sábado, 5 de octubre de 2013

Maqroll-Mutis, Mutis-Maqroll




Columba Vértiz de la Fuente entrevista al escritor Álvaro Mutis
Semanario Proceso. 28 septiembre 2013

 
El escritor Álvaro Mutis aceptó que el marinero Maqroll, creado por el mismo desde muy joven, le dio la fama internacional.

El año pasado, al acercarse su cumpleaños 89, la revista Proceso intentó, vía telefónica, pactar una entrevista con el también poeta. Dijo que no podía, aunque con su voz peculiar de locutor propuso que se le preguntara en ese momento. Aclaró que disponía de poco tiempo.

En seguida se le comentó que si bien ya había escrito novela desde los setenta, se decía que con la publicación en 1986 de la primera obra de Maqroll el Gaviero, la nieve del almirante empezó a ser más conocido mundialmente:

“Sí, comenzó bien su camino Maqroll. Me lo encontré cuando apenas tenía 18 años y me acompañó con gran fidelidad todo el tiempo.”

Se ha escrito que el hombre de la gavia, que protagoniza siete de sus novelas, aparece en los primeros poemas del autor, y que se apareció claramente en la obra de poesía Los elementos del desastre (1953).

–Para usted, ¿qué significado tiene que Maqroll sea un marinero?

–Es un marinero porque a mí me gusta mucho el mar y viajé mucho por mar. Mi padre era diplomático en Bélgica y cuando íbamos a Colombia siempre era por barco. Era muy divertido y además aprendí mucho porque hacia amistad con toda la gente que trabajaba en los barcos. Siempre me bajaba a la sala de máquinas. Desde entonces me atrapó el mundo del mar.

–¿Fue difícil crear a Maqroll?

–No, no… Se me ocurrió muy joven, y como no era creíble que un chico hablara de temas como la muerte, la soledad y la nostalgia, pensé que era mejor que lo dijera un hombre adulto, iba a ser más creíble, y por eso inventé a este personaje, un marino que conoce muchos lugares y a mucha gente, además pasa por situaciones difíciles. Era una necesidad de poner en boca de un tercero experiencias y situaciones muy intensas y tremendas.

–Entonces, ¿para que el lector le creyera al personaje debía viajar siempre?

–Sí. El que no se instale en ningún lugar tiene que ver mucho conmigo. Yo nací en Bogotá, a los dos años viajamos a Europa, después regresamos a Colombia. Yo no sabía si mi mundo estaba en Europa o en Colombia, después la vida se encargó de complicar más las cosas y tuve que viajar muchísimo por los diversos trabajos que tuve. Esto me dio la idea de que también Maqroll fuera un hombre sin ningún asentamiento propio.

–¿Maqroll es biográfico?

–Tiene mucho de mí, pero también mucho de él mismo. Cuenta con su propia personalidad, un carácter y un pasado. No soy yo. Él es muy diferente, hace cosas que yo nunca haría.

–Maqroll constantemente está luchando y litigando, parece anhelar la llegada de la muerte, ¿no es así?

–Yo no diría eso. Él lo que hace es ir hasta el final de la experiencia en la que se aboca. Quiere saber cuál es el final de todo eso. En el final está, naturalmente, la muerte. Por eso en muchas ocasiones se encuentra su vida en peligro, pero no porque tenga la intención de jugar con la muerte o buscar la muerte, al contrario, es por amor a la vida que él quiere ir hasta el final de las experiencias.

–¿Está satisfecho con Maqroll?

–Sí, totalmente… Me ha dado mucho…

Después de La nieve del almirante, publicó Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del Tramp Steamer (1989), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1991) y Tríptico de mar y tierra­ (1993).

El autor también publicó Summa de Maqroll el Gaviero (poesía), Contextos para Maqroll y Caminos y encuentros de Maqroll el Gaviero (ensayo).

–El gaviero lee, ¿qué opina de la literatura mexicana?

–Qué es una literatura muy madura. Ya desde la época de la Colonia tiene México un poeta de tamaño universal que es sor Juana de la Inés. Hay una tradición literaria mexicana muy sólida. Cuando llegué a México (1956) y tuve el gusto de conocer a Octavio Paz y a Carlos Fuentes (trabajaban entonces en la Secretaría de Relaciones Exteriores), empecé a platicar con ellos sobre mis lecturas mexicanas y me di cuenta de que estaban muy conectados con esa tradición literaria.

–¿Qué autores mexicanos destacaría?

