Poesía de Rosario Castellanos
Poema en audio: Diálogos con los hombres más honrados de Rosario Castellanos por Rosario Castellanos
sábado, 10 de septiembre de 2011
jueves, 18 de agosto de 2011
FRAGMENTARIO
El Héroe
¿Cómo hubiera sido la guerra de Troya contada desde el punto de vista de un soldado anónimo? ¿Un griego de a pie, ignorado por los dioses y deseado no más que por los buitres que sobrevuelan las batallas? ¿Un campesino metido a guerrero, cantado por nadie, por nadie esculpido? ¿Un hombre cualquiera, obligado a matar y sin el menor interés de morir por los ojos de Helena?
¿Habría presentido ese soldado lo que Eurípides confirmó después? ¿Que Helena nunca estuvo en Troya, que sólo su sombra estuvo allí? ¿Que diez años de matanzas ocurrieron por una túnica vacía?
Y si ese soldado sobrevivió, ¿qué recordó?
Quién sabe.
Quizás el olor. El olor del dolor, y simplemente eso.
Tres mil años después de la caída de Troya, los corresponsales de guerra Robert Fisk y Fran Sevilla nos cuentan que las guerras huelen. Ellos han estado en varias, las han sufrido por dentro, y conocen ese olor de podredumbre, caliente, dulce, pegajoso, que se te mete por todos los poros y se te instala en el cuerpo.
Es una náusea que jamás te abandonará.
Eduardo Galeano. Espejos. Una historia casi universal.
lunes, 8 de agosto de 2011
México: un gobierno de locos y camanduleros
Francisco RIVAS LINARES
“Pobre México, tan lejos de Dios,
tan cerca de los Estado Unidos”
Porfirio Díaz
Cuando la demencia se instala en el poder, sólo podemos esperar acciones demenciales. Esa es nuestra pena, la de todos los mexicanos: tener un gobierno de orates que sólo pugnan por afianzar sus espacios tiránicos, entre pilas de cadáveres, fosas clandestinas, desmembrados, degollados y mutilados por todo el territorio nacional.
La plutocracia fortalecida se ha cebado en la pobreza de millones de obreros, campesinos, indígenas y trabajadores. Ya instalados en la soberbia de sus riquezas, los consorcios vigilan desde las atalayas sembradas estratégicamente para vigilar la sumisión de los rebaños.
De este modo, entre locos y plutócratas transcurre el devenir de la patria. Un devenir que se sustenta en el gatopardismo del cambiar todo para que nada cambie. Por eso los políticos cambian de chaqueta según otean los vientos del poder. Quienes hoy se declaran izquierdistas, mañana lo serán de la derecha; más luego, abrumados por su propio espanto declarativo, optan por la ambigüedad y se declaran centristas.
Su perfil ideológico se define por las circunstancias, siempre a la cargada para honrar la expresión célebre del viejo cacique sindical del siglo pasado, Fidel Velázquez, que decía: Vivir fuera del presupuesto es vivir en el error.
El congreso de los dormidos que se adjetiva como honorable, legisla a punta de levantamanos. Ocupan las curules y los escaños para consumir existencias innobles, en tanto que el gringofílico del ejecutivo abre las puertas de la frontera para obsequiar nuestra soberanía a los marines industriosos.
Felipe Calderón, el presidente de los 50 mil muertos (hasta ahora), no ha podido superar el déficit de legitimidad con que llegó a la Silla. En diciembre de 2006, a escasos días de usurpar el poder, a tontas-locas declaró una guerra (su guerra) a los cárteles de las drogas. Sacó al ejército de los cuarteles para ponerlos en funciones de policías y dio por inaugurado el gran panteón nacional.
Apostando a la violencia por la violencia, desestimó los compromisos sociales que tiene todo gobierno demócrata: la educación, el empleo, la salud, la seguridad social en fin. Y militarizó el país, en tanto la delincuencia organizada proliferaba como cabeza de hidra.
En su impotencia invocó a Washington. Pidió presupuestos para el Plan Mérida. Llegó el festín de las siglas: FBI, DEA, CIA y ATF. Y en un noticiero de la cadena CBS, paisajeando la alta tecnología del Centro de Mando Nacional de la Policía Federal y aludiendo a la serie dramática de espionaje 24 de la cadena Fox, declaró ufano: Yo quería todos los juguetes necesarios para ser superiores a los criminales.
Y sí, le han dado dinero y juguetes para su guerra, dejándole al pueblo como cuota los “daños colaterales”. Huérfanos y viudas transitan como zombies con sus plañidos demandantes de justicia.
Ahora se sabe de la presencia de militares estadounidenses en activo y una base militar instalada en el norte del territorio nacional. Las locuras navegan entre mentiras deliberadas. Las locuras se instalan entre los Power Ranger.
viernes, 1 de julio de 2011
Jorge Semprun y la memoria del mal.

Jorge Semprún murió en París el 7 de junio. Un año antes se despidió del mundo y de la historia con el discurso leído en Buchenwald para conmemorar los 65 años transcurridos desde que el campo de muerte fue liberado por sus propios internos y por las tropas del general Patton.
