martes, 28 de septiembre de 2010

El hombre duplicado


Las dudas existenciales son interrogantes que a todos los seres humanos, en algún momento de la vida, nos conducen a analizar comportamientos, a replantear actitudes y a tratar de averiguar, en verdad, quiénes somos y qué rasgos nos diferencian del resto de los mortales.
En la mayor parte de los casos, los misterios vinculados a nuestro ser no logran ser develados, pero los ejercicios de reflexión y los esfuerzos por alcanzar una mayor profundidad en los conocimientos siempre son útiles porque fomentan la sensibilidad, promueven pensamientos y ayudan a aumentar el deseo de superarse a uno mismo.
Impulsado por la necesidad de abordar desde la literatura las cuestiones vinculadas a la identidad de un individuo, el talentoso escritor portugués José Saramago elaboró hace algunos años una historia interesante que tiene como protagonista a un hombre que, en su adultez, descubre que cerca suyo vive una persona idéntica a él con la cual, más allá de las asombrosas similitudes, no lo une ningún vínculo de sangre.
Valiéndose de este intrigante relato, el también creador de obras como “La balsa de piedra”, “El Evangelio según Jesucristo” y “El viaje del elefante” ha buscado entretener a los lectores al tiempo que los anima a tratar de resolver enigmas profundos que guardan relación con la identidad, la búsqueda del verdadero “yo” y las particularidades que definen la personalidad de un determinado ser.
“El hombre duplicado” es un libro que ha generado, a juzgar por algunos comentarios, aburrimiento en ciertos adultos y asombro en otros amantes de la literatura. Pero lo que nadie (o muy pocos) pueden negar es que, a través de esta novela, han estimulado sus pensamientos y han puesto en funcionamiento su imaginación al intentar suponer qué pasaría si, en un día cualquiera, uno descubre que en el mundo existe una copia exacta de nosotros.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Delito de silencio



Ola a ola.
El mar lo sabe todo.
Pero olvida.
Mario Benedetti



En Salobreña, al atardecer, escribí en agosto de 1994 frente al mar:
Delito de silencio.

Tenemos que convertirnos
en la voz
de la gente
silenciada.
En la voz
que denuncia,
que proclama
que el hombre
no está en venta,
que no forma parte
del mercado.

En la voz
que llegue fuerte y alto
a todos los rincones
de la tierra.
Que nadie
que sepa hablar
siga callado.
Que todos los que puedan
se unan
a este grito.

Silencio de los silenciados, de los amordazados. Silencio de la ignorancia.
Terrible silencio. Pero más terrible, hasta ser delito, el silencio culpable de
los silenciosos. De los que pudiendo hablar, callan. De los que sabiendo y
debiendo hablar, no lo hacen.

Debemos la voz. A nuestra propia conciencia, en primer término. Pero,
inmediatamente, tenemos el deber de ser la voz de los sin voz. Les
debemos la voz: “La voz a ti debida”, como en la égloga de Garcilaso,
como en el libro de Salinas. La voz debida, sobre todo, a los que llegan a
un paso de nosotros, a las generaciones venideras.
Sin cesar. Sin cejar. Sin distraernos ni cansarnos. Sin dejarnos conducir
por la (s) pantalla (s), espectadores pasivos. Es un deber hablar. No
hacerlo es, puede ser, grave insolidaridad, trasgresión moral, delito.

“Cuando el hombre cansado / ... para, / traiciona al mundo, porque ceja / en
el deber supremo, que es seguir” /.

Volver a intentarlo. Volver sin detenerse, sin pausa, porque - sigue
escribiendo Salinas - “Nos llenará la vida / ese puro volar sin hora
quieta“...

Voz vigía. Voz que alerte y corrija. Voz que oriente. “La voz debe
anteceder al hecho, / prevenirlo. / Después, no sirve para nada. / Es sólo
aire estremecido” (verso sobre Camboya, 8 de abril de 1979).

La anticipación, la gran victoria. El siglo XXI ha de ser el siglo del pueblo,
de la palabra, de la gente. No más la fuerza, la imposición de los pocos
sobre los muchos. No más la espada ni la mano alzada. Manos tendidas,
manos unidas. Y la voz. A contraviento. Valientemente. Como Quevedo:
“No he de callar por más que con el dedo ... / silencio avise o amenace
miedo”.

La voz debida, comprometida. Voz que libera a medida que se pronuncia.
Voz que puede ser asidero, cura. En 1995, escribí en París: ... “La voz / a
veces /no fue voz / por miedo. / La voz / que pudo ser remedio / y no fue
nada”.

José Ángel Valente, en su poema “Sobre el tiempo presente”, nos advierte:

“Escribo desde un naufragio.
Escribo sobre el tiempo presente.
Escribo... sobre lo que hemos destruido
sobre todo en nosotros.

Escribo desde la noche,
desde la infinita progresión de la sombra,
... desde el clamor del hombre y del trasmundo,
desde el genocidio,
desde los niños infinitamente muertos...
pero escribo también desde la vida ...
desde su grito poderoso.

Como Garcilaso “que tanto callar ya no podía”, alcemos nuestra voz. Voz
debida, voz de vida. Delito de silencio. “... Y que se oiga la voz de todos, /
solemnemente y clara”. Es el mensaje de Miquel Martí i Pol. ¡De todos!.
Clamor popular, para que un día no vuelvan hacia atrás su mirada nuestros
descendientes y piensen: “Podían y no se atrevieron. Esperábamos su voz,
y no llegó”.

El mar puede guardar silencio.
Nosotros, no.

Federico Mayor
Julio, 2004

viernes, 3 de septiembre de 2010

Yo contra mi. Germán Dehesa


El escritor, actor, periodista, locutor, profesor y dramaturgo Germán Dehesa (Distrito Federal, 1944) falleció a consecuencia del cáncer que le aquejaba, la tarde de este jueves a la edad de 66 años en su casa de la ciudad de México, rodeado de sus familiares.

Hace una semana dio a conocer, en su columna diaria, Gaceta del Ángel, el estado en que se encontraba: “Tengo cáncer, pero hasta ahora la enfermedad no me ha producido ningún dolor insoportable. Nadie tiene idea de cuándo será la terminación cronológica de mi vida, pero calcula la ciencia médica que esto ocurrirá hacia los finales de este año”, escribió en esa ocasión.

