lunes, 27 de enero de 2014

José Emilio Pacheco y los jóvenes / Ensayo de Elena Poniatowska





Los jóvenes se arrodillan ante José Emilio Pacheco. “Alta traición” es objeto de culto y lo saben de memoria. El poeta José Emilio pide perdón, se echa para atrás, dice que no, que por favor, que no es para tanto, que le falta, que no es nada, que todos nos vamos a morir. Los jóvenes lo buscan para abrazarlo y afirmarle que lo adoran. Confuso, José Emilio responde que “algo se está quebrando en todas partes. Se agrieta nuestra edad”. Les advierte que no van a durar y que “sobre su rostro/crecerá otra cara”.

 

Los jóvenes que todavía viven sus recuerdos de infancia se encuentran a sí mismos en El viento distante, El principio del placer, Las batallas en el desierto y hasta en la colonia Condesa de Morirás lejos y le brindan al novelista y al cuentista un testimonio de gratitud interminable.

 

Es raro sentir gratitud por un escritor vivo pero José Emilio reúne todas las devociones. Cuando el niño Carlos de Las batallas en el desierto confiesa: “Nunca pensé que la madre de Jim fuera tan joven, tan elegante y sobre todo tan hermosa. No supe qué decirle. No puedo describir lo que sentí cuando ella me dio la mano”, los lectores reviven el tormento de su primer amor. Lo mismo sucede con los cuentos de La sangre de Medusaescritos de 1956 a 1984. José Emilio toca fibras en las que se reconocen, en las que tú y él y yo, ustedes y nosotros nos identificamos. Al leerlo, cada quién escribe de nuevo “Tarde o temprano”. Lo suyo es nuestro. Hacemos el libro con él, somos su parte, nos convierte en autores, nos refleja, nos toma en cuenta, nos completa, nos quita lo manco, lo cojo, lo tuerto, lo bisoño. Le debemos a él ser lectores, por lo tanto le debemos a él la vida.

 

Según él, los amores verdaderamente desdichados, los amores terribles son los de los niños porque no tienen ninguna esperanza. “En cualquier otra época de tu vida puedes tener alguna mínima posibilidad de reunirte con la persona que amas, pero cuando eres niño tu historia de amor no tiene porvenir.”

 

Desde  Las batallas en el desierto José Emilio se manifiesta en contra de la nostalgia. Nos lo dice en la última página. “Demolieron la escuela, demolieron el edificio de Mariana, demolieron mi casa, demolieron la colonia Roma. Se acabó esa ciudad. Terminó aquel país. No hay memoria del México de aquellos años. Y a nadie le importa: de ese horror, quién puede tener nostalgia. Todo pasó como pasan los discos en la sinfonola. Nunca sabré si aún vive Mariana. Si viviera tendría sesenta años.” José Emilio cree en la memoria, a la nostalgia la repudia.

 

“EL YO SE VUELVE TÚ”

 

Los jóvenes lo quieren porque crea en torno suyo un ambiente fraterno. No habla desde el podio, no discurre, pregunta. Se dirige en tono familiar al que tiene enfrente, casi de inmediato entra en contacto, contigo, conmigo. Los jóvenes saben que ha tenido la generosidad de decir que “todo lo escribimos entre todos” así como su admirado Alfonso Reyes lo antecedió diciendo que “todo lo sabemos entre todos”, porque su lenguaje es desnudo y nos desnuda, porque leerlo les ofrece la posibilidad de no sentirse solos, pero también de no hacer concesiones, de no incurrir en lo fácil, de no caer en la rutina, de mantener un espíritu alerta y bien informado. Los jóvenes lo quieren porque los invita, se pone en su lugar, generaciones vienen y generaciones van y José Emilio que fue un niño preguntón y molesto (según él) sigue interrogándose, interrogándolos, interrogándonos y sintetiza las principales noticias del mundo para crear nuevas formas de comunicación. Para él la primera, la esencial, es la lectura silenciosa. “Me gusta que la poesía sea la voz interior, la voz que nadie oye, la voz de la persona que la lee. Así el yo se vuelve tú, el tú se transforma en yo y del acto de leer nace el nosotros que sólo existe en ese momento íntimo y pleno de la lectura”.

 

Los jóvenes saben que José Emilio Pacheco los considera infinitamente valiosos y dignos de respeto y que siempre van a adelantarse: “A lo mejor soy yo el que está equivocado.” En los sesenta y en los setenta, en la sede del suplemento  La cultura en México primero en la calle de Balderas y luego en  México en la cultura

en la calle de Vallarta, Carlos Monsiváis y él se reparten el trabajo. “Al conocer a Carlos sofoqué en mí toda esa parte de parodia y burla que él neutralizó inconscientemente. Siento mayor compasión por los demás que por mí mismo”, dice José Emilio, quien sufre y vuelve a sufrir con los textos ajenos y los rehace por completo. Está de vuelta de todo como si tú, si nosotros, si ustedes, si yo fuéramos a alguna parte. Seguro el autor es alguien que “traspasó el límite de edad o proviene de un país que ya no existe” o es un desempleado o una costurera sin su Singer. “Tíralo a la basura”, grita Benítez y Pacheco vuelve a inclinarse sobre la página y corta, añade, cambia. Seguro de tanto corregir se volvió implacable contra sí mismo. Está al tanto de todo, nada se le va, se compunge hasta la tortura cuando Fernando Benítez hace mofa de un colaborador. Monsiváis ríe y su risa se oye hasta el Zócalo. Qué malo es Monsiváis, José Emilio es malo a ratitos y yo lo soy en contra de mí misma. Pacheco se equivoca al decir que Monsiváis sofocó en él su vena paródica. No hay más que leer sus “Inventarios” para comprobarlo. Desde 1957, caminan juntos por la avenida Juárez y huyen cuando ven a Carlos Fuentes y a Fernando Benítez sin saber que, diez años más tarde, Benítez los llamará sus maestros y ellos serán quienes hacen el suplemento, levantan el edificio de cristal de la cultura y lo abren a los que vienen detrás. “Escribir es una manera de saber y de estudiar y de investigar.” “Quise dedicarme a algo que estimulara la lectura, que hiciera que los libros se abran, no se cierren.” A fines de los cincuenta, México es el de los bailes de quince años, el de los juegos florales, el de la Oda a la Feria de San Marcos, el del Canto a la Mujer Mazatleca , el del día de la madre. Al ganador lo escuchan declamar con gestos ensayados su poema por el que recibe 15 mil pesos de los de entonces. Es el México de los concursos de oratoria. También es el México de las tesis. “Dedico esta tesis con todo mi corazón y mi amor a la persona más importante de mi vida, mi madre, a Dios, a mi abuelita que me acompañó a estudiar en la noche, a mi novio, a mi tía Cuquis, etcétera”. Es de ese México, el México de la disipación y del estar sin estar o estando en otra parte que brotan las dos flores más bellas y voraces del ejido: los dos niños precoces y terribles, los catedráticos que conocen la respuesta y si no, la buscan, los monstruos de la laguna negra como los llamaría Rosario Castellanos, los testigos, los que no sucumben, los que sí toman terriblemente en serio la literatura y la vida y actúan en consecuencia, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

 

Al perder la timidez que los caracterizó en 1957, inician el diálogo ininterrumpido que tienen con sus lectores. José Emilio rechaza las entrevistas porque ¿quién es él para dar consejos? Todo sucede entre iguales, todo se hace entre todos. Tanto Pacheco como Monsiváis son santos de devoción, días de guardar, fiestas de calendario, ruedas de la fortuna. Desde hace cincuenta años los jóvenes le apuestan a ambos en su poesía, su prosa, sus inventarios, sus críticas, su fidelidad y su continuidad, su amor a la literatura como actitud ante la vida.

