. Minuto a minuto estuvo en peligro de muerte como demuestra el hecho de que Julián Grimau, quien lo sustituyó en esa responsabilidad, al caer prisionero en 1963, fue de inmediato fusilado por Franco.
La crónica íntima y pública de estos años se explaya en la Autobiografía de Federico Sánchez (1977), la novela sin ficción que encuentra su continuidad en Federico Sánchez se despide de ustedes (1993) y en muchas otras obras, incluso en novelas como La montaña blanca (1986) y Veinte años y un día (1993) en que Semprún, en tanto Federico Sánchez, es una presencia espectral que nunca llega a corporizarse.

Nunca más y ¡otra vez!

De esta inmensa obra memorialística y autobiográfica que recorre casi todo el siglo XX, la pieza central es La escritura o la vida (1995). Semprún escribe cuanto había olvidado o querido olvidar hasta aquel momento. Enseguida se da cuenta de que ese día, 11 de abril es el aniversario de la liberación de Buchenwald y, lo sabrá la mañana siguiente, la fecha en que Primo Levi se ha suicidado, muchos años después de haber salido de Auschwitz.
Por las víctimas silenciadas, por Levi y por otros suicidas como Walter Benjamin y Paul Celan, Semprún siente la obligación de escribir este libro sin el cual no podremos entender lo que sucedió durante esos años en Europa y en el mundo.
La vastedad e importancia de esta obra exige cuando menos una segunda nota. No se trata de juzgar ni definir sino de atraer más lectores hacia los libros de Semprún. Él negó la idea según la cual es imposible escribir después del Holocausto. Lo que perturba es la certeza de que lo que creímos iba a ser el “nunca más” se ha convertido y sigue transformándose en el “¡otra vez!”.
Este año mismo la imagen de los niños gitanos deportados de Francia devuelve a las fotos de los niños judíos que los nazis concentraron en el Velódromo de Invierno en París y de allí embarcaron en trenes de ganado con destino a las cámaras y los hornos de Auschwitz. Creímos por una parte que esos horrores estaban en el pasado y, por otra, que su lejanía nunca iba a alcanzarnos. En el México de las narcofosas, la fiesta de las balas y las decapitaciones parece más necesario que nunca leer a Jorge Semprún.

Tomado del Semanario Proceso. 26 de junio de 2011

miércoles, 29 de junio de 2011

Cuando yo me vaya




Cuando yo me vaya, no quiero que llores,


quédate en silencio, sin decir palabras,


y vive recuerdos, reconforta el alma.




Cuando yo me duerma, respeta mi sueño,


por algo me duermo; por algo me he ido.




Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada,


y casi en el aire, con paso muy fino,


búscame en mi casa,


búscame en mis libros,


búscame en mis cartas,


y entre los papeles que he escrito apurado.




Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco


y puedes usar todos mis zapatos.




Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama,


y cuando haga frío, ponte mis bufandas.


Te puedes comer todo el chocolate


y beberte el vino que dejé guardado.


Escucha ese tema que a mí me gustaba,


usa mi perfume y riega mis plantas.




Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima,


corre hacia el espacio, libera tu alma,


palpa la poesía, la música, el canto


y deja que el viento juegue con tu cara.


Besa bien la tierra, toma toda el agua


y aprende el idioma vivo de los pájaros.




Si me extrañas mucho, disimula el acto,


búscame en los niños, el café, la radio


y en el sitio ése donde me ocultaba.




No pronuncies nunca la palabra muerte.


A veces es más triste vivir olvidado


que morir mil veces y ser recordado.




Cuando yo me duerma,


no me lleves flores a una tumba amarga,


grita con la fuerza de toda tu entraña


que el mundo está vivo y sigue su marcha.




La llama encendida no se va a apagar


por el simple hecho de que no esté más.




Los hombres que “viven” no se mueren nunca,


se duermen de a ratos, de a ratos pequeños,


y el sueño infinito es sólo una excusa.




Cuando yo me vaya, extiende tu mano,


y estarás conmigo sellada en contacto,


y aunque no me veas,


y aunque no me palpes,


sabrás que por siempre estaré a tu lado.




Entonces, un día, sonriente y vibrante,


sabrás que volví para no marcharme.