En 2004 escribió el entrañable texto "Yo contra mí", para la revista Fractal, donde se refiere a su vida como abanico de dualidades. Su origen, entre el sufrimiento y el gozo, entre el chiste y la condición dramática, definieron su mirada sobre la vida y las letras.

Se reproduce a continuación.

**********

Déjenme platicarles un poco de los tortuosos caminos que me han traído hasta aquí. Cuando me propusieron este ejercicio, en principio pensé que quien me hablaba era un bromista telefónico y, como tal, le respondí que por supuesto estaría dispuesto a un intenso pugilato conmigo mismo.

Aunque no lo crean me tiene en vilo el asunto: ya llevo varios años aprendiendo estratagemas para aliviarme de una timidez incurable. Soy tímido de nacimiento. Parece que mi hijo heredó ese problema: también es muy refractario, aunque no lo someto a las torturas a las que yo sí fui sometido. A mí me obligaban o intentaban obligarme a recitar el poema a los niños héroes de Amado Nervo, delante de una bola de seres muy extraños: hombres viejísimos, como de cuarenta años, y mujeres con lunares peludos; me parecía que no merecían escuchar aquellos versos por mi boca.

En esas ocasiones, mi mamá me laceraba fuertemente diciendo que cómo era posible que si me los sabía no los recitara; yo le respondía que no me daba la gana y que me daba mucha pena pues seguro se me iban a olvidar.

Desde entonces empezó a fraguarse el acero. Prueba de ello es que aquí estoy avisándoles que sí, que soy como todos ustedes: un ser dual. Espero que no lleguemos a un diagnóstico de esquizofrenia severa, pero sí tengo esa condición de siempre estarme asomando a dos caminos.

Mi caso se acentúa por el hecho de ser hijo de un veracruzano alegrísimo, desmadroso, vital, con una capacidad para resolverlo todo en una broma, en un chiste, en una ocurrencia, en encontrarle siempre el lado luminoso aun en lo más siniestro, y militante del Partido Comunista Mexicano. Por otro lado, estaba el carácter de mi madre, que era una señora decente y con una brutal propensión al aburrimiento, a la condición sufridora, dramática: casi daba las gracias por cada dolor nuevo que le venía.

Recuerdo aquí a Giovanni Guareschi, que creó a dos personajes memorables: a Don Camilo, que era cura, párroco de un pueblo italiano, y al alcalde, que era comunista, se llamaba Giusepe Bottazzi, aunque todo mudo le decía Pepón. Hagan de cuenta que en mi casa vivían Don Camilo y Pepón, nada más que Don Camilo era Doña Camila. Si recuerdo bien el mundo de Guareschi, lo más conmovedor del libro, lo más divertido era que, a pesar de esos encuentros o desencuentros ideológicos, los dos personajes siempre encontraban una ruta para que lo humano los reuniera. Supongo que por lo menos en tres ocasiones mis padres lograron encontrar ese camino: tuvieron tres hijos, uno de ellos con parálisis cerebral, el mayor; luego aparecí yo en el horizonte para gloria de este país, el primero de julio de 1944; y mi hermana, la menor, de quien ya hablaré.

Mi padre pidió que yo naciera en Veracruz puesto que mi espíritu era veracruzano, pero mi madre, dócil y cristiana, me nació en Tacubaya... y me pasó a fregar porque realmente ser de Veracruz es algo tres o cuatro veces heroico. Salvo el cine Ermita y un motel muy viejo que hay por ahí, Tacubaya no tiene mayores timbres de gloria ni de historia...

Nací cerca del Molino del Rey donde se perdió una batalla importante (casi es de rigor decirlo, es como un pleonasmo: si es una batalla en la que participaron los mexicanos, salvo la del 5 de mayo y la de Querétaro, todas las demás las perdimos). Por esos mismos lugares nació Guillermo Prieto, un viejo maravilloso; nada hay más deleitoso para un mexicano, o nada debería ser más deleitoso, que la lectura de Memorias de mis tiempos. Ese libro es la historia del México del siglo XIX contada por su mejor cronista, por un protagonista privilegiado que estuvo en todo, que estuvo en las guerras, que estuvo en la paz, que estuvo en el periodismo, que estuvo en la dramaturgia y que publicaba los famosos San Lunes de Fidel, un resumen periodístico de lo que le había parecido la semana mexicana.

Nazco, decía yo, en Tacubaya, donde ahora está la UAM. En esa hermosa casa estaba la maternidad, tiene enfrente la embajada rusa, que era muy frecuentada por mi padre –la embajada rusa, la maternidad pues nada más esa vez fue a enterarse a ver qué le había salido. Le habían salido dos orejas, básicamente, y un pequeño ser adosado; debo confesarles que no ha cambiado mucho la configuración del hijo de mi querido y añorado Don Ángel Dehesa...


No se desesperen. Obviamente sí me voy a pelear yo contra mí. Existe el yo que está tomado de la mano de mi padre y el otro que no quisiera tomarse de la mano de mi madre, porque... porque no me encuentro, porque no siento que sea yo. Sin embargo, a pesar de no sentirme perteneciente, de alguna manera la mano de mi madre me influyó. Recuerdo esas sesiones donde tenía que rezar para que se le quitara el hipo al papa; le venía hipo a Pío XII y teníamos que rezar el rosario en familia, y no el rosario común, sino el de quince misterios. Desde entonces no entendía porqué repitiendo unas palabras desde la ciudad de México, que quedaba a un chingo de distancia del Vaticano, a un señor que tenía hipo en Roma se le iba a quitar el hipo. Yo decía:

– ¿Y si le dan agua mamá, si aguanta la respiración un rato y nosotros aquí como imbéciles rezando el rosario?
– ¡No!

Eso era lo de menos de esa manera que tenía mi madre de vivir la fe. Me acuerdo que antes de mis doce años no salíamos en Semana Santa. Simplemente no se podía salir, hasta que un día, previa consulta con su confesor, con el padre Domingo en la iglesia de San Antonio en la colonia Nápoles, nos dieron permiso de ir a Acapulco, siempre y cuando observáramos el Jueves y el Viernes. Nunca entendí muy bien: era cosa de sentarse como quien ve el paisaje, como quien ve La Quebrada, uno observa un día. Total, que estábamos en Acapulco como estúpidos observando el día; finalmente, a las doce nos ganó la voluntad de ir al mar, nos fuimos a la playa. Empero, en punto de las tres de la tarde del Viernes Santo, con el Sol a plomo, mi madre nos hincó en el camellón de La Costera a rezar porque estaba muriendo Jesucristo. Yo dije:

–¡Puta, fue hace un chingo! Digo, ¿realmente Jesucristo me lo va a tomar en cuenta, esto de que tantos años después, 1956 años después, yo me esté hincando en la costera de Acapulco con la bragueta llena de arena?