 

Los jóvenes llegan desde temprano y abarrotan las conferencias de José Emilio. En pleno centro, en el Colegio Nacional en Luis González Obregón, calle a la que cuesta tanto trabajo llegar, sus conferencias están llenas. En 1995, en el aula magna Santa Teresa de la Ibero , los niños y las niñas fresa no caben y gritan: “¡Explanada, explanada!” José Emilio se quita la corbata y ofrece dos conferencias, una para los que están sentados y otra para los que están de pie, los que quedaron afuera, los que se acomodaron en las escaleras, los que esperan en la calle. En la UNAM sucede lo mismo, no cabe un alfiler y lo escuchan decir en 1995 lo que podría suscribir en 2009 porque nada ha cambiado, sus palabras son el retrato mismo de lo que hoy padecemos. “El mundo que produjo el neoliberalismo se parece al mundo de los años treinta que hizo posible el régimen totalitario. Las caídas del socialismo real y el fracaso del mercado libre han creado un vacío de poder que está en riesgo de ser llenado por regímenes totalitarios.” “Al caos económico del desempleo, la falta de oportunidades para los jóvenes; las desilusiones por las falsas promesas de seguridad creadas por el proceso democratizador se suman factores que no existían hace setenta años”. Entre ellos José Emilio nombra a la sobrepoblación y dice que somos más desechables que nunca, habla de la “invasión que el Tercer Mundo ha realizado sobre el primero en busca de trabajos” y finalmente menciona “la presencia de los medios electrónicos y una monumental industria del entretenimiento que se basa en gran medida en la estatización y la trivialización de la violencia”. Claro que también regresa a las consignas del '68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible.” Dejemos que el “otra vez” sea sustituido por el “nunca más”. E insiste: “Dejarlo todo para mañana es el camino de después para llegar a la casa de nunca”.

 

EL JOVEN DE SETENTA

 

Desde joven, el propio José Emilio tuvo setenta años, desde joven se vio a sí mismo como testigo, fue un niño muy flaco al que le tenían que apretar la nariz para que comiera, desde niño intervenía en la conversación de sus mayores, desde niño resultó molesto porque inquiría acerca de lo que sucede. “En plena sala ante la familia reunida preguntó qué es un fornicador” y la tía Socorro lo salvó de la reprobación al responderle: “Hay unas cajas de vidrio/ en que puedes meter hormigas/ para observar sus túneles y sus nidos/ Se llaman formicarios. Formicador es el hombre que estudia las hormigas.” Desde entonces en la poesía de José Emilio abundan las hormigas, las pulgas, las moscas, las chinches, los mosquitos y las termitas que tienen que compartir el aire con nosotros.

 

Desde joven se negó a figurar, no quiso dar entrevistas, firmó JEP (que son las iniciales de mi sangre puesto que son las de mi padre Jean Evremont Poniatowski), pidió disculpas, escribió: “Antes de que seas vieja ya me habrás olvidado./ Y si por confusión sueltas mi nombre/ a tu lado una joven dirá:/-¿Quién era ese?”

 

Los jóvenes lo quieren porque es uno de ellos, es la voz de la tribu. Es asombroso pensar que un hombre que no sale, no hace vida social, rechaza figurar, vive en el rigor y en la soledad demandante del trabajo creativo, tenga esa respuesta multitudinaria, esa comunicación por la palabra que de pronto estalla en un auditorio en el que ya nadie cabe. José Emilio Pacheco cuenta con la atención y el seguimiento de las comunidades estudiantiles, las públicas y las privadas, las de todo el país, las de Europa y las de Estados Unidos, las de sistemas de signos y las de elementos configuradores. Así como Jorge Luis Borges confesó no tener casi ninguna experiencia fuera de la lectura de libros, José Emilio nos lega la experiencia adquirida desde que decidió entregarse a la palabra sin tener la menor idea de cuál sería su repercusión porque en los cincuentas nadie vivía de la escritura.

 

HACER DE NUEVO

 

Los jóvenes lo quieren porque no está satisfecho, no se cree, declara una y otra vez que es un aprendiz y que “cada página es de nuevo la primera y puede ser la última”. “Si él dice eso, entonces nosotros tenemos una oportunidad”, se alientan unos a otros. No se llega nunca, nada es seguro. Los poemas de José Emilio no sólo son escritos, los cuece a fuego lento, parecen materializarse en un caldero, se acendran, hierven durante años, no son literarios, no son ilustraciones, son poemas destilados en la cueva oscura de la creatividad, sublimados. Crecen con el tiempo y de tanto cocerse vienen a formar parte de nuestro subconsciente. Jamás se conforma aunque a veces se ve muy contento y nos alegre con su sentido del humor. “No tuve más remedio, lo hice de nuevo”, se disculpa. Hacer de nuevo podría ser el ritornello de su vida. Le cuesta más trabajo reescribir cuentos y poemas que escribirlos por primera vez pero es imposible dejarlos como están. Allí sigue, revisa, coteja, lee otra vez, recorre la literatura del planeta Tierra a la que él llama “la amarga tierra”, memoriza la literatura mexicana del siglo XIX, sufre, vuelve a leer lo que ya publicó y encuentra nuevos e imaginarios errores, tiene supersticiones de torero gitano.

 

Ganador del Premio Internacional Alfonso Reyes, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, el José Asunción Silva de Bogotá, Colombia, el Iberoamericano de Letras José Donoso, el Octavio Paz y el Federico García Lorca de Granada (en el que superó a Gonzalo Rojas, Juan Gelman, Nicanor Parra y Mario Benedetti), el Reina Sofía, aunque lo acompañen el cielo, la luna y las estrellas, José Emilio se niega al principio del placer. Lo coronan todos los premios que puede dar nuestro continente, el Nacional, el de la Academia , el del Colegio Nacional, nuestra máxima institución cultural, el de la Universidad de Maryland que lo hizo Profesor Universitario Distinguido, el de “El poeta más joven del siglo XXI” del crítico Julio Ortega de la Universidad de Brown. Los homenajes lo desbordan, pero dentro de él está el enemigo que desde sus primeros versos editados en 1956 le dice que “no volveremos nunca a tener en las manos el instante”.

 

Es imposible imaginar en su casa tantas preseas, medallas, condecoraciones, tantos diplomas enmarcados, tantos premios, tantos reconocimientos, tantas estatuas, tantos libros, la vida entera de un hombre, la vida entera de un país. En “Otredad, otra edad” nos dice: “¿Qué pensaría de mí si entrara en este momento/ y me encontrase en donde estoy, como soy/ aquel que fui a los veinte años?” Como repite en “Despedida”: “Fracasé. Fue mi culpa, lo reconozco./ Pero en manera alguna pido perdón o indulgencia:/ Eso me pasa por intentar lo imposible.”

 

Tampoco en el poema “Conferencia” José Emilio se salva de sí mismo: “Halagué a mi auditorio. Refresqué/ su bastimento de lugares comunes,/ de ideas adecuadas a los tiempos que corren./Pude hacerlo reír una o dos veces/y terminé cuando empezaba el tedio./ En recompensa me aplaudieron./ ¿En dónde/ voy a ocultarme para expiar mi vergüenza?”

 

Claro, José Emilio puede alegar que no es él, que no escribe sobre sí mismo, pero ¿cómo no identificarlo con su poesía? Escribe sobre el otro, sobre Lezama Lima, sobre Cortázar, sobre Lawrence Durrel y su Cuarteto de Alejandría, sobre Alfonso Reyes, sobre López Velarde, escribe sobre Henry Miller y Edgar Allan Poe, sobre Heráclito y Eurípides, sobre Kavafis y Elytis, pero al escogerlos escribe sobre sí mismo, todos pasan por su tamiz que es su éxtasis. A diferencia de los escritores que ven al mundo desde la perspectiva de los hombres de poder, José Emilio ve del lado de las víctimas y actúa en consecuencia. De allí sus inclinaciones.

 

LA HISTORIA DE NUESTRO FUTURO

 

Los jóvenes lo siguen porque mantiene la voluntad de enseñar y de volver accesible lo que de otra manera “sólo sería el privilegio de unos cuantos”. En Inventario José Emilio es ensayista, cuentista, poeta, novelista, crítico político, crítico literario, cronista, traductor y sus traducciones dicen más que los originales porque estudió griego y latín durante varios años, hizo bien su tarea y la cultura clásica es su punto de partida. En el prólogo a la obra de Salvador Novo escribió en 1965:

 

Ya que el presente desengaña, sólo el futuro puede consolar, volver los ojos al pasado es asumir el riesgo de convertirse en estatua de sal –sí, pero también de conocernos, de conocer lo que fuimos o lo que fue, de aceptar que ningún tiempo pasado fue mejor-. Territorio entre lo que ya no es y lo que no es todavía, lo cotidiano nos permite recuperar, en la memoria, el tiempo irreversible; saber que decir tiempo es decir pasado y de algún modo, sólo es verdaderamente nuestro lo que perdemos, lo que ya hemos perdido para siempre.

 

Vuelve a decirlo en “La edad de las tinieblas” que hoy empieza a circular: “Ayer no resucita. Lo que hay atrás no cuenta. Lo que vivimos ya no está. El amanecer nos entrega la primera hora y el primer ahora de otra vida. Lo único de verdad nuestro es el día que comienza.”