–Antes de venir a México, ya había leído algunos cuentos de Carlos Fuentes y El llano en llamas, de Juan Rulfo, que me impresionó muchísimo, después me pasó lo mismo con Pedro Paramo. La aventura y la amistad con Rulfo fue toda una experiencia. Lo admiré muchísimo. La estructura de su narrativa es muy moderna. A Fernando Botero lo hice leer a Rulfo, quien fue un gran escritor y un gran conocedor de los clásicos españoles. Desde luego la poesía de Octavio Paz y su obra crítica me parecen fundamentales.

–Para usted, ¿qué diferencia hay entre escribir poesía y novela?/

Debe irse. Sin embargo, continúa:

“Son dos mundos. En el caso del poema van presentándose ciertas imágenes y me siento a escribirlas al instante. Si es necesario lo reescribo mil veces. Respecto a la novela, me siento a escribir sólo cuando ya tengo definidos muchos de los episodios y la estructura en general. Aunque cada vez que hago una novela, en cierta forma, estoy desarrollando un poema.”

–¿Su obra es muy personal e intimista?

–Cuento lo que creo que a la gente le puede interesar sobre mi vida, pero no es una literatura intimista, ni intento hacer novela psicológica ni hacer poemas políticos o con fines de protesta, porque nunca he votado, no he pertenecido a ningún partido, no me gusta la política.

–¿Por qué?

–Me parece una pérdida de tiempo. Hay muchas cosas más importantes en la vida que seguir la rutina y pequeña ambición de unos hombres que quieren una cuota de poder en el Estado.

–¿Qué le dice el poder?

–Que es una de las trampas y alucinaciones más lamentables en que puede caer el hombre…

Despidiéndose, promete:

“Hábleme otro día.”

sábado, 21 de septiembre de 2013

Pablo Neruda: Entre su conciencia y la palabra






Francisco RIVAS LINARES

 

Parte I

 

               “Los monstruos envilecieron, pero no fueron viles.
    Ahora
    en el rincón que la luz reservó a la pureza,
    en la nevada patria blanca de Araucanía,
    un traidor sonríe sobre un trono podrido.
   En mi patria preside la vileza.”
                                                                                                                 (Pablo Neruda. Canto General)

 

Cuando el cielo se viste de humedad y el torrente lacrimoso emite un suave murmullo unísono, rítmico, estimulando mis saudades, es entonces cuando me gusta abrir las páginas poéticas de Neruda y me dejo llevar por los caminos ignotos de mi imaginación grávida de imágenes, olorosas a frescura, a tierra mojada.

Pablo Neruda esculpió sus versos sobre el granito del tiempo para la posteridad. Legado de luz, de arrebato, de amor, barro y rebeldía. Gritos que se esparcen en el confín universal. Versos que escancian su salobre mensaje en nuestro paladar ayuno de sabores. Amores que se esparcen en la línea sonora y metafórica. Rebeldía arrebatada que nos sacude ante el sopor que nos domina frente al mundo pletórico de inmundicias, donde el alma del burgués, tan corrompida, asfixia en sus miserias al obrero, al campesino, a quienes mueren día tras día devorados por la tierra en las minas del cobre y el salitre, al araucano indómito, exterminado por un criollismo estúpido y creído.

Ricardo Eliécer Neftalí  Reyes Basoalto nació en Parral, provincia de Linares, Chile, el 12 de julio de 1904. Los misterios de la selva, el sonoro canto de las aves exóticas cuyos nidos primitivos se suspenden en los árboles lineales, los insectos de cromáticos colores, la lluvia incesante del invierno gélido que sacude los enormes abanicos de helechos gigantescos, mecieron la cuna del poeta ilustre…

 
“De aquellas tierras, de aquel barro, de aquel silencio,
he salido yo a andar, a cantar por el mundo”


Rosa Basoalto de Reyes, la madre, murió treinta días después del alumbramiento  consumida por la tuberculosis. El poeta la conoció por una fotografía que encontró  en un viejo baúl familiar: “Era una señora vestida de negro, delgada y pensativa. Me han dicho que escribía versos, pero nunca he visto nada de ella, sino aquel hermoso retrato.”

Su padre, José del Carmen Reyes Morales, fue ferroviario. Solía conducir un tren lastrero, de esos que trasladan  piedra picada para depositarla entre los durmientes y evitar con ello el hundimiento de los rieles al paso del convoy. Neruda vivió con él las experiencias pueriles de la contemplación de la naturaleza fecunda y policroma de la patria.

Dos años después, en 1906, la familia se traslada a Temuco, capital de la provincia de Cautín, al norte de Chile, donde el padre contrae segundas nupcias con doña Trinidad Candia Marverde. Años más tarde Neruda asiste al Liceo de Hombres a realizar sus estudios, donde tiene la fortuna de conocer a Gabriela Mistral. Tiempo después muere el padre, siendo sepultado en el panteón de la localidad, “el cementerio más lluvioso del mundo”, calificado así por el poeta.