Como salía uno del mar, con un bolsón ahí... era espantoso, sin tomar en cuenta el Sol, la sal y otras cosas que traía uno. Mi mamá me cuestionó:

-¿Y lo que sufrió Cristo en la cruz?
-¿Pero yo qué culpa...? –Respondí inocentemente.

Hasta que no terminamos todas las oraciones no nos levantamos. Y mi mamá sabía muchísimas.

Hace no sé cuánto que no rezo el rosario, ni en familia, ni solo, ni nada y, sin embargo, en cuanto me descuido ya estoy con: “por estos Misterios Santos de Cristo, la nación mexicana, la unión y feliz gobierno, goce puerto el navegante...” De niño me imaginaba los barcos en mitad de la tormenta y me decía: “Como estoy rezando, seguro va a encontrar el puerto el navegante.” Me daba como una especie de megalomanía porque podía decidir la suerte de los navegantes, de la unión y feliz gobierno de la nación mexicana, y hacía una lista como de súper, como de carta a Santa Claus. “Por estos Misterios Santos…” y luego venía lo de antes del parto, durante el parto y después del parto, pero cuando uno empezaba a querer pararse, eran unos manazos y unos coscorrones terribles.

Quisiera decirles que tengo un desgarramiento tremendo y que tuve una crisis de fe espantosa… pero que, pensándolo bien, no fue tan grave. En cuanto perdió mi mamá cierta autoridad sobre mí, no volví a pararme en una iglesia, con excepción de una vez que me paré para un matrimonio más o menos logrado.

Debo aceptar que eso realmente no es lo mío, aunque nunca he dejado ni de rezar, ni de creer en Dios, ni de platicar en las noches con Él. Comentaba hoy en la mañana con mis alumnos y alumnas que no puedo ver a Dios como agente de colocaciones, o para pedirle que ganen los Pumas (tiene uno que estar loco para hacer esas mezclas de teología y futbol).

Todo esto lo digo para no entrarle a este tema del pugilato con uno mismo porque es muy arduo.

Les repito que sí, que soy un ser dual, que tengo esta parte muy sellada por una formación católica, sea o no practicante. Hay algo en nuestra mentalidad, en nuestra manera de entender la vida, en nuestro juicio sobre la existencia... Los católicos tenemos un lado sufridor: es nuestra madre que se asoma en cuanto puede.

Recuerdo mucho a mi madre haciéndome su numerito de:

-¡Ay, no sabes, mi pierna mala –porque mi mamá, pasada cierta edad, tenía una pierna mala-. No sabes lo que me ha dolido todo el día mi pierna mala...
-¡Chín! -decía yo.
-Pero tú te vas a ir a una fiesta, ¿verdad? Vete, vete tranquilo de veras. Yo gozo sabiendo que tú estás gozando. Nada más déjame el rosario cerca por favor y mis medicinas, porque si me viene una crisis… no creo, eh, no creo, pero por si me viniera déjalas ahí, total, si de veras me siento muy mal, no puedo ahorita apoyar el pie, me ruedo sobre el mosaico y pecho a tierra llego al teléfono… de alguna manera alcanzo el teléfono...

El resultado de tal exposición era que yo no iba a la fiesta y que la pinche vieja se cuajaba toda la noche. Ya no le dolía nada, ya no necesitaba nada, ni el rosario rezaba, le valía gorro todo.

Pero de pronto aparecía en mi vida mi papá diciéndome: “Vámonos a ver qué encontramos”. Empezábamos a caminar. Me acuerdo que cuando paseábamos por Insurgentes y yo veía a esas mujeres recargadas en los árboles, con mucha pintura en la cara y con unas vestimentas muy extravagantes y llamativas, le preguntaba:

- Oye papá, ¿y esas señoras?
- Ay hijo, ¿qué no sabes?
- No papá.
- Son de la forestal, hijo, son policías forestales. Les encargan un árbol a cada una. Ellas tienen que cuidar su árbol y como está tan cerquita de la banqueta, por eso se visten así para llamar la atención, no las vayan a atropellar.

Era una explicación tan hermosa que hasta la fecha me conmueve, me dan ganas de bajarme a dar las gracias a las de la forestal porque están cuidando los árboles.

Entre esos dos mundo me movía yo: en un mundo del puro gozo, de la pura invención, del mundo siempre visto desde su ángulo más divertido, más chistoso, más llamativo, más fértil para la imaginación, el mundo jarocho de mi padre; y, por otro lado, el mundo michoacano, contrarreformista, feroz, de mi madre, un mundo que consideraba que sufrir era un mérito importantísimo pues estábamos en este valle de lágrimas para acumular, hagan de cuenta como puntos para viajar en avión, puntos para irse al Cielo.

También debo decirles que fui muy feliz en una escuela de gobierno. Quería mucho a un maestro a quien se le ocurrió decirme:

-En esta escuela te vamos a echar a perder. Tú tienes capacidad para más. Te voy a conseguir una beca y voy a hablar con tus padres.

Rápidamente apareció mi madre en el horizonte para decir: “Este es el momento”. Y me metió con los hermanos maristas. Me dieron la beca... y la beca estaban por ley obligados a darla. Sin embargo, en cuanto sacaba siete en conducta, en todo el sonido del Instituto México se oía:

- Le recordamos al niño Germán Dehesa que no paga colegiatura sino que está becado en esta escuela y que por lo mismo debe...

Yo decía: “¡Puta madre!” Con los O'Farril por allá, los Cortina por allá, a los que les daban 25 pesos de domingo, cuando a mí me daban un peso… Había una asimetría, era como tratar un TLC Estados Unidos-México. Los Cortina tuvieron, primero, motoneta, luego motocicleta, luego automóvil y yo seguía tomando mi Popocatépetl/Colonia del Valle y anexas y disfrutando de la ciudad como loco.

Disfrutaba, sobretodo, ir con mi padre, tomar el Insurgentes/Bellas Artes en Georgia e Insurgentes y tardar treinta minutos en llegar a la Alameda, y pasar junto a una escultura y agarrarle las nalgas a la escultura. Me decía mi papá:

-Yo primero porque soy tu mayor. Tú me la vas a dejar muy sebosa. -Y entonces le daba sus llegues.- Ahora vas tú. ¿Cómo es posible que un hijo mío no sepa ni agarrar un nalga? A ver, mira, te voy a enseñar cómo se ahueca la mano, cómo se le hace.