( Carlos Alberto Boaglio)

lunes, 20 de junio de 2011

Faenas de aliño




(Tomado del blog "El pez más viejo del río")

Es sabido que Miguel Hernández trabajó a las órdenes de José María de Cossío redactando fichas biográficas de toreros con destino final en la enciclopedia LOS TOROS: tratado técnico e histórico. El propio Cossío en su Carta a Luis Ponce de León titulada “Miguel, en la memoria” (La Estafeta Literaria, n. 365, 25 Marzo 1967, p. 15) lo confesaba: “Tuve la fortuna de tenerle a mi lado en la editorial Espasa-Calpe, y en mi libro Los toros, especialmente en el tomo de biografías de toreros...y yo sabría señalar muy bien las biografías de alguna importancia que él escribió...”. Pero no lo hizo, o era más verdad que no lo recordaba. Aún así, en una entrevista con Juan Cano Ballesta (realizada en julio de 1969, en La Casona de Tudanca) afirmó la plena libertad de la que dispuso el oriolano para redactar aquellas biografías, llegando a identificar la del torero Tragabuches como realizada por Miguel Hernández, por esa tendencia del poeta “a dar formas más vivas, dramáticas y novelescas a la narración”. Algo más supimos, también en 1969, cuando Manuel Molina, en aquel hermoso libro suyo que merece reeditarse (Miguel Hernández y sus amigos de Orihuela), de la malagueña factoría de Ángel Caffrarena para las Publicaciones de la Librería Anticuaria El Guadalhorce, daba a conocer por vez primera dos cartas de Miguel a su amigo Carlos Fenoll, escritas a comienzos del verano de 1936. En una de ellas le dice: “Te mando esa fotografía de Lagartijo y te mandaré algunas de diestros famosos...Ayer he hecho la biografía de Antonio Reverte, un tipo soberbio. La de Espartero, también la tengo hecha. Cuando me toca hacer la historia de un torero de esta clase gozo mucho, porque veo en ellos un corazón como catedrales...”. El ya citado Cano Ballesta decidió publicar la biografía de Tragabuches en el libro hernandiano “Poesía y prosa de guerra y otros textos olvidados”, que realizó junto a Robert Marrast (Ayuso, 1977), argumentando que sólo creyó necesario incluir una muestra, según él la más representativa. Así lo hizo de nuevo, en octubre de 1985, para el número 4 (22 de octubre) de aquella magnífica revista de literatura y toros QUITES entre sol y sombra, que dirigieron en Valencia, Tomás March, Salvador Domínguez, Carlos Marzal y Antonio Doménech. En definitiva, y siguiendo este criterio, la edición de las Obras Completas del oriolano acabarían recogiendo tan sólo esta biografía, como una muestra de su labor biográfico-taurina.
En su correspondencia hay varias referencias que no dejan duda de que Miguel Hernández acabó ciertamente harto de aquellos “monótonos y cornudos asuntos”. Así, a Carmen Conde le confesaba “me angustia seguir haciendo biografías de toreros sin importancia”, y a Juan Guerrero Ruiz, “no puedo soportar más estar días encerrado entre cuatro paredes y agotando mi mano y mi cabeza en cosas que no quiero”. De todos modos, de algo había que malvivir, y como ¡más cornás da el hambre!, aquellos “cuarenta duros” que recibía por su trabajo no sirvieron para ilusionar demasiado a alguien que, establecido ya en la villa y república, tan sólo pretendía triunfar como poeta. Tampoco sería tan ciclópea la empresa como la pintaba en carta con membrete de Espasa-Calpe y desde Ríos Rosas, 26 a su Josefina Manresa: “Me dices en tu primera carta que quieres que te diga qué clase de trabajo es el que hago y es tan complicado decírtelo que no se entenderás cuando te lo diga. Mira estoy haciendo con otro amigo mío muy rico una Enciclopedia taurina, o sea: escribir la vida de todos los toreros que hay y que ha habido ; una faena que me tendrá ocupado muchos años”. Es cierto que, literariamente no fueron más que faenas de aliño, tan parecidas a las que se ve obligado a realizar el diestro cuando la fiera no acompaña, no quedando más remedio que dar dos pases de compromiso y reclamar que salgan las mulillas de inmediato. De todos modos, no dejamos de preguntarnos por cuántos textos de su época de guerra, no menos acertados y realizados igualmente por compromiso como estos, sí fueron recogidos y editados, porqué no recoger, al menos, aquellas biografías de las que el poeta afirmó haber realizado (las páginas que anotamos se corresponden con la edición del tomo III de la enciclopedia Los toros, Madrid, 1945):

José Ulloa, Tragabuches (p. 962-964)
Antonio Reverte Jiménez (p. 770-774)
Manuel García y Cuesta, Espartero (p. 337-343)
Rafael Molina Sánchez, Lagartijo (p. 610-619)