Con su nombre de pila publica sus primeros versos en la revista Corre-Vuela, de Santiago, entre 1918 y 1919; y es en octubre de 1920 cuando adopta definitivamente el seudónimo de Pablo Neruda, comenzando a tejer el sudario de su inmortalidad escandiendo con arte y ritmando el mensaje para el hermano universal: El Hombre.

“Me parece que yo no nací para condenar, sino para amar. Aun hasta los divisionistas que me atacan, los que se agrupan en montones para sacarme los ojos y que antes se nutrieron de mi poesía, merecen por lo menos mi silencio. Nunca tuve miedo de contagiarme penetrando en la misma masa de mis enemigos, porque los únicos que tengo son los enemigos del pueblo.”

No puedo sustraerme de la predilección común de los lectores nerudianos: Farewell constituye hoy por siempre el poema representativo de Crepusculario:

 
Desde el fondo de ti, y arrodillado,
un niño triste, como yo, nos mira.
Por esa vida que arderá en sus venas
tendrían que amarrarse nuestras vidas.
Por esas manos, hijas de tus manos,
tendrían que matar las manos mías.
Por sus ojos abiertos en la tierra
veré en los tuyos lágrimas un día…

Neruda solía expresar su inconformidad por la tendencia preferencial que los lectores imponían a este poema, pues con ello, aseguraba, se pretende inmovilizar al poeta en un solo minuto. Fracasó en el intento y Farewell aún desgrana su lirismo en el hondo sentir adolecente como poema liberto del conjunto.

Lo mismo sucede con el Poema XX de su compilación Veinte Poemas de Amor y una Canción Deseperada. Se liberó del resto y lo encontramos solitario, refulgente, detonante de un amor frustrado, mal afortunado…

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Este poema fue publicado por vez primera en la revista Claridad el 24 de noviembre de 1923, con el título Tristeza a la orilla de la noche y firmando su autor con el seudónimo de Sachka.

Pablo Neruda nos explica el génesis de la obra en su totalidad: “Los Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada es un libro doloroso y pastoril que contiene mis más atormentadas pasiones adolescentes, mezcladas con la naturaleza arrulladora del sur de mi patria. Es un libro que amo porque a pesar de su aguda melancolía está presente en él el goce de la existencia. Me ayudaron a escribirlo un río y su desembocadura: el río Imperial. Los Veinte Poemas son el romance de Santiago, con las calles estudiantiles, la universidad y el olor a madreselva del amor compartido… En un esbelto y largo bote abandonado de no sé qué barco náufrago, leí entero el Juan Cristóbal y escribí la Canción Desesperada.”

 




 Foto: Salvador Allende y Pablo Neruda
 

Parte II

 

Mi pueblo, pueblo mío, levanta tu destino!
Rompe la cárcel, abre los muros que te cierran.
Aplasta el paso torvo de la rata que manda
desde el Palacio; sube tus lanzas a la aurora,
y en lo más alto deja que tu estrella iracunda
fulgure, iluminando los campos de América.
Pablo Neruda.
“González Videla el traidor de Chile”
Canto General

 

 Conocí la poesía nerudiana en mis años de estudiante. La asignatura de Estética la impartía el poeta Tomás Rico Cano. En una de sus exposiciones académicas, al referirse a la inequidad social  tan injusta que nos corroía, aludió al vate chileno dando lectura y haciendo análisis de la Oda a la Cuchara. Canto a la equidad en el que la cuchara funge como intermediario instrumento para igualar “unos labios clavelinos” con los miserables del hambriento. Fue emotivo el momento. Avivó en todos nosotros, sus alumnos, ese romanticismo cristalizado tan propio de la juventud del mundo.

En la oda referida, Neruda juega con el tiempo. Comienza con el pasado (Cuchara, cuenca de la más antigua mano del hombre…) para continuar con el presente (…el hombre agregó al hueco desprendido de su mano un brazo imaginario de madera…) y concluir en el futuro (Por eso el tiempo de la nueva vida que luchando y cantando proponemos será un advenimiento de soperas…).  

Toda revolución principia con una literatura. Es un paradigma al que recurro con cierta frecuencia y que viene a confirmarlo Neruda en su poesía de dimensión socialista España en el corazón. En su obra póstuma, Confieso que he vivido, narra la proeza heroica que vivió al lado de Manuel Altolaguirre para imprimirlo en el fragor beligerante del franquismo

Altolaguirre instaló una pequeña imprenta en el frente del Este, escribe el poeta. Se pararon los tipos, se elaboró el papel en un viejo molino utilizando al efecto una “…extraña mezcla, desde una bandera del enemigo hasta la túnica ensangrentada de un soldado moro.” Y del estruendo de la cruel guerra civil dimanó este épico poema.