 

Ninguno de los que llamaban a José Emilio “profeta del desastre”, se dio cuenta que escribía la historia de nuestro futuro. Quizá su abuela lo adivinó, su abuela Emilia Abreu de Berny, su Sherezada allá en Veracruz, la que le contaba en la noche todo lo que alimentó su imaginación, la que abrió las compuertas a la creatividad, la que le dio la pasión por las letras, la que intentó explicarle el mundo.

 

Los jóvenes lo quieren porque José Emilio es un caso de vocación literaria extraordinaria. A diferencia de su familia materna, los Berny, empresarios conservadores y muy católicos, su padre fue uno de aquellos mexicanos pobres que pudieron estudiar gracias a la Revolución mexicana en que participó desde 1910. Colaboró con Salvador Alvarado y Felipe Carrillo Puerto y alcanzó el grado de general y procurador de Justicia Militar. En 1927 se negó a hacer pasar por consejo de guerra el fusilamiento del general Francisco Serrano y sus partidarios en Huitzilac, como se lo ordenaban las autoridades. Estuvo a punto de ir al paredón por desacato y lo salvó en el último momento una orden de Álvaro Obregón. A partir de entonces quedó fuera de los regímenes revolucionarios. Practicó la abogacía y más tarde se hizo notario. Como no les cobraba a los pobres, al morir en 1964 dejó por toda herencia menos de diez mil pesos. De todos modos temió que su hijo como escritor fuera a morirse de hambre y esperó que heredara la notaría número 50. Pero no fue así. A José Emilio las carreras de abogado y notario le parecieron “horribles”. Esta es su verdadera biografía y no la de sus personajes de ficción que muchos han tomado como declaraciones autobiográficas, lo que a él le satisface porque, dice, le confiere autenticidad a sus imaginaciones.

 

José Emilio considera que gran parte del trabajo de un escritor se hace escuchando y se cree muy privilegiado porque las amistades que hizo su padre durante el período revolucionario le dieron de niño y adolescente la oportunidad de oír en la mesa familiar a muchos personajes grandes y pequeños de la historia de México. Él se ha empeñado en “recordar con la ayuda de la imaginación”, como decía Rodolfo Usigli, muchos de esos relatos olvidados porque raras veces llegaron a los libros. Por ejemplo, basado en lo que oyó en labios de las personas más diversas, cree que la guerra cristera fue en Ciudad de México mucho más terrible de lo que se supone: por vez primera hubo en Hispanoamérica guerrilla urbana y práctica sistemática de la tortura. El gran triunfo de Calles fue lograr que no quedara constancia de casi nada de esto en los periódicos.

 

Algunas de esas amistades familiares eran libertarias, como Juan de la Cabada y Héctor Pérez Martínez, y sobre todo José Vasconcelos. Carlos Monsiváis recordó que José Emilio lo invitaba a comer a su casa y ambos escuchaban muy serios y callados a Vasconcelos, personalidad absolutamente fascinante. Juntos iban a visitar también a Martín Luis Guzmán, que es una de las admiraciones de los dos, y don Julio Torri les hablaba en voz baja de la historia secreta de la pornografía mexicana.

 

DECIR “GRACIAS”

 

Los jóvenes lo quieren porque lleva dentro de la caja de su pecho a sus muertos. José Emilio les dedica sus poemas a los que se han ido: José Carlos Becerra, José Agustín Goytisolo, Paul Celan, Alaide Foppa, Eliseo Diego, Efraín Huerta, Miguel Guardia, José Durand, Rosario Castellanos, Raúl Gustavo Aguirre, Octavio Paz. “Llevamos siempre adentro la misma muerte, también el cielo fue un ave negra.” A propósito de José Carlos Becerra, cuenta que su método de trabajo era contrario al suyo, que José Carlos Becerra iba añadiendo a medida que escribía y él va quitando. JEP extraña a sus muertos y los mantiene vivos, rendirles homenaje es para él una obligación moral, practica como nadie el agradecimiento y recuerda constantemente a Fernando Benítez, con quien trabajó durante tantos años. Valora como ningún otro el aprendizaje y el martirio de hacer el suplemento. Le agradece a Reyes, le agradece a Paz, le agradece a Rubén Darío, le agradece a Albert Camus, le agradece a Jaime García Terrés, le agradece a Vicente Rojo, le agradece al Mercure de Francia, le agradece al Time, le agradece al Newsweek, le agradece a Mario Vargas Llosa, le agradece a Moreno Tagle, el maestro que se dio cuenta que le interesaba la literatura, le invitó un café y le dijo: “Muéstrame todo lo que escribes”, para llevarlo más tarde a la revista Estaciones de Elías Nandino, el médico poeta que abría la puerta de su consultorio a todos los jóvenes enfermos de literatura. JEP le agradece a Sanborns los waffles y hotcakes que desayuna después de comulgar y la venta de unos libritos de los clásicos que ya no existen. La lista es infinita: le agradece al Departamento de Investigaciones Históricas que le permitió hacer sus búsquedas incansables, le agradece a su padre, quien le dijo: “Te compro un libro por semana y otro cuando ya lo hayas leído.” Aunque alega que es muy desordenado (en reacción a su padre), José Emilio da la impresión de leer cinco libros a la vez y retenerlos todos. Sus críticas, sus reseñas, sus crónicas así lo demuestran. En estos últimos años, José Emilio, pozo de sabiduría, se disculpa por el poema a George B. Moore que Octavio Paz criticó aunque puede suscribir cada uno de estos versos con su vida. Nunca ha traicionado a lo largo del tiempo lo que le escribió al crítico George B. Moore. Fiel a sí mismo, nadie más igual a José Emilio Pacheco que José Emilio Pacheco, y esto no puede decirse de otros que van desgajándose poco a poco, dejando sus cuartos de naranja, tajadas y cicatrices a lo largo del viaje. No, José Emilio sigue siendo el mismo escritor compacto y nítido, el mismo hombre angustiado que se usa a sí mismo como vehículo de pensamiento, el mismo que escribe todo el día y lee todo el día, el mismo que se encierra y va recogiendo desde que amanece el material que da la vida. A la ciudad, al país entero lo ha inventariado y gracias a él sabemos qué tenemos y de qué carecemos.

 

La Ciudad de México, la pasada y la actual regresan una y otra vez a su poesía y le resultan extrañas, las desconoce, nada está en su lugar, incluso fuera de México; en Riverside Drive, por ejemplo, el padre de su amigo le dice: “Conozco tu país./ Pasé una noche en Tijuana./ Estas son las palabras que me sé de tu idioma:/ puta, ladrón, auxilio, me robaron.”

 

Su cuento “La catástrofe” en La sangre de Medusa se basa en el cuento que Eça de Queiroz, el novelista portugués, publicó una semana antes de su muerte en 1900. José Emilio escribe en el párrafo final a propósito de un padre que encamina a sus hijos: Los acostumbro a amar la patria en vez de despreciarla como hicimos nosotros. Nos sentíamos tan distintos, tan superiores al resto de los mexicanos. Decíamos llenos de arrogancia: “No se puede con Mexiquito. Esto es una mierda. A este país ya se lo llevó la chingada. Aquí lo único que producimos son pendejos y ladrones. La única salvación es que nos anexen a Estados Unidos. Y en vez de esforzarnos por salvar a este país, el único que tenemos, bebíamos whisky y echábamos a andar nuestras videocaseteras. Ah generación cobarde, qué bien castigada fuiste”.

 

A José Emilio lo aman los jóvenes porque además de gran poeta es un poeta con vocación de servicio, el héroe moral que pide Saramago. Ya a los veintiséis años se preguntaba:

 

 

¿Quién a mi lado llama, quién susurra

o gime en la pared?

Si pudiera saberlo, si pudiera

alguien saber que el otro lleva a solas

todo el dolor del mundo, todo el miedo.