Francisco Martínez Marín, en su biografía de Miguel Hernández añadía (por habérselo referido un aficionado local) que también podía ser suya la ficha de Enrique Vargas González, Minuto (p. 972-975), quien por cierto inauguró el 31 de agosto de 1907 la Plaza de Toros de Orihuela, junto a Lagartijillo Chico y Bienvenida. Y, puestos a fabular, ¿acaso no fuera suya la biografía de Ignacio Sánchez Mejías (p. 875-881) ante cuya muerte el oriolano dejara escrito su poema “Citación- fatal”, que intentó, sin éxito, publicar en el ABC.? ¡Hoy, quién lo sabe!

sábado, 28 de mayo de 2011

Los escritores y sus temas




A lo largo de todo el siglo XX, uno de los temas predilectos de los escritores fue el análisis de la relación entre el artista y la sociedad y, más concretamente, hasta qué punto éste debe comprometerse con los problemas de aquélla o permanecer al margen, encerrado en su creación.
Del lado del compromiso –a veces, incluso político- estuvieron autores como Bertold Brecht, Franz kafka o, posteriormente, Jean Paul Sartre. En cambio, entre los “encastillados en su torre de marfil” –en acertada frase de un crítico-, quizá uno de los mejores ejemplos sea Juan Ramón Jiménez.
No obstante, también hubo escritores que, sin decantarse por una u otra tendencia, se mantienen al margen, instalados en un cierto escepticismo. Entre éstos se encontraba el germano Thomas Mann (Lübeck, 1875-1955), cuya obra, sin embargo, también muestra una visión de la sociedad moderna que resulta casi siempre trágica. Pero su punto de vista distanciado e irónico le sitúa en un plano superior.
Mann se vio influido por tres personalidades de la cultura alemana: Wagner en la música y Schopenhauer y Nietzsche en la filosofía. Sin embargo, sería el segundo de ellos quién mayor poso intelectual dejó en él, pues con los otros dos mantuvo una relación cuando menos curiosa.

Estaba en desacuerdo con la mayoría de las tesis del autor de El Superhombre y, en cuanto a Wagner, despreciaba su personalidad tanto como le fascinaba su música. Pero, en cualquier caso, su obra refleja el influjo de ambos.
Dos novelas han otorgado fama universal a Mann: La montaña mágica, una de las cimas de la narrativa del siglo XX, y La muerte en Venecia, que expone la degradación moral de un hombre maduro que se enamora de un adolescente.
Sin embargo, el autor germano también escribió relatos breves. Uno de los más conocidos es Tobías Mindernickel, reflexión sobre la crueldad humana. El protagonista es un hombre solitario aquejado de un fuerte complejo de inferioridad. Todos se ríen de él y ello genera un desequilibrio en su personalidad que hace que, cuando compra un perro, descargue en el pobre animal sus arrebatos de ira.
Esaú –así bautiza a su mascota- es su única compañía y, sin embargo, Tobías venga en él todo el desprecio que le brindan los demás. La inferioridad que siente lo ha convertido en una personalidad bipolar que, tan pronto muestra ternura como una absoluta crueldad.
Se trata, en suma, de un certero análisis acerca de esta vertiente del ser humano: muestra como los años de sometimiento a continuadas burlas y desprecio pueden llevar a una persona a desarrollar la misma crueldad que le aplican a él: comportarse de modo perverso, precisamente, con la única criatura que lo acepta y acompaña.

Fuente: Kirjasto

lunes, 9 de mayo de 2011

Te quiero




Mario Benedetti

Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

domingo, 10 de abril de 2011

1936




(Luis Cernuda escribió este poema para rememorar a un combatiente
de la Brigada Lincoln durante la Guerra Civil en España)

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

En 1961 y en ciudad extraña,
más de un cuarto de siglo
después. Trivial la circunstancia,
forzado tú a pública lectura,
por ella con aquel hombre conversaste:
Un antiguo soldado
en la Brigada Lincoln.

Veinticinco años hace, este hombre,
sin conocer tu tierra, para él lejana
y extraña toda, escogió ir a ella
y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida,
juzgando que la causa allá puesta al tablero
entonces, digna era
de luchar por la fe que su vida llenaba.

Que aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso otra vez hoy la causa te aparece
como en aquellos días:
noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
a través de los años, la derrota,
cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

Gracias, compañero, gracias
por el ejemplo. Gracias por que me dices
que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.

LUIS CERNUDA

jueves, 31 de marzo de 2011

EL OTRO




Por Jorge Luis Borges




El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente."Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa como están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Que tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'byre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. EL otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.