¡Cuánta severidad hay en los versos! La cáustica maldición vertida contra el general Francisco Franco, encarnación de la estulticia:

“Maldito, que sólo lo humano / te persiga, que dentro del absoluto fuego de las cosas, / no te consumas, que no te pierdas / en la escala del tiempo, y que no te taladre el vidrio ardiendo / ni la feroz espuma. // Solo, solo, para las lágrimas / todas reunidas, para una eternidad de manos muertas / y ojos podridos, solo en una cueva / de tu infierno, comiendo silenciosa pus y sangre / por una eternidad maldita y sola. // No mereces dormir / aunque sean clavados de alfileres los ojos: debes estar / despierto, General, despierto eternamente / entre la podredumbre de las recién paridas, / ametralladas en otoño. // Todas, todos los tristes niños descuartizados, / tiesos, están colgados, esperando en tu infierno / ese día de fiesta fría: tu llegada. // Niños negros por la explosión / trozos rojos de seso, / corredores / de dulces intestinos, te esperan todos, todos en la misma actitud / de atravesar la calle, de patear la pelota, / de tragar una fruta, de sonreír o nacer.”

La prolongación del poeta no sólo encuentra acotación en la España franquista, sino que alcanza a muchos otros países entre los que figura México. En su Oratorio Menor el poeta rinde tributo al músico ilustre Silvestre Revueltas; un poema escrito a vuela pluma que consta de cincuenta y cuatro versos libres y asonánticos, mismos que leyó en el Panteón Francés de la ciudad de México ante su tumba.

Cuando un hombre como Silvestre Revueltas
vuelve definitivamente a la tierra,
hay un rumor, una ola
de voz y llanto que prepara y propaga su partida.
Las pequeñas raíces dicen a los cereales: "Murió Silvestre",
y el trigo ondula su nombre en las laderas
y luego el pan lo sabe
todos los árboles de América ya lo saben
y también las flores heladas de nuestra región ártica.

En sus memorias Confieso que he vivido, así describe a México:

“Mi gobierno me mandaba a México. Lleno de esa pesadumbre mortal producida por tantos dolores y desorden, llegué en el año 1940 a respirar en la meseta de Anáhuac lo que Alfonso Reyes ponderaba como la región más transparente del aire.

“México, con su nopal y su serpiente; México florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación, me cubrió con su sortilegio y su luz sorpresiva.”

Y si en el verso labró su testimonio sobre el acendrado agrarismo de Zapata y de Jesús Gutiérrez, el pensamiento liberal de Benito Juárez y la rebeldía inaudita del Joven Abuelo, también censuró el entreguismo de quienes por equívoco o titubeo traicionaron la ideología del derecho humanístico, pilar exterior de nuestro México. El Canto General es tribuna flamígera de denuncia:

“Cerraron las cordilleras
de Chile para que no partiera
a contar lo que ahí sucede,
y cuando México abrió sus puertas
para recibirme y guardarme,
Torres Bodet, pobre poeta,
ordenó que se me entregara
a los carceleros furiosos.
Pero mi palabra está viva,
y mi libre corazón acusa.”

Del supremo exponente de la poesía contemporánea latinoamericana, Pablo Neruda, se seguirán escribiendo muchas cuartillas más, porque el expresivo lampadario de sus versos seguirá inagotable iluminando al mundo. Hoy, con estas líneas, le entrego mi homenaje a los cuarenta años de su deceso ocurrido el 23 de septiembre de 1973. Y a la manera de la multitud obrera de rostros recios, galvanizados y serios, de mi garganta se desprende el grito de reclamo para que lo repitan los campos, las montañas, las ciudades, las fábricas, las minas, las aulas universitarias:

 

¡Pablo Neruda…!  ¡¡PRESENTE!!