 

En 1970 lo fui a ver con el manuscrito de  La noche de Tlatelolco y antes de empezar a leerlo, su prudencia le hizo cerrar las cortinas de su cuarto de trabajo y preguntarme por las precauciones que había tomado. Como no tengo sentido de la realidad y no sé vivir en ella le dije que ninguna. Se sentó a leer y casi no hablamos. Diez años después de la masacre de los estudiantes, José Emilio escribió “Las voces de Tlatelolco”: “Eran las seis y diez. Un helicóptero/ sobrevoló la plaza./ Sentí miedo./ Cuatro bengalas verdes./ Los soldados/ cerraron las salidas./ Vestidos de civil, los integrantes/ del Batallón Olimpia/ –mano cubierta por un guante blanco–/ iniciaron el fuego./ En todas direcciones/ se abrió fuego a mansalva./ Desde las azoteas/ dispararon los hombres de guante blanco./ Disparó también el helicóptero./ Se veían las rayas grises./ Como pinzas/ se desplegaron los soldados./ Se inició el pánico./ La multitud corrió hacia las salidas/ y encontró bayonetas./ En realidad no había salidas:/ la plaza entera se volvió una trampa./ –Aquí, aquí Batallón Olimpia./ Aquí, aquí Batallón Olimpia./ Las descargas se hicieron aún más intensas./ Sesenta y dos minutos duró el fuego./ –¿Quién ordenó todo esto?/ Los tanques arrojaron sus proyectiles./ Comenzó a arder el edificio Chihuahua./ Los cristales volaron hechos añicos./ De las ruinas saltaban piedras./ Los gritos, los aullidos, las plegarias/ bajo el continuo estruendo de las armas./ Con los dedos pegados a los gatillos/ le disparan a todo lo que se mueva./ Y muchas balas dan en el blanco./ –Quédate quieto, quédate quieto:/ si nos movemos nos disparan./ –¿Por qué no me contestas?/ ¿Estás muerto?/ –Voy a morir, voy a morir./ Me duele./ Me está saliendo mucha sangre./ Aquél también se está desangrando./ –¿Quién, quién ordenó todo esto?/ –Aquí, aquí Batallón Olimpia./ –Hay muchos muertos./ Hay muchos muertos./ –Asesinos, cobardes, asesinos./ –Son cuerpos, señor, son cuerpos./ Los iban amontonando bajo la lluvia./ Los muertos bocarriba junto a la iglesia./ Les dispararon por la espalda./ Las mujeres cosidas por las balas,/ niños con la cabeza destrozada,/ transeúntes acribillados./ Muchachas y muchachos por todas partes./ Los zapatos llenos de sangre./ Los zapatos sin nadie llenos de sangre./ Y todo Tlatelolco respira sangre./ –Vi en la pared la sangre./ –Aquí, aquí Batallón Olimpia./ –¿Quién, quién ordenó todo esto?/ –Nuestros hijos están arriba./ Nuestros hijos, queremos verlos./ –Hemos visto cómo asesinan./ Mire la sangre./ mire nuestra sangre./ En la escalera del edificio Chihuahua/ sollozaban dos niños/ junto al cadáver de su madre./ –Un daño irreparable e incalculable./ Una mancha de sangre en la pared,/ una mancha de sangre escurría sangre./ Lejos de Tlatelolco todo era/ de una tranquilidad horrible, insultante./ –¿Qué va a pasar ahora, qué va a pasar?”

 

Esa pregunta se la hace José Emilio a los setenta años, esa pregunta nos la hacemos nosotros hoy que le rendimos homenaje.

 

En cuanto a mí, siempre espero ansiosa la llegada de José Emilio. Me hace falta. En torno a él, el aire se vuelve cálido, familiar, verdadero. No hace frases solemnes, no excluye a los otros, los estudiantes lo rodean, las muchachas se enamoriscan de él, no fabrica una capilla, no trata de apantallar con su presencia, sus comentarios son caseros: “creí que iba a perder el tren”, “no encontré taxi”, “ya todos se casaron”, “no sé qué decir en el discurso”, se entreteje su erudición admirable. En medio del relato de sus pifias y desventuras, que José Emilio acentúa para rescatar a los demás y hacerlos juez y parte (siempre los demás), surgen sus prodigiosos conocimientos, su información insuperable y José Emilio agridulce acaba riéndose de sí mismo, nos vuelve cómplices de su infortunio, cualquier que éste sea. Después de conocerlo desde hace casi cincuenta años, he comprobado que su humildad, su modestia son verdaderas. Desde el fondo del alma, José Emilio es un niño bueno. Si es tan querido, es porque además de su generosidad se incorporó desde chavito a las causas de los presos políticos. No en balde en 1960 hizo una huelga de hambre en la Academia de San Carlos junto a don Filomeno Mata, que en 1959 acabaría preso en Lecumberri. Conversó toda la noche con José Revueltas, el más encantador y ocurrente de los presos que así como Gandhi en su vida comió cuatro veces, Revueltas en la suya estuvo libre como una semanita. Fue entonces cuando Pacheco empezó a concebir sus célebres “Inventarios” políticos, comprometidos, notables y radicales.

domingo, 19 de enero de 2014

Centenario del natalicio de José Revueltas





Reyes Martínez Torrijos

Periódico La Jornada. Domingo 19 de enero de 2014

José Revueltas es único en este país, no hay un escritor más moral que el autor de El luto humano y Los días terrenales: “él, primero que nadie, amó al ser humano, amó al más pobre de todos”, señala Elena Poniatowska sobre el narrador y activista duranguense, que este año arriba a su centenario.

Rechaza la noción de “que por su participación política no fue el gran escritor. Yo creo que fue falso. Él necesitaba para escribir también participar políticamente. José Joaquín Blanco, gran crítico literario, dijo que era imposible escribir y vivir como Revueltas (...) Él necesitaba militar para escribir”, relata la escritora y periodista en charla telefónica con La Jornada.

El narrador José Agustín –en charla telefónica– coincide en señalar que ambas facetas, política y literatura, “son una, en realidad, por eso yo peleaba cuando se editaba su obra completa que se incluyeron los textos políticos”.

“Mi vida literaria nunca se ha separado de mi vida ideológica. Mis vivencias son precisamente de tipo ideológico, político y de lucha social”, resumió Revueltas en una entrevista con Norma Castro Quiteño, publicada en el libro Conversaciones con José Revueltas (Era, 2011).

Elena Poniatowska, quien lo entrevistó varias veces, recuerda: “Lo conocí en Lecumberri, porque él pasó más tiempo de su vida en la cárcel que en la calle, por ejemplo, estuvo dos veces en la Islas Marías. Y luego, desde finales del 68 o principios del 69 estuvo tres años en Lecumberri y fue arrestado muchísimas veces en distintas prisiones, desde que era casi un niño de 12 o 13 años.

“En 1968, aunque todavía era un hombre fuerte, entró a la cárcel porque se echó la culpa de todo el movimiento de ese año. Estuvo en la crujía llamada El Polígono, al lado de Manuel Marcué Pardiñas, Armando Castillejos, Heberto Castillo y Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca.”

A raíz del juicio por su participación en el Consejo Nacional de Huelga, en 1970, Revueltas sentenció: “Dice el Ministerio Público que intentamos cambiar la esencia de México o de su Estado. ¿Cambiar su esencia? ¡No, señores del Ministerio Público! ¡Encontrarla, descubrirla! Desenajenar la esencia de México, hacerla del hombre, objetivar en ella al ser humano” (México 68: juventud y revolución).

Poniatowska describe al narrador, guionista, activista y teórico marxista como “hombre muy atractivo, a las mujeres siempre les pareció así. Tuvo muchas mujeres. Además, era un héroe. Desde muy joven tenía esta vocación, esta actitud y vocación de héroe ante la vida (...) Era el hombre más bondadoso que cualquiera podía conocer”.

En torno a la importancia del autor de Los errores, Poniatowska dice: “México está hambriento de héroes y Revueltas fue uno, una de esas personas hacia quien uno puede mirar. Además, por ejemplo, su libro El apando es una joya de la literatura mexicana”.

Constata esta presencia el grafiti garabateado años más tarde en una pared de Ciudad Universitaria: “¡Ay José!, cómo te extrañamos en estas Revueltas”.

Fue “mártir de la causa de los más abandonados y testigo de la existencia de la gente más olvidada, lo que según él era atroz. Él decía mucho la palabra atroz, que por cierto también decía mucho Octavio Paz. Es un héroe. Absolutamente. Es el más héroe de todos los escritores mexicanos”.

Como parte de los festejos por el centenario del escritor, hace un par de meses el Fondo de Cultura Económica (FCE) inauguró su librería José Revueltas, en la capital de Durango; además, se anunció una edición conmemorativa de la novela Los errores, que cumple 50 años, y la redición de El árbol de oro: José Revueltas y el pesimismo ardiente, de Philippe Cheron, así como José Revueltas: una literatura del lado moridor, de Evodio Escalante; así como dos mesas de discusión en torno autor y una exposición.