Esas enseñanzas son invaluables, esas sí sirven para la vida.

De esos dos mundos vengo yo. Y por eso soy una especie de animal dual, soy un centauro -en unas de esas voy a salir sirena o algo así: soy mitad carne mitad pescado, mitad caballo mitad ser humano. Todos lo somos porque traemos la carga genética del padre y la carga genética de la madre.

La única ventaja que tengo frente a la dualidad es que los dos eran diabéticos, los dos eran cardiópatas. Eso sí, cardiópata y diabético lo soy a pleno pulmón y en el cuerpo entero. Lo demás, lo que es el valor añadido, lo he tratado de averiguar por mi cuenta.

A mí me deslumbraba mucho mi padre, era bastante pobre y no le daba ninguna pena serlo; nos corrían cada seis meses de las casas donde estábamos; nos mudábamos y era una fiesta.

-Lo de menos sería quedarnos -decía-, pagar la renta al puerco capitalista, pero yo no quiero quitarte la oportunidad de que conozcas la ciudad.

Y mientras, mi madre sufría en silencio, es decir, con un estrépito que se oía a cinco kilómetros (porque cuando una mujer sufre en silencio se oye como a veinte cuadras a la redonda). Lloraba todo el trayecto que iba de la casa vieja a la casa nueva:

-Claro, ustedes se conforman con cambiarse, pero ¿quién pone la casa y quién acomoda los muebles y la chingada?

Total, acabábamos acomodándolo todo nosotros, porque a mi mamá le venía el dolor en la pierna mala...

Ése es mi mundo. Podría estar peleado conmigo mismo, pero vivo muy reconciliado. Cuando llegado el día falleció mi padre de la manera más tranquila, se acostó a dormir una siesta, se enderezó y le dijo a mi madre: “Te quiero comprar un vestido en Liverpool”. Fueron sus famosas últimas palabras –por andar ofreciendo vestidos a las viejas, eso nunca hay que hacerlo. Se volvió a recostar un momento. Le dio una embolia fulminante, y murió.

Mí mamá –se supone que cuando uno hace edema pulmonar podemos librar uno, dos, quizá tres- hizo casi treinta edemas pulmonares y la pinche necia no se quería ir. Sólo se murió porque a mi hermana se le descompuso el coche. Mi hermana, una doctora muy afamada en el Seguro Social, en cuanto veía que mi mamá se empezaba a torcer, la trepaba al coche y se la llevaba al hospital, le ponían el ventilador y le hacían quién sabe qué y le pasaban suero. Cuando yo llegaba vestido de negro y todo, ella salía radiante y, así, más o menos 30 veces. Pero una vez -y conste que no fui yo el que descargó la batería- no arrancó el coche. Mi mamá no alcanzó a llegar y se murió en el trayecto. Mi hermana se azotaba y yo le decía:

-Hermana, esto ya no era vida, agonías todos lo días, esto ya era un exceso.

Cuando fui a la funeraria –estuve cinco minutos en Gayosso, tan malnacido como soy, detesto ir a Gayosso, me encanta estar con los vivos, no sé qué le va uno a oler al muerto—, le llevé unas rosas y le dije:

-Madre, ahí quedamos, entiendo que lo que hiciste como siempre me lo decías: “Es por tu bien y esta cachetada que te voy a dar algún día me la agradecerás –todavía no ha llegado ese día— porque lo estoy haciendo por tu bien”… y me soltaba unas...

Por otro lado, no creo haberme dispensado de vivir por los libros, es decir, no es mi caso como el de algunos seres que han escogido leer, por miedo a vivir; hay otros que se meten a la vida por miedo a la belleza, por miedo al conocimiento. Yo he ido y venido… cosa que siempre tuvo muy nerviosos a mis maestros porque decían:

- Bueno, si éste sabe tantas cosas sobre Shakespeare o sobre Lope de Vega o sobre Sor Juana ¿por qué va al teatro Blanquita?, ¿qué va a buscar al teatro Blanquita o qué hace en el Tivoli oyendo Harapos?

A mí me gustaba oír Harapos y me gustaba leer a Shakespeare; me gustaba tener eso para lo que ni siquiera hay palabras en español, lo que se dice en inglés el street wise, la sabiduría de la calle. Me encantaba y me sigue encantando oír a la gente y ver qué se trae y oír sus argüendes, sus fabulaciones, sus mitos y sus historias.

Tengo que decir que si iba a la calle o iba a los libros, era para traer materiales para mi hermano mayor. Ahí empezó mi esquizofrenia. Yo le platicaba y me respondía, me respondía tratando de adivinar lo que él podía imaginar, de lo que yo le estaba contando. Por eso aprendí a dialogar, por eso me dicen: “Escríbete una escena”, y lo hago como si la tuviera ya en la cabeza. Me asusta que la gente no lo haga.

Adquirí dominio de la palabra, adquirí el dominio del diálogo, de hablar desde el otro preguntándome quién es el otro y qué quiere decir, imaginándomelo, suponiéndomelo. Aprendí también a mantener la tensión, porque mi hermano lo único que podía mover era una mano. Empezaba la narración y me apretaba la mano; si me empezaba a poner pesadito o muy intenso, me empezaba a soltar, y cuando ya era una güeva perfecta, me soltaba la mano. Empecé a aprender en qué momento me iba a soltar la mano y cambiaba de tema o decía un albur o decía esto o decía aquello y volvía a sentir el apretón. Hasta las novelas le quedaban chicas.

Cuando mi hermano ya estaba muy metido, había que añadirle capítulos al mismo Salgari y resucitar al Corsario Negro. Hace 53 años que yo leía eso y aquí está en mi cabeza; recuerdo exactamente cómo comienza El Corsario Negro con esa escena en la que están recargados en la borda: “Y allá en el castillo de proa está el Corsario Negro con una nube de preocupación que cruza por su mente...” –a mí eso de la nube de preocupación que cruzaba por su mente se me hacía poca madre, en la escuela me recargaba a ver si me pasaba una nube de preocupación por la mente...