 

Revista de la Universidad de México

Revista de la Universidad de México

martes, 3 de septiembre de 2013

Caín (Fragmentos)



Lord Byron



                                    LUCIFER
Somos almas que se atreven a usar su inmortalidad;
almas que se atreven a mirar al tirano omnipotente
directo a su rostro eterno, y a decirle
que su mal no es un bien. Si él hizo todo,
como dice (cosa que no sé, ni creo tampoco),
si nos hizo incluso a nosotros, no nos puede deshacer:
somos inmortales. Más aún, él nos quiso así
para poder torturarnos; ¡que lo haga! Es grande,
mas, en su grandeza, no es más feliz que nosotros
en nuestros conflictos. La bondad no habría creado
el mal; y, sin embargo, ¿qué otra cosa ha creado?
Que se siente en su vasto y solitario trono,
creando mundos a fin de hacer la eternidad
menos agobiante para su existencia inmensa
y la soledad que con nadie puede compartir.
Que amontone mundo sobre mundo: está solo,
tirano totalmente indisoluble e indefinido.
Si tan sólo pudiera aniquilarse a sí mismo,
sería éste el mejor don que jamás hubiese concedido;
pero que siga reinando, y multiplicándose en la miseria.
Los espíritus y los hombres, al menos, nos compadecemos
y, sufriendo en conjunto, hacemos a nuestros dolores,
innumerables, algo más tolerables para todos
por medio de una ilimitada compasión universal.
¡Pero él!, tan miserable en su altura,
y tan inquieto en su miseria, debe aún crear,
y volver a crear... Quizás algún día
se otorgue a sí mismo un Hijo, así como
te dio a ti un padre; y, si así lo hace,
quede dicho, su Hijo no será sino un Sacrificio.

                                        CAÍN
Me hablas de cosas que hace ya tiempo vagan
como visiones a través de mis pensamientos;
nunca pude conciliar aquello que oía con lo que veía.
Mi padre y mi madre sólo me hablan de serpientes,
de frutos y de árboles; yo veo las puertas
de lo que ellos llaman su Paraíso custodiadas
por querubines que, armados con flamígeras espadas,
les prohíben la entrada, como a mí; siento
el peso de diarias labores, y de pensamiento constante;
miro alrededor a un mundo en el cual no parezco nada,
con ideas que surgen en mi interior como con poder
para dominar todas las cosas; pero mis reflexiones
me dicen que esta miseria es sólo mía. Mi padre
está resignado; mi madre ha olvidado la mente
que la llevó a ansiar el conocimiento incluso
ante el riesgo de una maldición eterna; mi hermano
es un pastorcito diligente que ofrece en sacrificio
las primicias de su rebaño a aquel que ordena
a la tierra no cedernos nada sin sudor;
mi hermana Zillah canta un himno que precede
aun al saludo matinal de las aves; y mi Adah,
mi mujer y amada, tampoco es capaz de comprender
la elevada mente que me abruma; nunca hasta hoy
había conocido ser alguno que simpatizase conmigo.
Muy bien, será mejor que empiece a tratar con espíritus.


                                          [...]


                                    LUCIFER
Y ésa debería ser toda la suma humana
de conocimiento: saber que la naturaleza mortal
no es nada. Lega esa ciencia a tus hijos
y les ahorrarás muchas torturas.

                                        CAÍN
                                                             ¡Altivo espíritu!,
dices eso orgullosamente; pero tú, aunque orgulloso,
tienes un superior.

                                    LUCIFER
                                     ¡No! ¡Por el Cielo, que él
retiene, y el abismo y la inmensidad de mundos
y de vida, que yo retengo con él, no!
Tengo un vencedor, es cierto, pero no un superior.
Homenaje él tiene de todos, pero ninguno de mí;
combato contra él por éste, tal como combatí
en el altísimo Cielo. A través de toda la eternidad,
y de los insondables abismos del Hades,
y de los interminables reinos del espacio,
y de la infinitud de edades sin término,
¡todo, todo lo disputaré yo! Y mundo por mundo,
y estrella por estrella, y universo por universo,
todo temblará en la balanza, hasta que el gran
conflicto cese, si es que alguna vez cesará,
lo cual nunca hará, no sino hasta que él o yo
sucumbamos. ¿Y qué puede hacer sucumbir nuestra
inmortalidad, nuestro mutuo e irrevocable odio?
Él, como conquistador, llamará a lo conquistado
el mal; pero ¿qué será el bien que él dará?
Si el vencedor fuese yo, sus obras serían juzgadas
las únicas malvadas. Y a vosotros, a vosotros,
nuevos y apenas nacidos mortales, ¿cuáles han sido
los dones que os ha dado en vuestro pequeño mundo?

                                        CAÍN
No han sido sino pocos, y algunos de éstos sólo amargos.