La editorial Era cuenta en su catálogo con la mayoría de los títulos de José Revueltas, incluso una obra completa con 26 volúmenes y los libros Dialéctica de la conciencia, Dormir en tierra, El apando, El conocimiento cinematográfico y sus problemas, El luto humano, Las cenizas: obra literaria póstuma, Los días terrenales, Los errores, Los motivos de Caín, Los muros de agua, México 68: juventud y revolución y México: una democracia bárbara, entre otros.

José Agustín menciona que Revueltas antes de los años 60 “estaba vilmente discriminado. A mi generación le correspondió hacer ver que se estaba cometiendo un error muy grave. A mí me mandó llamar Emmanuel Carballo para encargarme (...) la confección de las obras literarias completas.

“Era un estupendo escritor, por supuesto; escribía notablemente bien. Cuando empecé a trabajar con él, me dijeron: ‘cuídale mucho el estilo’. Luego de publicar su obra literaria salió mucho a la luz todo ese desprecio que había habido y minusvaluado su trabajo.”

Sobre los temas de Revueltas, José Agustín afirma que “la vida le hizo pasar ciertos problemas. Estar en la cárcel desde muy jovencito le permitió conocer personajes rarísimos. Y cierta truculencia que había en él, aumentaba eso”.

Lo describe como “hombre muy sencillo, muy correcto, muy adecuado. Cuando trabajé en la colección de sus obras, fui a verlo varias ocasiones y estuvimos muy contentos, y después nos rencontramos en la cárcel. Yo sabía que estaba en la crujía M, lo fui a saludar por allá. Me dijo ‘¡Cómo, José Agustín por aquí!’ Ahí se afianzó una amistad que duró hasta su muerte.”

Nacido en Durango el 20 de noviembre de 1914, fue autor de una serie de novelas y cuentos que compartían una visión descarnada de la realidad, con personajes sufrientes, a la orilla del abismo. La otra faceta de su personalidad, su activismo político opositor, destaca en diferentes momentos como referente moral y heterodoxo del marxismo y el Partido Comunista Mexicano (PCM), que entonces era clandestino.

A los 13 años comenzó su militancia política. Y en un ambiente revuelto marcado la consecución de la autonomía universitaria en 1929, la Guerra Cristera, la campaña presidencial de José Vasconcelos contra la corrupción gubernamental, se dio la primera detención del estudiante Revueltas, acusado de rebelión, sedición y motín por manifestarse en el Zocalo. Pasó seis meses en un reformatorio.

Recién liberado, Revueltas ingresó al PCM, y en 1932 fue confinado por cinco meses en las Islas Marías, junto con otros militantes por participar en una huelga de trabajadores en Nuevo León. De esta experiencia carcelaria nació el libro Los muros de agua, terminada el 3 de octubre de 1940, la víspera del fallecimiento de su hermano Silvestre, el compositor. En 1943 recibió el Premio Nacional de Literatura, con la novela El luto humano.

Octavio Paz, premio Nobel, en su Posdata, lo llamó “uno de los mejores escritores de mi generación y uno de los hombres más puros de México”, y Carlos Monsiváis dijo: “La vida de Revueltas es casi la de uno de sus personajes, probablemente el más poderoso. Atado siempre a la idea de la militancia, convencido de que la revolución es la meta imposible y necesaria”.

Revueltas se casó tres veces: en 1937 con Olivia Peralta, en 1947 con María Teresa Retes y en 1973 con Ema Barrón Licona.

Falleció el 14 de abril de 1976 y fue inhumado el 16 en el panteón francés de La Piedad, en la ciudad de México.

En su funeral, su amigo MArtín Dozal, compañero de celda en Lecumberri –refiere Poniatowska–, le dijo al secretario de Educación de entonces, Víctor Bravo Ahuja, que quería leer un pequeño discurso: “No se da usted cuenta de que no queremos oírlo, señor”. Lo corrió. La ceremonia tenía un “ambiente magnífico de rebeldía y de rechazo al oficialismo”.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Decimos NO al miedo y a la mediocridad como destino





Decimos NO al miedo y a la mediocridad como destino*

 

Queridos  son. Hemos  venido desde diversos países y estamos aquí reunidos a la sombra generosa de Pablo Neruda, para acompañar al pueblo de Chile que dice NO. También nosotros decimos No. Decimos NO al elogio del dinero y de la muerte. Decimos NO a un sistema que pone precio a las cosas y a la gente, donde el que más tiene, más vale; y decimos NO a un mundo que destina a las armas de guerra dos millones de dólares cada minuto, mientras cada minuto mata treinta niños por hambre o enfermedad curable.

 

 

La bomba de neutrones que salva las cosas y aniquila a la gente es un perfecto símbolo de nuestro tiempo. Para el asesino sistema que convierte en objetivos militares a las estrellas de la noche, el ser humano es más que un factor de producción y de consumo y un objeto de uso; el tiempo no más que un recurso económico y el planeta entero una fuente de renta que debe rendir hasta la última gota de su jugo.

 

Se multiplica la pobreza, para multiplicar la riqueza. Y se multiplican las armas que custodian esa riqueza, riqueza de poquitos y que mantienen a raya la pobreza de todos los demás y también se multiplica; mientras tanto, la soledad. Nosotros decimos NO a un sistema que no da de comer ni da de amar, que muchos condena al hambre de comida y a muchos más condena al hambre de abrazos.

 

Decimos NO a la mentira. La cultura dominante, que los grandes medios de comunicación irradian en escala universal, nos invita a confundir el mundo con un supermercado o con una pista de carreras, donde el prójimo puede ser una mercancía o un competidor, pero jamás un hermano.

 

Esa mentirosa cultura que cursimente especula con el amor humano para arrancarle plusvalía, es en realidad una cultura del desvínculo. Tiene por dioses a los ganadores, los exitosos dueños del dinero y del poder, y por héroes a los uniformados Rambos, que les cuidan las espaldas aplicando la Doctrina de la Seguridad Nacional.

 

Por lo que dicen y por lo que callan, la cultura dominante miente que la pobreza de los pobres no es un resultado de la riqueza de los ricos, sino que es hija de nadie... Proviene de la oreja de una cabra o de la voluntad de Dios, que ha hecho a los pobres perezosos y burros... De la misma manera, la humillación de unos hombres por otros no tiene por qué motivar la solidaridad, la solidaria indignación o el escándalo porque pertenece al orden natural de las cosas. Las dictaduras latinoamericanas... forman parte de nuestra naturaleza y no del sistema imperialista de poder.

 

El desprecio traiciona a la historia y mutila al mundo. Los poderosos fabricantes de opinión nos tratan como si no existiéramos o como si fuéramos sombras bobas. La herencia colonial obliga al Tercer Mundo, habitado por gente de ‘tercera’... a que acepte como propia la memoria de sus vencedores y a que compre la mentira ajena como si fuera la propia verdad. Nos premian la obediencia, nos castigan la inteligencia y nos desalientan la energía creadora.

 

Somos opinados, pero no podemos ser opinadores. Tenemos derecho a ser eco, pero no tenemos derecho a la voz... Y los que mandan  elogian nuestro talento de papagayos. Nosotros decimos NO; nos negamos a aceptar esta mediocridad como destino. Nosotros decimos NO al miedo; al miedo de decir, al miedo de hacer, al miedo de ser. El colonialismo visible prohibe decir, prohibe hacer, prohibe ser. El colonialismo invisible, mucho más eficaz, nos convence de que no se puede hacer, nos convence de que no se puede decir, nos convence de que no se puede ser. El miedo se disfraza de realismo, para que la realidad no sea irreal -nos dicen los ideólogos de la impotencia- la moral ha de ser inmoral. Ante la indignidad, ante la miseria, ante la mentira, no tenemos más remedio que la resignación. Signados por la fatalidad, nacemos haraganes, irresponsables, violentos, tontos, pintorescos y condenados a la tutela militar. A lo sumo podemos aspirar a convertirnos en prisioneros con buena conducta, capaces de pagar puntualmente los intereses de una descomunal deuda interna contraída para financiar un lujo que nos humilla y el garrote que nos golpea.

 

En este cuadro de cosas, nosotros decimos NO a la neutralidad de la palabra humana. Decimos NO a quienes nos invitan a lavarnos las manos ante las cotidianas crucifixiones que ocurren a nuestro alrededor y a la aburrida fascinación de un arte frío, indiferente, contemplador del espejo... Preferimos un arte caliente que celebra la aventura humana en el mundo y en ella participa y es un arte irremediablemente enamorado y peleón. Porque, ¿sería bella la belleza si no fuera justa? ¿sería justa la justicia si no fuera bella? Nosotros decimos NO al divorcio de la belleza y la justicia, porque decimos sí a su abrazo poderoso y fecundo.