Pero fíjense lo que son las dualidades de esta vida, la maldición (como le decía mi madre) de la enfermedad de mi hermano me dio el dominio de la palabra, me dio la lectura, me dio el diálogo, me dio el manejo de las tensiones. No me cuesta ningún trabajo hablar en público porque sigo hablando con mi hermano y siento otra vez cuándo me van a soltar la mano, a qué hora hay que cambiar, a qué hora hay que pasar a otro tema. Pero no es ninguna gracia: lo aprendí, lo entrené durante más de 20 años de mi vida. Cuando me dicen: “Escribe un artículo diario”, pues lo escribo, y me preguntan: “¿Y cómo le haces?” Respondo que sigo hablando con mi hermano. Mi columna se llama Gaceta del Ángel: mi hermano se llamaba Ángel Dehesa y era un enviado de Dios, me trajo todos esos dones y derramó oro sobre mi cabeza y me llevé tiempo en entenderlo.

Ahora me pregunto: ¿qué sería de mí sin esa terrible “maldición” que por los pecados de mi padre había caído sobre nuestra familia?
Cuando un médico me dijo: “Su mamá que piense lo que quiera, el problema de su hermano se llaman fórceps, para nacer le doblaron demasiado la cabeza, hubo un momento en que se quedó sin oxígeno el cerebro y ahí empezó todo el proceso de deterioro”. Pues el castigo resultó un premio para mí, por lo menos, prodigioso. Mi manera de estar en el mundo es un modo de agradecer la existencia de mi hermano. Para que vean que todo tiene en la economía de la vida un sentido.

No opto ni por literatura ni por la vida sino trato de ir y venir de la literatura a la vida, de hacerme mejor lector en la medida en que vivo mejor y vivo más, y de hacerme mejor vividor en la medida en que la lectura ilumina mi vida. Sí hay disputa en mí, pero no muy fuerte. Si estoy leyendo un libro y me está fascinando y aparece mi hijo que quiere platicar conmigo, no me cuesta trabajo cerrar el libro y oírlo. Eso sí lo he tenido que aprender: con los hijos más grandes fingía demencia, ni los daba por escuchados. Pero eso se aprende con los años. Ahora sí entiendo que esas intimaciones de la vida no las puede uno posponer.

(Versión de la presentación oral, José Antonio Forzán)



Germán Dehesa, "Yo contra mí ", Fractal n°32, enero-marzo, 2004, año VIII, volumen IX, pp. 89-

domingo, 29 de agosto de 2010

domingo, 22 de agosto de 2010

La tragedia y el coraje



LA TRAGEDIA

Publicado por AFP: 22/08/2010 09:51

Copiapó, Chile. Los 33 mineros atrapados hace 17 días en un yacimiento al norte de Chile están vivos, informó este domingo el presidente, Sebastián Piñera.

El mandatario, presente en la entrada de la mina ubicada a 800 kilómetros al norte de Santiago, mostró ante las cámaras una carta escrita con lápiz rojo que los mineros lograron hacer llegar al exterior a través de un tubo, en la que señalan que todos están con vida.

"Esto salió de las entrañas de la tierra", dijo Piñera mientras mostraba el papel que los mineros enviaron a la superficie. "Es el mensaje de nuestros mineros que nos dicen que están vivos, que están unidos", añadió el mandatario.

Poco después, el presidente chileno, Sebastián Piñera, agregó que una cámara de televisión le dejó ver vivos a ocho o nueve de los 33 mineros atrapados en un yacimiento del norte del país desde hace 17 días.

En declaraciones a radio Cooperativa dijo que “ellos agitaban sus brazos, estaban con sus lámparas prendidas y estaban con un aparente buen estado físico, los vi con los torsos desnudos, porque debe hacer calor, pero con ánimo y fuerza”.

“Ellos prendieron las luces de sus cascos, movían sus brazos y muchos de ellos se acercaron a la cámara con sus rostros y los ponían como los niños cuando se acercan a una cámara de video y pudimos ver sus ojos y su alegría”, comentó.

EL CORAJE

Chile, los chilenos y las chilenas requieren siempre reafirmar la identidad, sobretodo en base al sufrimiento de los pobres y marginados, por mi parte estoy contento de que los mineros estén vivos, trabajé del año 1990 hasta 1995 en la Minería, en Disputada, en Codelco y también en Atacama, subí a los 5500 metros y bajé a los socavones, los conocí, a ellos, mis queridos viejos, callados, emocionales, románticos, sufridos en sus turnos de 15 días, tomando desayuno juntos o conversando en las piezas con afiches de mujeres ausentes. Yo estoy feliz y emocionado, pero no acepto la manipulación de los políticos de todo signo, del Presidente y sus ministros, de diputados y senadores de derecha y de centro izquierda, que ahora se palmotearán las espaldas, todos juntos como lo que son, una clase política maldita, que ha tenido en el olvido a los pequeños y medianos mineros durante siglos, ni acepto la manipulación de curas y monaguillos nombrando al Dios mágico de los ricos y pequeños burgueses, no acepto a periodistuchos ni a histéricos publicistas; y no me olvido de quiénes son los responsables, y sé además que serán meses de rescate. Que estén vivos era una probabilidad mínima. Hoy no hay nada aún, sino la vida en el fondo de mi tierra, que han mantenido ellos por sí mismos. Ahora falta lo más importante, el rescate y la evaluación de por qué paso lo que pasó, buscar y juzgar a los responsables, que respiran con la tranquilidad de los cuasi criminales. Cambiar las leyes de la pequeña y mediana minería, las mismas leyes que nadie revisa en su pobre ejercicio parlamentario. Revisar las casi nulas y pobres normas de seguridad del sector, que sólo han servido para bajar los costos de los yanaconas. Por favor no jueguen con la alegría del pueblo, alegría por lo demás casi triste, vitorear la vida ahora parece una gran celebración y no es más que lo normal y lo justo. Un saludo a los viejos, mis queridos viejos.

lunes, 19 de julio de 2010

Laura Muñoz. Escribir como uno quiere hacerlo



Mira siempre muy de frente. Los iris de Laura Muñoz frisan el color verde. Podría explicarles que son transparentes, pero no sería exacto; su mirada sí lo es, pero el color verde se oscurece o aclara dependiendo de la luz: a veces parece negro, otras esmeralda, en ocasiones caoba… Hemos quedado en la cafetería de un hotel de Madrid para hablar de su primera novela. Detrás de ella puedo ver cómo se alza el edificio de la Telefónica; curiosa coincidencia: la Gran Vía madrileña cumple cien años de historia y yo tengo entre las manos una novela que relata lo que ocurre durante cien días en el curso de un juego estremecedor. A Laura la conocí en los muros del Facebook, luego estuve en la presentación de _Score: 100 días —su debut literario— que se realizó en el Barrio de las Letras, de Madrid, con un éxito que para sí quisieran muchos autores ya consagrados en el Parnaso de las letras de esta ciudad, que crea y devora libros entre cámaras digitales y camareras posmodernas que acaban de hacer un Erasmus y saben lo difícil que lo van a tener en el futuro.