                                    LUCIFER
Regresa conmigo, entonces, a tu Tierra, y pon a prueba
el resto de los celestiales dones otorgados a ti y a los tuyos.
El bien y el mal son cosas en su propia esencia,
y no hechas buenas o malas por aquel que las da;
mas si él os da el bien, llamadlo así,
y si de él brota el mal, no lo llaméis mío
hasta que no conozcáis mejor su verdadera fuente;
y no juzguéis por palabras, aunque de espíritus,
sino por los frutos de vuestra existencia, como debe ser.
Un buen don la manzana fatal os ha conferido:
vuestra razón; no dejéis que ésta sea oprimida
por tiránicas amenazas para forzaros a una fe
en contra de todo sentido externo y sentimiento interno;
pensad y resistid, y forjad un mundo interior
en vuestro propio pecho allí donde el exterior falle;
así estaréis más cerca de la naturaleza espiritual
y combatiréis triunfantes con la vuestra.

domingo, 18 de agosto de 2013

Dos poemas de Byron



Cuando nos separamos...

Cuando nos separamos
en silencio y con lágrimas,
con el corazón medio roto,
para apartarnos por años,
tu mejilla se tornó pálida y fría
y tu beso aún más frío...
Aquella hora predijo
en verdad todo este dolor.
El rocío de la mañana
resbaló frío por mi frente
y fue como un anuncio
de lo que ahora siento.

Tus juramentos se han roto
y tu fama ya es muy frágil;
cuando escucho tu nombre
comparto su vergüenza.
Cuando te nombran delante de mí,
un toque lúgubre llega a mi oído
y un estremecimiento me sacude.
¿Por qué te quise tanto?
Aquellos que te conocen bien
no saben que te conocí:
por mucho, mucho tiempo
habré de arrepentirme de ti
tan hondamente,
que no puedo expresarlo.

En secreto nos encontramos,
y en silencio me lamento
de que tu corazón pueda olvidar
y tu espíritu engañarme.
Si llegara a encontrarte
tras largos años,
¿cómo habría de saludarte?
¡Con silencio y con lágrimas!

***********

En un álbum

Sobre la fría losa de una tumba
un nombre retiene la mirada de los que pasan,
de igual modo, cuando mires esta página,
pueda el mío atraer tus ojos y tu pensamiento.

Y cada vez que acudas a leer este nombre,
piensa en mí como se piensa en los muertos;
e imagina que mi corazón está aquí,
inhumado e intacto.

George Gordon Byron y su sublime poema: Caín



Álvaro Zepeda Neri

 

Si la frase ex libris significa “de entre los libros”, entre los de mi raquítica biblioteca de George Gordon Byron (mejor conocido como Lord Byron) se encuentran su grandioso poema Don Juan, al que presenta no como seductor, sino como seducido; Diario de Cefalonia, donde cuenta su estancia en Grecia luchando por su independencia; Obras escogidas; Morir de pie, casi sus memorias; y, en elegante presentación, una selección de sus obras La peregrinación de Childe Harold, La novia de Abydos, El corsario; la conmovedora historia de amor Lara; y, en una edición soberbia, Caín, de presentación bilingüe.

Lord Byron vivió de 1778 a 1824. Inglés de nacimiento, pero literato universal e inmortal. William Shakespeare escribió en Medida por medida que es la “muerte la que debe morir”, mientras sobreviven en la historia universal los Byron, los Kelsen, los Marx, los Goethe, los Schiller, los Neruda, los López Velarde, los Newton, etcétera.

 

Caín, el fratricida, el destinado a matar a su hermano Abel, primogénito de Adán y Eva, es el retador de Yavé, el colérico Dios, mientras dialoga con Lucifer. Caín es el rebelde, el primero de la metafísica paradisíaca. Es el Prometeo de la leyenda reclamando libertad, la racionalidad y la crítica devastadora al dogma religioso. Caín es una obra maestra, un poema grandioso, ya desde entonces “humano, demasiado humano”, proyectando desde la raíz una de las caras de la naturaleza humana. “Caín no envidiaba a Abel, pues nunca había querido para él esa satisfacción que mana de una existencia resignada y sumisa”, escribe en su penetrante introducción Enrique López Castellón, quien es también extraordinario traductor y autor de las notas. Al leer el poema de 760 estrofas con cientos de versos en un libro de 275 páginas, uno quisiera que fueran más, para continuar estremeciéndose ante el drama del primer homicidio del Génesis. Son versos contando una historia donde dialogan Caín, Abel, Lucifer, Adán, Eva y el Dios Jehová.

 

A la pregunta: “¿dónde se encuentra Abel, tu buen hermano?”, Caín responde: “¿De mi hermano guardián soy por ventura?”. Byron va tejiendo su historia de amor criminal y arrepentimiento, donde Caín asume las consecuencias del suceso en el Edén, donde el preferido es Abel. Estremecedor poema sobre el sacrificio de Abel tan dispuesto a dar su vida a Jehová. En versos vibrantes, Byron creó la vida y la muerte, el alfa y el omega de la existencia efímera, biológica, de la mayoría de los humanos donde todos somos Abel y Caín, porque como otro poeta escribió: “el hombre mata lo que ama… El valiente con una daga, el cobarde con un beso” (Oscar Wilde, La balada de la cárcel de Reading). Nadie como Caín –canta Byron– amó a Abel. Ésta es una obra maestra del romanticismo, de las libertades, de “la protesta contra toda explotación y esclavitud; el ansia de libertad, específicamente romántica [que] impulsó la lucha contra la opresión obrera, en el ámbito industrial, y contra la invasión de una nación contra otra”. Esto fue el legado de Byron.