 

Ocurre que nosotros decimos NO y diciendo NO estamos diciendo Sí. Diciendo NO a las dictaduras y NO a las dictaduras disfrazadas de democracia, nosotros estamos diciendo Sí a la lucha por la democracia verdadera; que a nadie negará el pan ni la palabra que será hermosa y peligrosa, como un poema de Neruda o una canción de Violeta.

 

Diciendo NO al devastador imperio de la codicia que tiene su centro en el norte de América, nosotros estamos diciendo Sí a otra América posible, que nacerá de la más antigua de las tradiciones americanas, la primera de las costumbres de América: la tradición comunitaria que los indios de Chile defienden desesperadamente, de derrota en derrota, desde hace cinco siglos.

 

Diciendo NO a la paz sin dignidad, estamos diciendo Sí al sagrado derecho de rebelión contra la injusticia y su larga historia, larga como la resistencia popular en el largo mapa de Chile. Diciendo NO a la libertad del dinero estamos diciendo Sí a la libertad de las personas, libertad maltratada y lastimada y mil veces caída como Chile y como Chile mil veces alzada. Diciendo NO al egoísmo suicida de los poderosos, que han convertido al mundo en un vasto cuartel, nosotros estamos diciendo Sí a la solidaridad humana, que nos da sentido universal y confirma la fuerza de fraternidades más poderosas que todas las fronteras con todos sus guardianes. Esa fuerza que nos invade como la música de Chile y como el vino de Chile nos abraza...

 

Y diciendo NO al triste encanto del desencanto nosotros estamos diciendo Sí a la esperanza, esperanza hambrienta y loca y amante, como Chile, la esperanza obstinada como los hijos de Chile rompiendo la noche.

 

 

(*) por Eduardo Galeano

Escritor uruguayo. 

Jornadas culturales de Chile 

Crea por la cultura y la democracia. 1988.

martes, 19 de noviembre de 2013

"Me avergüenza mi falta de malicia política y cultural"



Por Arturo García Hernández

Publicada el 19 de mayo de 2002. La Jornada

 

Elena Poniatowska Amor cumple hoy 70 años. La escritora y periodista llega contenta a la ocasión, pero su alegría es parcial: aún pesa en su ánimo la muerte, hace unos días, de su gran amiga Mariana Yampolsky. No puede celebrar como le habría gustado. Comerá con sus tres hijos y seguramente recibirá 'felicitaciones y expresiones de afecto de su legión de amigos. No obstante las circunstancias, fiel a su proverbial generosidad, accede en esta entrevista a hacer un recorrido por recuerdos, querencias, dolores, logros, dudas, aciertos. Un balance de vida.

 

Son más de las ocho de la noche del viernes 17 de mayo. Está despierta desde las cinco de la mañana. Hace unas horas regresó de Monterrey. Aunque cansada, muestra buena disposición para la charla en su casa de Chimalistac.

 

-¿Cómo llega usted a sus 70 años, cómo se siente?

 

-Muy bien. Soy afortunada. Pero también me doy cuenta de que la gente que amo está muriendo. Me afectó muchísimo la muerte de Mariana Yampolsky, porque todavía tenía muchas cosas que hacer, muchos proyectos. Fue fulminante. En cuatro semanas se fue de cáncer en el hígado. Fue un golpe fuerte.

 

-Con el tiempo no sólo se acumulan experiencias, también muertos.

 

-Desde hace años. Mi hermana murió en el 61. Hace un tiempo murió un hijo de mi hijo Felipe. Sí, se van acumulando los muertos. Pero uno no tiene tanta conciencia de la muerte sino hasta ahora. La muerte de Mariana la estoy viviendo también como un ensayo de mi propia muerte. Mis hijos se ocuparon mucho de ella, más de lo que yo hubiera creído. La querían enormemente, pero también era como un entrenamiento para lo que podría suceder cuando yo muera. Aunque yo pienso que quizá voy a morir en un avión.

 

-¿Como Jorge Ibargüengoitia?

 

-Pero lo de Ibargüengoitia fue horrible, porque lo reconocieron por un pie y un zapato.

 

Sigo siendo las tres ies

 

-¿Cómo ve desde sus 70 años a aquella muchachita que empezó haciendo entrevistas?

 

-Veo a una muchachita muy ilusa, muy ingenua y muy impreparada. Sigo siendo estas tres cosas. Las tres ies. Veo a una persona que se lanzaba si saber ni a qué.

 

-¿Y en qué es diferente a esa muchachita?

 

-Me da mucha vergüenza mi falta de malicia. Soy una gente que tiene poca malicia política, poca malicia cultural. Me da vergüenza, porque pienso que a estas alturas es completamente estúpido no estar más alerta de lo que estoy, o más informada de lo que estoy.

 

-¿Sin malicia se puede ser realmente la periodista y la escritora que ha sido?

 

-No sé qué escritora ni qué periodista he sido. Creo que todo me ha salido como a trompa talega, o como el burro que tocó la flauta.

 

--Peca usted de excesiva modestia. No se puede hacer un libro como La noche de Tlatelolco sin necesaria malicia.

 

-Bueno, yo ahí estaba muy adolorida. Además, esas voces son de la gente que participó, no mías.

 

-Tampoco se puede hacer un libro como Fuerte es el silencio sin malicia.

 

-Quizá. Lo que tengo a lado de mi falta de malicia es un poco de instinto para hacer las cosas en un momento dado, pero no tampoco tengo el suficiente instinto. Soy muy autocrítica; siempre digo que todo lo que hago es una porquería, y es quizá una manera de buscar que me digan: "No, no es así".

 

-Lo cierto es que ha sido una mujer no sólo muy querida, sino muy reconocida.

 

-Sí. Sobre todo de muchos estudiantes, de jóvenes que podrían ser mis hijos o mis nietos. Sí, recibo mucha manifestaciones de cariño.

 

-En lo personal, si hiciera una relación de sus bienaventuranzas, ¿qué escogería?

 

-Primero mis hijos, mis tres hijos. Estoy orgullosísima de ellos. Nunca me han causado un problema. Creo que yo les he causado más problemas que ellos a mí. También estoy muy orgullosa de mi madre y de mi padre. Nunca robaron, no pertenecieron al PRI... Lo que ellos significan me gusta mucho: su entereza, su conducta durante la guerra, su amor a México.

 

-En efecto, ha sido usted una mujer afortunada.

 

-Totalmente. He hecho lo que he querido. No fui cajera en un banco, no fui dependiente en una tiendota como El Palacio de Hierro, no fui taquillera, no hice cosas que me hubieran entristecido la vida. Me inicié en el periodismo en 1953. Muy joven lo descubrí, pero en realidad yo quería cantar.

 

-¿Opera?

 

-No, en un cabaré. Aunque sí canté como Lily Pons, porque tenía una obra y echaba mis gorgoritos, así, todos cursis.

 

-¿Lo hizo públicamente?

 

-Hay un disco por ahí, pero creo que se perdió. Es de esos discos que se hacían antes. Con la muerte de mi mamá menos lo voy a encontrar. Pero yo quería cantar en los cabarés, arrastrando una estola y cantando a los señores.

 

-¿A imagen y semejanza de quién?

 

-De Rita Hayworth en la película de Gilda. Rita cantaba (Elena la imita): "Put the blame on me boys, put the blame on me". Yo decía: ¡ay, quiero cantar así! Pero mis papás me decían que eso no era decente. Además no llenaba la pantalla como Rita; no tenía ni el pelo rojo ni su estatura.

 

-¿Es vanidosa, Elena?

 

-A ratos sí. Pero si usted me avienta a decir mis defectos, me regodeo: le digo todos mis defectos. Así como Rosario Castellanos que insistía siempre en todos sus errores y nunca hablaba de las cosas que hacía bien. Es un pliegue de carácter que sabes que ya hizo tan hondo, tan hondo, que por más que lo jales no lo puedes desdoblar. Además no te lleva a ningún lado: el que está siempre diciendo: 'yo hago las cosas mal, soy culpable', lo que acaba provocando es que le digan: no, tú no eres nada de eso, eres un pendejo.

 

-Hábleme de sus aciertos, en su vida, en su carrera profesional.