Charlamos un rato mientras pedimos un algo para tomar. Son las doce de la mañana y cuesta decidirse: demasiado tarde para un café, demasiado pronto para una cerveza, ¿un zumo, tal vez? No, que tienen mucho azúcar. Saco la grabadora y, como siempre, tardo unos minutos en conseguir que funcione, me prometo que algún día de estos leeré las instrucciones de uso. Hace algo de calor. El verano se echa encima. Laura me mira…

—¿Se puede disfrutar escribiendo una novela tan terrible como ésta? —tenía esta pregunta reservada para el final de la entrevista, pero algo me impulsa a hacerla ahora.

—Yo lo he hecho y te voy a explicar porqué. Me he divertido haciéndola aunque sea todo tétrico y feo, porque es una novela fea, no es una historia bonita; a lo mejor la palabra correcta es que he disfrutado porque yo con eso me he desahogado, es un poco de rabia interior también. No podría escribir una historia romántica.

—¿Cómo es eso de que proyectas la rabia tuya en la novela…?

—Escribí la novela sólo para mí, cuando escribo no pienso en nadie más. Solté todo lo malo, lo bueno me lo he guardado. Son experiencias personales, feas, que he tenido en mi vida y, bueno, he utilizado la escritura para volcarlas… a lo mejor no me daba por llorar, me daba por escribir, es una forma de terapia. Quizá yo he notado en algún momento de mi vida cómo me quemaba la garganta sin que me ocurriera, por supuesto, lo que le pasa a uno de los personajes de Score… Hay simbología, sí, pero la gente que no me conoce no va a pensar «pues mira esto significa, esto le pasó…». No me identifico con los personajes de la novela, es evidente que no he vivido las situaciones que describo, pero sí con muchas sensaciones que he experimentado.

—En el currículo que incluyes en el libro dices que eres «seguidora acérrima» de Quentin Tarantino, ¿no te parece que una declaración tan rotunda puede condicionar el desarrollo de la novela?

—Pensé en ponerlo o no, es cierto, incluso consulté con la editorial si les parecía una buena idea. Me he fijado mucho en Tarantino, en los guiones, en los diálogos, en esos movimientos en el tiempo que usa, que son geniales, pero pensamos que era una buena idea y no lo hicimos para atraer público, que lo puede parecer, pero es la verdad y, además, la cita puede ser mala para mí: alguien que lea la novela podría decir ¡pues no es para tanto…!


Me apunta a continuación que va muy poco al cine, que su afición es la lectura. Sonríe cuando le comento que, en mi opinión, sí se nota la influencia del director norteamericano en varios momentos de la trama de Score. Laura se fuma los libros, pero no es capaz de continuar más allá de las diez primeras páginas si la historia no le engancha: «Es posible que sea un error, que sea una mala lectora, pero si no me ha producido nada no puedo». Lo que comenta me recuerda a los lectores de las grandes editoriales, la diferencia es que ellos lo hacen por razones profesionales. «Yo escribí mi novela —prosigue— pretendiendo que las personas que la leyeran, que pensaba que iban a ser mi marido y mis padres, quedaran impresionadas desde el principio por la rabia que hay en sus páginas. Eso fue lo que busqué».

—Así pues tú has escrito una novela porque te apetecía, lo cual es formidable, pero ¿no te ha dado algo de miedo meterte con un tema que ya puede estar algo sobrepasado? —me surge aquí el recuerdo de El silencio de los corderos.

—No, no, ¿sabes qué pasa?, el tema no lo elegí, me salió… He hablado con gente que también escribe y me dicen que es curioso que yo no me marcara unas pautas. Yo tenía una idea vaga de la historia, sabía cómo quería empezar y terminar pero la «tripa» no la sabía, me iba surgiendo, no fue nada premeditado…

—¿Piensas entonces que para escribir una novela el autor debe tener en la cabeza un principio y un final…?

—No, es mi manera… no creo que sea necesario. Es como me ha salido, vaya. Yo siempre he escrito para desquitarme.

—Quisiera que ahora entráramos en temas que he ido apuntando —¡ah!, esta cabeza que tengo, le confieso—. Después de leer una buena parte de tu libro me ha dado la sensación de que estuvieras escribiendo para una generación determinada, el uso de palabras que tienen que ver con aparatos actuales o personajes que hablan como si estuvieran en un chat o en una red social puede dejar fuera a muchos lectores, ¿es deliberado este tono?

—¿Sabes qué pasa?, yo leí hace año o año y medio varios libros de Federico Moccia, me gustaron muchísimo y a lo mejor sí que le he robado un poquito la idea esa, porque en sus novelas me llamó mucho la atención de que a pesar que los protagonistas no eran de mi generación, eran de otra anterior, me sentí muy identificada. No es que Score vaya de veinte a cuarenta años, eso sí que no lo pensé porque no la quería enseñar a nadie, escribía, de forma coloquial, y, claro, una se siente cómoda con lo que conoce.

—Entrando en la trama de la novela, comienzas haciendo una destacada referencia al Síndrome de Asperger que luego, sin embargo, no tiene la relevancia que se podía esperar, ¿no temes que este recurso pueda despistar al lector?

—Pues no sé si lo despistaré, pero eso sí que fue intencionado total. Necesitaba una razón que justificara el comportamiento de la niña [Claudia], tenía que documentar su papel y a mí la psicología me gusta mucho. Elegí esta enfermedad porque la conozco —Laura dice también que la psicología es su profesión frustrada, pero que todavía «está a tiempo». Charlamos un rato sobre Salander, la mujer gótica que ideó Stieg Larsson en su trilogía Millennium, el detective Grissom, de la serie televisiva C.S.I. en Las Vegas y en Tim Burton, el director de cine: personajes y personas conocidos que padecen el síndrome.

—Las drogas tienen importancia en tu novela, citas muchos tipos de ellas, ¿cuánto te has documentado al respecto?