 

Ficha bibliográfica:

 

Autor: George Gordon Byron

Título: Caín

Editorial: Abada Editores, 2011



Fuente: www.contralinea.com.mx

viernes, 2 de agosto de 2013

Rosario Castellanos: La soledad hecha poema






 
Francisco RIVAS LINARES

 

Hay en la poesía mexicana esteros femeninos en donde abrevamos quienes el arte de escandir y rimar nos alienta y emociona: Guadalupe Amor, Emma Godoy, Margarita Michelena, Margarita Paz Paredes y Rosario Castellanos. De la última expondré, en esta ocasión, un perfil de su personalidad.

Ejemplo de vocación literaria Rosario Castellanos es una escritora de hálito divino. A partir de la publicación de "Apuntes para una declaración de fe" (1948) hasta su muerte ocurrida trágicamente en agosto de 1974, se publican veintitrés libros entre poesía, cuento, novela, teatro y un volumen de artículos periodísticos: "El uso de la palabra".

Por cuanto a la poesía se refiere, once libros vieron la luz y su palabra impresa cimbró las cuerdas del espíritu. Hoy encontramos sus versos sonoros, polisemánticos y metafóricos, reunidos bajo un solo título: "Poesía no eres tú". Sus relatos "Los convidados de agosto" y "Ciudad Real" constituyen el ciclo Chiapas, donde denuncia los problemas agudos en que se debate el sureste de México, como si el tiempo se hubiera paralizado en la Colonia. Además, en ellos se percibe la luminosidad y el misterio oculto de la tierra pródiga, fecunda y húmeda, pudiendo identificarse la dicotomía paraíso-infierno que en otras partes de México vieron también escritores como Malcomm Lowry y B. Traven.

Sus relatos contenidos en "Álbum de familia" y "Balún Canán" denotan rasgos esencialmente autobiográficos. Ambas obras, al lado de "Oficio de tinieblas", llegan a conformar su trilogía novelística. El resto de sus creaciones son "Juicios sumarios", "Mujer que sabe latín", "El mar y sus pescaditos" y la obra de teatro "El eterno femenino".

No obstante su breve tránsito por la vida y parvo oficio literario, la belleza y la bondad de su alma, con la palabra,  quedó indeleble para la posteridad.

 
En la lectura de sus obras nos lleva de la mano al conocimiento de las diversas circunstancias que influyeron en la configuración de su personalidad retraída, abismada en el silencio infinito de una soledad agobiada por el trauma de considerarse fea: "Soy más o menos fea. Eso depende mucho de la mano que aplica el maquillaje".

Más adelante expresa en su Autorretrato: "Amigos... hmmm... a veces, raras veces y en muy pequeñas dosis. En general rehúyo los espejos. Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal y que hago el ridículo cuando pretendo coquetear con alguien".



Su inseguridad hizo suponerse con defectos y carencias abundantes. Por eso se consideraba poco afortunada en el roce social, pues todo lo circunscribía al encanto femenino y a la belleza física; de ahí su soledad, su hábito al recogimiento.


Escribir-leer-escribir fue la fórmula de escape a esa realidad infundada que ella misma se creó; o mejor dicho, le crearon los demás, pues desde niña, marginada por la preferencia de sus padres hacia el hijo varón, vive la mortificación de un acentuado complejo de culpabilidad. Desde entonces le acompañará un aura de aislamiento, sin más compañía que la de su nana chamula:


"Nací en la hora misma en que nació el pecado
y como él, fui llamada soledad.
Gemelo es nuestro signo y no hay aguas lustrales

capaces de borrar lo que marcaron
los hierros encendidos de mi frente".

 

Balún Canán es el nombre maya de Comitán cuyo significado nos envuelve en la bruma de una mitología indígena: Nueve guardianes o nueve testigos o nueve estrellas, quienes habitan en Tziscao, donde "están los lagos de diferentes colores". Balún Canán es una obra de matices exuberantes en cuyo contenido las referencias autobiográficas predominan; y aunque si bien adolece de la falta de efemérides fulgurantes y escrupulosas, su desarrollo temático nos muestra los impactos psíquicos que sufrió su autora desde la edad primera, ocasionados por unos padres que conceden preferencias y atenciones al hermano, Benjamín Castellanos, (Mario en la novela) y que al ocurrir su muerte escucha en voz de su madre: “Ahora tu padre ya no tiene por quien seguir luchando. Ya estamos iguales. Ya no tenemos hijo varón.”