 

-Bueno, la constancia; el no ningunear el periodismo; el siempre pensar que el periodismo tiene un valor. Siempre nos dicen que el periodismo es una subprofesión, que recogemos la voz de los demás, porque no tenemos nada que decir; que nos tragamos lo de los otros. Creo que no es cierto. Una de las cosas importantes del periodismo en México ha sido documentar al país. Me acuerdo que en 1953 tomé un mapa y me llamó la atención que había muchas zonas marcadas en amarillo que decían: "por descubrir". Yo decía: "qué maravilla vivir en un país donde no todo está hecho". Por eso valoro mucho el periodismo, valoro que el entrevistado se sienta reconocido, que es amado, que es apreciado.

 

-Aunque se ha distraído del periodismo para hacer literatura.

 

-He tratado de hacer ambas cosas. En la veta periodística hay gran crueldad, pero también hay que forzarse; te obligas a hacer las cosas, lo cual te ayuda a adquirir disciplina. No estás esperando a ver a qué hora se te aparece el ángel salvador. El periodismo es una gran escuela.

 

Estoy llena de preguntas

 

-¿Qué le ha dejado más satisfacciones: el periodismo o la literatura?

 

-En la literatura me dicen que cuando hago mal las cosas es porque aparecen periodísticas. Por ejemplo, de un libro me dicen: 'esta parte es puro periodismo, no es buena, porque no la transformaste en otra cosa...' Oye, creo que te estoy contestando chueco. Es que estoy muy casada, me levanté a las cinco y media. Pero tampoco soy muy buena para hablar de mí.

 

-¿Por qué?

 

-Quizá porque soy una mujer llena de preguntas. Toda la vida le he estado preguntando a la gente, toda la vida me pregunto por qué estamos aquí, para quién, por qué en esta época. ¿Te imaginas entonces si voy a saber hablar de mí misma cuando soy una persona que se la vive preguntándoles a los demás? Soy una especie de agujero negro y lo quiero rellenar con las respuestas de los demás. Siento que nunca tengo certezas ni respuestas. No las tuve ni para educar a mi hijos.

 

-¿Qué le falta por hacer?

 

-Hacer un buen libro, una novela de la que yo diga: "aquí está todo". Mis novelas siempre son como un suéter que al principio tejo apretadito y bien parejito; luego de repente se va aflojando y otra vez lo aprieto. También quiero leer más, quiero trabajar más. Tengo pendientes de trabajo muy concretos, como un libro que quiero hacer basándome en la vida de Demetrio Vallejo, el líder ferrocarrilero.

 

Y otros que no he hecho y que quisiera hacer en los próximos 10 años. Por otro lado, siento mucho no haber tenido una vida académica. No soy universitaria, estudié en un convento de monjas, una especie de high school, y párale de contar.

 

-¿No está contenta entonces con lo que ha sido, con lo que ha hecho?

 

-Estoy contenta con lo que he sido, porque nunca me he traicionado, nunca he sido lambiscona con un político, con un presidente de la República, con un director de periódico. Los he conocido, pero nunca he tenido relación con ningún poderoso.

 

-¿Le ha tenido miedo al tiempo?

 

-No. Tengo una capacidad de inconsciencia enorme. Pero ahora sí recuerdo mucho lo que me decía la Jesusa Palancares: "ya descansaré en mi cajón de muerto". Tengo la sensación de que tengo que aprovechar cada momento.

 

Ahora el oficio es mejor

 

-¿En qué ha cambiado el periodismo desde que empezó a ejercerlo al día de hoy?

 

-Es mil veces mejor ahora. Cuando yo me inicié estaban Carlos Denegri, Agustín Barrios Gómez, El Duque de Otranto, Carlos León, que se vestía así, como maniquí. Denegri tenía en su oficina a la Virgen de Guadalupe, arriba de su presidente de la República y del otro lado había una foto del obispo monseñor Luis María Martínez, quien se la vivía bendiciendo todos los antros popof. Había mucho chantaje y los políticos pagaban para que no se hablara mal de ellos. Eso ha cambiado mucho.

 

-¿Cuál es el reportaje o la entrevista que tiene pendiente?

 

-Me gustaría entrevistar a Lumbumba; a la escritora Doris Lessing, ir a verla a Inglaterra; me hubiera gustado entrevistar a Bertrand Russell y a Marguerite Yourcenar, la primera mujer que entró en la academia francesa. A mí me parece que Memorias de Adriano es el libro más prodigioso escrito por una mujer. También me hubiera gustado entrevistar a Virginia Woolf, a Thomas Mann, a Joyce.

 

-¿Aún es católica usted?

 

-Mira donde vivo, al lado de la iglesia. Supongo que nunca se le va a uno del todo la capacidad religiosa.

 

-¿Tiene alguna idea de Dios?

 

-Dios es el prójimo, eres tú, es él (José Antonio López), que me está tomando fotos y no me dejó ni ponerme aretes.

 

-¿Piensa en la posibilidad de un Dios después de esta vida?

 

-Quisiera. Me gustaría volver a ver a mamá, a mi hermana, a mi padre. A la gente que se ha ido, a Mariana Yampolsky. Siempre estábamos peleándonos. Venía y me decía que le iba mejor a Graciela Iturbide y a Flor Garduño que a ella. Yo le decía: ¿qué harías si yo te estuviera jeringando durante horas diciéndote que le va mucho mejor a Laura Esquivel que a mí. ¿Qué harías? Me dirías: 'oye, Elena ya desenchúfate'.

 

-¿Y en el amor ha sido plena, Elena?

 

-En la formación que tuve, más o menos. Cuando te educan las monjas te quitan todos los papelitos de colores que tienes en el alma, te dicen: no, por ahí no. Te quitan muchas cosas. Cosas que espontáneamente haría ya no las haces. En ese tema he sido mucho más ficción. Yo el amor lo escribo mucho más de lo que lo vivo. Invento escenas de amor fulgurantes, quizá para suplir la ausencia de amor. No lo lamento porque lo invento.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Albert Camus y l@s anarquistas

 
 
 
 
Nacido en la Argelia francesa en 1913, en el seno de una familia pobre, Camus perdió a su padre en la batalla del Marne en 1916. Fue criado por su madre, mujer analfabeta que se ganó la vida como criada. Gracias a una beca, Camus fue labrándose su carrera como periodista. De joven era además aficionado al fútbol y miembro de una compañía teatral.

De su tiempo como guardameta en adelante, Albert Camus conservaría siempre el espíritu de equipo. Era de naturaleza generosa, si no sensible, y siempre buscó la mayor unidad, procurando evitar o superar el rencor. Muchos de los intelectuales que han escrito sobre él han tratado de ocultar su inclinación por el anarquismo. Siempre estuvo ahí para apoyar en los momentos más difíciles al movimiento anarquista, incluso si sentía que no podía identificarse totalmente con dicho movimiento.

Fue el propio Camus quien nunca ocultó su atracción por el anarquismo. Las ideas anarquistas permean sus obras teatrales y sus novelas, como por ejemplo La Peste, El Estado de Sitio o Los Justos. Conocía al anarquista Gaston Leval, que había escrito sobre la Revolución Española, desde 1945. De acuerdo con su amigo Pascal Pia, Camus empezó a sentir admiración por los sindicalistas revolucionarios y los anarquistas, así como por los objetores de conciencia y todo tipo de rebeldes, ya en 1938, mientras trabajaba como reportero para el periódico L'Alger Republicaine.

El anarquista André Prudhommeaux fue el primero en introducirlo, en 1948, en una reunión del Cercle des Etudiants Anarchistes (Círculo de Estudiantes Anarquistas), como simpatizante familiarizado con el pensamiento ácrata.

También apoyó Camus a los Groupes de Liaison Internationale, que se afanaban en ayudar a los oponentes del fascismo y del estalinismo, a la par que se negaban a tomar partido por el capitalismo americano. Estos grupos se habían formado en 1947-48, y pretendían dar apoyo material a las víctimas de regímenes totalitarios, además de intercambiar información. Entre sus filas se contaba el anarquista ruso Nicolas Lazarevitch, exiliado en Francia, así como muchos colaboradores del periódico sindicalista revolucionario La Révolution Proletarienne (RP). A partir de entonces, Camus mantendría una relación amistosa, además de la ayuda económica que le prestó, con la RP, hasta su muerte.