—Me he documentado mucho. Además la palabra viene genial porque me he visto todos los documentales que encontré en Internet; leí muchos libros y he hablado con mi psicóloga, que me trató hace varios años, y una amiga también especialista que estuvo destinada muchos años en la cárcel de Alcalá-Meco, a ella le contaban experiencias de verdad, de lo que sentían, del bajón, del subidón…

—En cuanto a los personajes, quisiera que me explicaras cómo Carmen, una mujer maltratada, puede buscar un segundo hijo con un hombre que es un sádico, recibiendo, además, un tratamiento de fertilidad tan inquietante como el que tú describes…

—Es un palo ardiendo para ella… Yo soy así, muy radical; con esto que dices he querido denunciar que ahora hay un montón de mujeres que están ahí… como sublevadas, no entiendo porqué todavía, es que estamos en el 2010… —Laura reflexiona durante un momento en voz alta— es un poco denuncia porque todavía hay gente así. Una amiga mía se está leyendo el libro y me ha dicho que no lo va a terminar porque no puede, se siente tan identificada que lo está pasando mal, como cuando te dicen lo que no quieres oír: «Madre mía —dice su amiga— esta mujer, no es un personaje bonito y yo me siento como ella…».

—Entonces, Carmen, el personaje, ¿es una sumisa?

—Totalmente.

—Hablo de una relación sadomasoquista…

—Sí, hasta ese punto, sí. No le queda otra. Disfruta con su objetivo que es tener otro hijo, ¿por qué?, no lo sabe nadie. Ella es ante todo madre, quiere lograr ese objetivo como sea y el precio no le importa, quiere un segundo hijo y le da igual de quién, cómo, por qué…

—Es una obsesión que la conduce hasta un terrible desenlace.

—Y a soportar lo que le echen —Laura responde de inmediato, sin titubear.

—Hablemos, si te parece, de otro personaje. Cuando leí la
historia de Matías, me pareció como si la trama se rompiera, es la de él una historia delirante: la relación con otras mujeres, el tratamiento que ha ideado utilizando una droga que se usa sólo para los animales, me pareció que a partir de ahí entraba en una segunda novela que se desarrolla en un plano irreal.

—Pues fue a propósito total. Yo lo que quiero es que se piense un poco, que no sea que pase y pase, que siga pasando el tiempo, y sigan las historias… no, yo quería meter ahí a los personajes con sus situaciones fuertes. Yo quería que Carmen tuviera un hijo con este hombre tan extraño, que al menos lo tuviera biológicamente, esa fue la manera de hacerlo. Con Carmen, como hablábamos antes, todo vale, ella paga un precio muy alto pero le da lo mismo, otra mujer, en su lugar, montaría la de dios.

—Tenemos la tendencia de buscar el protagonista en una historia, sin embargo me parece que en tu novela no hay ninguna persona que lo sea, es el propio juego que has creado.

—Yo no podría decir un personaje principal. Cada uno tiene su importancia en cada momento, eso es lo que deseaba hacer. No quería que la gente pensara en Score pensando en Máximo que es el sufridor, ni en Matías porque es el castigador, ni en Ruiz porque es el que hace toda la trama, no quería nada de eso, buscaba que les den la importancia justa en cada momento; todos los personajes la tienen, unos sin otros no son nadie, pero a lo mejor sí es cierto que remarco más las situaciones.

—Me llama la atención que ni Matías ni Ruiz tengan un pasado, son personajes de los que sólo sabemos lo que están haciendo.

—Eso tiene una explicación, Pedro. Es algo que aparecerá en la segunda parte de la novela, que ya estoy escribiendo. Como quiero esos giros de tiempo tan pronunciados, si los puedo hacer, con eso creo que los voy a conseguir. Score es realmente la segunda parte de una novela, y si la que estoy escribiendo ahora es precuela tiene que haber una última que es la tercera porque sino la historia no acabaría. La que estoy preparando ahora es justo el pasado de ellos, es dar explicación a lo que hacen…

—Entonces, ¿escribes por impulsos?, ¿haces una novela y mientras la escribes descubres que es una segunda parte de una trilogía?

—Sí, porque todo ha sido tan personal que no he seguido ninguna pauta, a lo mejor esto suena fatal, pero es verdad, no he querido seguir ninguna estructura no porque a lo mejor no haya querido, es mi manera. Y es así, no hay más aunque quisiera. Si ahora mismo me pusiera un horario para lo que estoy haciendo o un esquema yo no podría hacerlo Pedro, te lo digo ya sin haberlo intentado siquiera. Es que es muy personal, esta soy yo y la novela salió así, pero podría haberla hecho de otra manera —una firme convicción remarca estas últimas palabras de ella.

Ahora, en este momento de la entrevista, tengo que pedirles a ustedes, lectores, que me perdonen por no especificar el detalle de una situación que afecta a dos de los personajes y cuyo descubrimiento me pareció un momento muy destacado de la historia, un estupendo hallazgo de la autora. Laura me agradece que se lo diga. Si ustedes leen la novela quizá entiendan entonces a qué y quiénes me estoy refiriendo. A estas alturas de la conversación van empezando a salir detalles que «destriparían» la novela y ni yo ni ustedes queremos que eso ocurra…

—Voy a hacerte un giro… —Laura sonríe—, Bretón llamó a Sade el «Divino Marqués». El Marqués dijo: «La primera ley que me indica la naturaleza es deleitarme a costa de quien sea», en algunos momentos de tu novela me ha parecido encontrar una cierta influencia de él, ¿es así? —no crean que la frase que le solté a Laura me la sabía de memoria, la llevaba apuntada.

—No. No he leído a Sade, ¿podría pensarse en que existe una influencia?

—En mi opinión, sí —le contesto; tomen ustedes este momento de la entrevista como les parezca mejor, a mí me da por recordar, salvando las necesarias distancias, el relato Pierre Menard, autor del Quijote—, pero esta primera pregunta tiene correlación con una segunda, que es que en tu historia no aparecen impulsos sexuales.

—Sí… hay un montón de tensión sexual pero no quería que fuera explícita. No sé, soy consciente de que la hay pero no se me ocurrió desarrollarla, hay muchos momentos en que me dije ¡uy!, aquí va a pasar lo que va a pasar pero no quería entrar en eso, no por nada especial… de hecho hay dos momentos asquerosos con el personaje de Carmen, pero no entran mucho en detalle, no sé… creo que ellos [los personajes] no sienten la sexualidad —pruebo un aperitivo que acaban de traer; reflexiono sobre el drama que puede provocar la pérdida de una sensación…

—El tabaco sobrevuela en momentos muy escogidos en la historia —entro en otro terreno—, bien resueltos por tu parte, la nicotina planea en cada rincón de esas páginas pero lo planteas desde una perspectiva que denota un sentimiento de culpabilidad por el hecho de fumar ¿las actuales generaciones se sienten mal por fumar?