El universo de Rosario está estructurado por ese conjunto condicional que subyuga a la mujer latinoamericana en su relación con el hombre: propósito de conquistar con el gracejo y la belleza corpórea, para albergar la tibia esperanza de seleccionar un estado de vida donde entronizar el amor, aun cuando después el ídolo se derrumbe y se retorne a la soledad espectral: "Mi experiencia más remota radicó en la soledad individual; muy pronto descubrí que en la misma condición se encontraban todas las otras mujeres a las que conocía: solas solteras, solas casadas, solas madres. Solas, en un pueblo que no mantenía contacto con los demás. Solas, soportando unas costumbres muy rígidas que condenaban el amor y la entrega como un pecado sin redención. Solas en el ocio porque ese era el único lujo que su dinero sabía comprar. Retratar esas vidas, delinear esas figuras forman un proceso que conserva una trayectoria autobiográfica."

Tanto en su prosa como en su verso se pueden advertir reiteraciones gravadas por una significancia impactante y profunda. El viento, evocación persistente de una libertad negada, como si con la palabra misma pudiera asir el derecho a su ejercicio: "¡Qué alrededor tan inmenso! Una llanura sin rebaño donde el único animal que trisca es el viento. Y cómo se encabrita a veces y derriba los pájaros que han venido a posarse tímidamente en su grupa. Y cómo relincha. ¡Con qué libertad! ¡Con qué brío!... Y toca las puertas y derriba floreros y revuelve los papeles del escritorio y hace travesuras con los vestidos de las muchachas. Y me quedo aquí, con los ojos bajos porque (la nana me lo ha dicho) es así como el respeto mira a lo que es grande."

El sauce, árbol que sobrelleva su inmovilidad, testigo incólume del paso del tiempo. Así la mujer, detenida por las raíces de la maternidad o del matrimonio, ve pasar las aguas del estero en una libertad parecida a la del viento (el hombre): "Nada detiene al viento. ¡Cómo iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las orillas de los ríos."

 

El fracaso estrepitoso de su matrimonio la hunde más en sus cavilaciones y en una sensación de soledad. ¡Qué confesión terrible en su poema dramático "Salomé"!:

Mi talador, mi buitre
en los meses primeros.
Después un congelado
espejo.
Me traicionó con todas las mujeres,
con el hastío y el poder y el juego.
Vi entrar por esa puerta la embriaguez,
el grosero deseo
y la brutalidad del amo ante la sierva
y el desprecio.
¿Por qué no huiste?
¿A dónde? Mis hermanas
tienen su propio infierno.
Y fui educada para obedecer
y sufrir en silencio.
Mi madre en vez de leche
me dio el sometimiento.

La evocación de aquella infancia tan unida a la suerte de los chamulas, pues tanto para ella como para éstos la soledad es identificación, la estimula para regresar a su natal Chiapas a servir con humildad al indígena. Trabaja con el Instituto Indigenista y para no caer en la tentación del retorno, se corta su pelo al rape. Comparte la frugalidad alimenticia y sufre las miserias de los chamulas. Su altruismo no encuentra límites y se entrega con pasión a la caridad humana.

De sus tragedias, de todos los sucesos de su vida, Rosario hace poemas, novelas, toda su producción literaria. Los años últimos de su vida, prestando servicios a México como embajadora en Israel, están envueltos en una infinita sed de compañía, en una taladrante nostalgia por la patria distante, aunque al fin conquistadora de la libertad:

"Yo fui capaz de romper amarras y de partir y de permanecer temblando (al principio de miedo y ahora de maravilla) porque tengo entre mis manos ese tesoro desconocido que se llama libertad."

Y cuando libre al fin... su cuerpo húmedo, el encendido eléctrico y la letal descarga, infame, siega su vida el 7 de agosto de 1974 en Tel Aviv, Israel. Más a pesar de su separación física la seguimos presintiendo en el viento, en las aguas viajeras de los ríos que nos limpia la memoria y nos adormece la pena...

"Cuando yo muera dadme la muerte que me faltaba
y no me recordéis.
No repitáis mi nombre hasta que el aire sea
transparente otra vez.
No erijáis monumentos que el espacio que tuve
entero lo devuelvo a su dueño y señor
para que advenga el otro, el esperado
y resplandezca el signo del favor".