Su libro L'Homme Révolté (traducido al castellano como El Hombre Rebelde), publicado en 1951, marcó una clara ruptura entre él y la izquierda que orbitaba en torno al Partido Comunista. Fue recibido de manera hostil por los miembros del Partido, así como por sus compañeros de viaje. Sin embargo, su mensaje sí que fue comprendido por los anarquistas y los sindicalistas revolucionarios de Francia, puesto que los menciona a ambos explícitamente y establece una clara distinción entre el socialismo libertario y el autoritario. El tema principal de la obra es cómo llevar a cabo una revolución sin recurrir al terror o al empleo de los métodos "Cesáreos". Habla, entre otros, de Bakunin y de Netchaev. "La comuna contra el Estado, la sociedad concreta contra la sociedad absolutista, la libertad reflexiva contra la tiranía racional, el individualismo altruísta, por último, contra la colonización de las masas..."

Concluye con un llamamiento al resurgimiento del anarquismo. El pensamiento autoritario, gracias a tres guerras y a la destrucción física de una elite de rebeldes, había asfixiado esta tradición libertaria. Pero era una victoria pobre, además de provisional, y la lucha todavía persiste.

Gaston Leval respondió en una serie de artículos al libro. Su tono fue amistoso, y procuró evitar polémicas broncas, pero llamó la atención de Camus sobre un punto del libro que él consideraba una caricaturización de Bakunin. Camus replicó en las páginas de Le Libertaire, el periódico de la Federación Anarquista (que en este periodo tenía una tirada de 100.000 ejemplares semanales). Adujo que había actuado de buena fe, y que corregiría uno de los pasajes criticados por Leval en futuras ediciones.

El secretario general de la Federación Anarquista, Georges Fontenis, también escribió sobre el libro de Camus en Le Libertaire. A la sencilla pregunta "¿Es la rebelión de Camus la misma que la nuestra?", Fontenis no dudó en afirmar que lo era. Sin embargo lo amonestó por no dar el debido espacio a las revoluciones de Ucrania y de España, así como por retratar a Bakunin como a un nihilista endurecido sin dar crédito a sus posiciones específicamente anarquistas. Terminaba Fontenis admitiendo que el libro contenía varias páginas admirables. Una recensión de Jean Vita aparecida la semana siguiente en Le Libertaire se mostró ya más cálida y positiva.

Estas críticas mesuradas de los anarquistas contrastaban con aquellas provinientes del Partido Comunista y sus adláteres, como Sartre y el grupo que se movía en torno a la revista Les Temps Modernes. Esto supuso el principio de la ruptura de Camus con el otro gran exponente del existencialismo. Las críticas de este grupo fueron salvajes, especialmente las de Francis Jeanson. Camus contestó que la crítica de Jeanson no tenía en cuenta nada más que la ortodoxia marxista, y que pasaba por alto todas las referencias al anarquismo y al sindicalismo. "La Primera Internacional, el movimiento bakuninista, que todavía vive entre las masas en la CNT española y en la francesa, son ignorados", escribió. Para su desgracia, Camus fue "excomulgado" por Jeanson de las filas de los existencialistas. Este proceder le desanimó profundamente. También recibió críticas amargas de los surrealistas por las concepciones artísticas que se exponen en el libro. Todo apuntaba a que los anarquistas eran los mejores defensores de Camus.

Camus también marcó su ruptura de otros modos. Se había prometido a sí mismo mantenerse apartado de los intelectuales que se mostraban dispuestos a respaldar el estalinismo. Esto no lo detuvo, no obstante, a la hora de dedicarse plenamente a causas que consideró justas y valiosas. En España, un grupo de trabajadores anarquistas había sido condenado a muerte por Franco. En París se convocó por este motivo un mítin por parte de la Liga por los Derechos del Hombre, el 22 de febrero de 1952. Camus accedió a hablar en el evento. Pensó también que sería útil que el líder de los surrealistas, André Breton, apareciese en la tribuna; todo ello a pesar del ataque que Breton le había dedicado desde la revista Arts, por la crítica de Camus al poeta Lautreamont, admirado por los surrealistas como precursor suyo. Camus se reunió con los organizadores del evento, Fernando Gómez Peláez, del periódico Solidaridad Obrera, órgano de la central anarcosindicalista española, la CNT, y José Ester Borrás, secretario de la federación de prisioneros políticos españoles, FEDIP, rogándoles un acercamiento a Breton sin decirle que era Camus quien lo había sugerido. Breton aceptó orar en el mítin a pesar de que Camus estaría presente. Gómez le dijo entonces que Camus había propuesto que hablase él en primer lugar, lo que provocó las lágrimas de Breton. Más tarde Camus les dijo a los anarquistas españoles que por no haber replicado a la furia de Breton en términos similares, esperaba una pronta reconciliación. Camus y Breton compartieron tribuna y fueron vistos incluso charlando (para los vínculos de Breton y los surrealistas con el movimiento anarquista, ver el número 44 de Organise!).

Camus tomó la posición del intelectual comprometido, firmando peticiones y escribiendo para Le Libertaire, La Révolution Proletarienne y Solidaridad Obrera. También pasó a ser parte del grupo editorial de una pequeña revista libertaria, Témoins 1956, llegando a conocer a su editor, Robert Proix, un corrector de estilo. A través de Proix, conoció a Giovanna Berneri (Caleffi), la compañera del gran anarquista italiano Camillo Berneri, que había sido asesinado por los estalinistas en España, en 1937. Igualmente se encontró con Rirette Maitrejean, que había sido antigua compañera de Victor Serge, y que se había visto envuelta en el juicio a la Banda Bonnot. Rirette había estado trabajando como correctora de estilo para el periódico Paris-Soir durante largo tiempo. También se hizo amigo del veterano libertario Maurice Joyeux, quien más tarde habría de señalar que de todos los trabajos literarios contemporáneos, El Hombre Rebelde era el que más cercanamente describía las aspiraciones de estudiantes y obreros en mayo del 68.

De nuevo en 1954, Camus acudió a solidarizarse con los anarquistas. Maurice Laisant, secretario de propaganda de las Forces Libres de la Paix (Fuerzas Libres de la Paz), junto con un editor de Le Monde Libertaire, periódico de la Federación Anarquista francófona, había publicado un cartel antimilitarista usando el formato de la propaganda oficial del Ejército. Como resultado fue encausado por subversión. Camus testificó en su juicio, recordando cómo lo había conocido, en un mítin de apoyo a los españoles.

Le dijo al jurado, "Desde entonces lo he visto a menudo y he estado en posición de admirar su voluntad de luchar contra el desastre que amenaza al género humano. Se me antoja imposible que se pueda condenar a un hombre cuya acción se identifica con los intereses de todos los hombres. Demasiados pocos son los que luchan contra un peligro que a cada día se hace más ominoso para la humanidad". Tras esto, Camus tomó su asiento en una sala del juzgado llena principalmente de militantes obreros, que lo rodearon con afecto. Desgraciadamente Laisant fue condenado a una fuerte multa.

Y de nuevo estuvo Camus con los anarquistas cuando apoyaron la revuelta de los obreros de la Alemania del Este contra los Soviets, en 1953. También se mantuvo entre los libertarios en 1956, primero con el alzamiento obrero de Poznan, Polonia, y más adelante a lo largo del año con la Revolución Húngara. En 1955 había dado su apoyo a Pierre Morain, miembro de la Fédération Communiste Libertaire (la Federación Anarquista había cambiado su nombre en 1954, dando pie a fuertes tensiones en el seno de la organización). Morain era el primer francés en ser encarcelado por plantear resistencia anticolonialista en Argelia. Camus lo defendió en las páginas del diario nacional L'Express, el 8 de noviembre de 1955.

Muy a menudo utilizó su fama y su notoriedad para intervenir en la prensa denunciando la persecución de militantes anarquistas, o para sensibilizar a la opinión pública. En su último año de vida Camus se asentó en el pueblo provenzano de Lourmarin. Allí conoció a Franck Creac'h A Breton; nacido en París, autodidacta y anarquista convencido, había acudido al pueblo durante la guerra para evitar el reclutamiento. Camus le dio empleo como jardinero, y tuvo la suerte de poder mantener conversaciones con alguien que hablaba en su misma longitud de onda. Una de las últimas campañas en las que se involucró fue la del anarquista Louis Lecoin, que luchaba por que se reconociese la condición de objetor de conciencia, en 1958. Camus nunca vería el final de esta campaña, pues murió en un accidente de tráfico en 1960, a la edad de cuarenta y seis años.
 
[Artículo publicado en el número 68 -primavera/verano del año 2007- de Organise!, órgano de la Federación Anarquista de Gran Bretaña (AFed). Nos complace reproducirlo cuando justamente hoy 7/11/2013 recordamos el centenario del natalicio de esta figura intelectual y literaria.]