—Es también un poco denuncia, mira la que te habla —señala el cigarrillo que acaba de encender—, es que soy un poco bestia en este aspecto, bueno, en mi vida particular también lo soy: decido todo a muerte y creo que tengo la razón; lo del tabaco quería ponerlo en tres momentos claves, escogidos, para esa necesidad y ese vicio que tenemos todos los que fumamos, pero a la vez las ganas de dejarlo y no poder, no tener esa fuerza de voluntad como para hacerlo. Fíjate cuando [Verónica] le pide un cigarro a un chaval en la calle… coño, a una cierta edad te da hasta vergüenza, prefieres no fumar y esperar a llegar adonde sea para conseguir tu tabaco. Lo que quería contar es «fíjate el vicio que tiene, que le da igual la vergüenza, le da igual todo, se lo fuma como si fuera el último cigarro de su vida» —en ocasiones, Laura habla a alguien que no está presente, quizá se dirija a ese «prototipo» de lector que nos imaginamos a veces los que escribimos.

—Hablando de recursos, tú utilizas frases muy cortas, en varios momentos he tenido la impresión de estar viendo un videoclip…

—Eso me lo ha dicho mucha gente. Además es muy curioso, les di el libro a unos amigos antes de llevarlo a la editorial porque me hacia ilusión que me contaran, todo lo objetivos que pudieran ser, su opinión al respecto de Score y muchos me dijeron: «Me estoy imaginando la película». Es curioso porque habrás visto que no describo físicamente a nadie y hablando con esta gente sobre los personajes decíamos que quién interpretaría a este o a aquel, y es que coincidíamos lo que me da una satisfacción porque lo que cuento sobre lo que hacen o dejan de hacer Matías o Ruiz les da una forma física, lo cual es algo superimportante para mí.

Suena una sirena en la Gran Vía. Me doy cuenta de que en la cafetería el público es ahora distinto o consume cosas diferentes. Es la hora del aperitivo, también la del momento de comenzar a despedir la entrevista.

—Saliéndonos de la novela, ¿cómo ves el panorama de los escritores que empiezan?

—Muy difícil. Pero yo me estoy encontrando que soy superafortunada. No sé si esto se quedará aquí, pero si fuera así yo ya tengo mi felicidad porque nunca pensé que alguien se interesaría por lo que escribo, que les guste o no lo que leen, pero que les despierte algún interés eso es muy importante, tú lo sabes. Estoy alucinando, no por la aceptación del libro, todavía tengo pocas opiniones, sino porque estoy encontrando a gente que me apoya más a mí que al proyecto, gente que no me conoce les llama, o les llamo, la atención, quizá no les cuadra el tema de la novela con mi físico, o a lo mejor es que como él no es duro ni agresivo, es un físico corriente… Que te apoyen es muy importante en estos tiempos en que nadie da nada por nadie —suena el móvil de Laura y le dice al interlocutor que le llamará luego…

—Dime un escritor —le pregunto cuando cuelga; da un poco de corte utilizar una cuestión tan manida, pero sigo pensando que a la mayoría nos interesa saber cuál es el autor preferido de los que escriben.

—Stephen King y Ken Follet —lo suelta sin pensárselo dos veces, con espontaneidad digna de admirar, sin temor a que su opinión le pueda bajar puntos a los ojos de algún posible lector de esta entrevista: muchos en su lugar hubieran buscado el nombre de algún escritor con más pedigrí literario.

—Si te propusieran hacer una película con Score, ¿te gustaría?

—Me encantaría.

—¿Tú crees que la literatura puede cambiar el mundo?

—¡Hombre!, sí, y espero que lo haga algún día…

Laura Muñoz. Sencilla y sincera. Durante esta conversación me he acostumbrado a su forma rápida de hablar, yo que aspiro a hablar todo lo despacio que pueda. Cuestión de temperamentos, o tal vez de edad. Le propongo que hagamos unas fotos con su novela en las manos y acepta encantada. De fondo tiene una cabina de teléfono y el primer rascacielos que se construyó en Madrid; hay un quiosco de periódicos que exhibe la publicidad de una obra sobre Edit Piaf, se me ocurre utilizar el cartel como decorado para una de las fotografías y la hacemos al cabo de unos minutos.

—Me encanta Edit Piaf —dice Laura.

El sol aprieta y caminamos calle Montera abajo. Los iris de Laura vuelven a cambiar de color. Son las tres de la tarde y algunos viandantes buscan las sombras para cobijarse. Nadie podría imaginarse que venimos de hablar sobre un trágico juego que duró 100 días, escrito de la mejor manera posible: como se quiso hacer. Y punto.

Entrevista por Pedo M. Martínez

lunes, 12 de julio de 2010

El hombre de la ventana


Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital.
A uno se le permitía sentarse en una cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el liquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación.El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba.

Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, donde habían estado de vacaciones. Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.

El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior. La ventana daba a un parque con un precioso lago, patos y cisnes jugaban en el agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas.

Los jóvenes enamorados paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de la línea de la ciudad.

Según el hombre de la ventana describía esto con detalle exquisito, el del otro lado de la habitación (el que estaba acostado) cerraba los ojos e imaginaba la edilicia escena.

Una tarde calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando.
Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía verlo, con los ojos de su mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas palabras.

Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana que había muerto plácidamente mientras dormía.

Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes del hospital para llevarse el cuerpo.

Tan pronto como lo consideró apropiado, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana.

La enfermera le cambió encantada y tras asegurarse de que él estaba cómodo, salió de la habitación.

Lentamente y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo para lanzar la primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo él mismo. Se esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se encontró con una pared blanca.

SORPRENDIDO...
El hombre pregunto a la enfermera qué podría haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana.
La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared, y le indicó:

- Quizás quería animarle a usted.

Epílogo: Es una tremenda felicidad el hacer felices a los demás, sea cual sea su situación. El dolor compartido es la mitad de pena, pero la felicidad, cuando se comparte es doble.
Si quiere sentirse rico, solo cuente todas las cosas que tiene y que el dinero no puede comprar.



"Hoy es un regalo, por eso se le llama el presente".