“Ni resignado a morir ni angustiado por la muerte sino furioso, extraordinariamente irritado por la idea de que pronto ya no estaré aquí”, Semprún, quien en 1945 tenía 22 años, lamentó la desaparición cronológica de los sobrevivientes que sufrieron en carne propia la experiencia concentracionaria.
Sin embargo, confió en que la memoria del exterminio queda en manos de los niños que, ya en plena derrota del nazismo, fueron llevados de Polonia a Buchenwald ante el avance incontenible del ejército rojo. Dos de esos niños, Eli Weisel e Imre Kertész, llegarían a obtener con sus testimonios el Premio Nobel.
El dominio de la lengua
En 1988 Felipe González nombra a Semprún ministro de cultura. Le asignan un apartamento que está en el barrio del Retiro en la calle Alfonso XI. Enfrente aún se levanta la casa en que nació a fines de 1923. De ella salió en julio de 1936 a pasar el verano en Lequeitio, en el país vasco. Allí le tocó vivir el cuartelazo de Franco.
Su padre, José María de Semprún, fue ensayista, poeta, profesor de jurisprudencia y católico republicano, fundador con José Bergamín de la revista Cruz y Raya. Diplomático, ministro de la república en el exilio, Semprún padre se relacionó con los intelectuales franceses de la revista Esprit que ayudaron a que él y sus hijos sobrevivieran en el destierro.
Su madre, Susana Maura, murió cuando Jorge Semprún tenía nueve años. Era hija del gran político conservador Antonio Maura, varias veces jefe de gobierno de Alfonso XIII. Parte de los privilegios familiares fue contar con institutrices. Una de ellas, Anette, les enseñó alemán a los niños Semprún Maura. Al poco tiempo se convirtió en su madrastra. En una vida llena de paradojas Semprún debió a esta mujer, a quien detestaba, el dominio de una lengua a la que en gran parte se puede atribuir su sobrevivencia en el campo de exterminio. Cultura y barbarie: Buchenwald fue erigido frente a Weimar, la capital de la admirable literatura alemana, la ciudad de Bach y Goethe. En los campos que después fueron de muerte, Goethe conversó con Schiller y más tarde con Eckermann, el inventor de la entrevista literaria.
En Adios, luz de veranos… (1998) Semprún describió el París de 1939 y su descubrimiento de la cultura francesa. Llegaba de dos años en Bélgica donde había estudiado en una escuela neerlandesa. Para tener a cabalidad la experiencia europea a Semprún le hacía falta saber qué se siente ser refugiado. Era parte de los vencidos, de los rojos que entraban masivamente en Francia y despertaban la xenofobia generalizada. Una panadera a la que pide un croissant se burla de su acento. Semprún se vengará de ese desprecio, esa crueldad gratuita, y se convertirá en uno de los grandes prosistas de esa lengua. Descubre lo que se puede hacer con ella en los libros de André Malraux y en Paludes, un texto hoy poco leído de André Gide.
El olor y el tormento
Estudiante de filosofía en la Sorbona, se inscribe en el Partido Comunista y es miembro de la Resistencia. Capturado por la Gestapo es sometido a tortura. Hay dos cosas que jamás podrá olvidar: el olor a carne quemada de los hornos crematorios y la sensación del tormento que los inquisidores llamaron “la toca”. En México se designa como “el submarino” y se ha vuelto a practicar en Guantánamo: la inmersión total en agua hasta que la víctima siente estallar todo su sistema respiratorio.
Pasarán muchos años antes de que Semprún pueda enfrentarse a sus memorias del horror. En 1963, a los casi 20 años de su salida de Buchenwald, aparece su primera novela, El largo viaje, que describe la vivencia purgatorial (el infierno viene después) del recorrido en tren hacia el campo. En él dos veces se salva de la muerte. La primera cuando lo inscriben como “estucador”, en vez de “estudiante”. Los SS, que regían la “Solución final”, mataban a su llegada a todos los que consideraban intelectuales. La segunda, cuando la Gestapo pide información sobre el prisionero matrícula 44.904 y los comunistas infiltrados en la administración de Buchenwald ocultan al joven español tras la identidad de otro preso muerto. Todo esto se encuentra narrado en Viviré con su nombre, moriré con el mío (2001).
Buchenwald después
La organización clandestina antifascista del campo logró que Semprún trabajara en labores administrativas. Se libró del exterminio y aun en sus precarias condiciones de vida (alimentación casi inexistente, el compartir su litera con otro joven interno, las espantosas condiciones higiénicas) la pasó menos mal que la inmensa mayoría de los prisioneros.
El hecho de salir vivo de Buchenwald provocó una feroz corriente difamatoria encabezada por su propio hermano. Semprún no pudo haber sido colaboracionista sin que lo impugnaran los demás sobrevivientes del lager. No se conciben discursos como el de 2010 o el de años atrás en el Teatro Nacional de Weimar sin que las otras víctimas de Buchenwald se hubieran levantado a increparlo. Imposible salvarse de la furia anticolaboracionista francesa ni de la depuración antinazi alemana. Con todo, el odio de la derecha española llegó al grado de escribir en los titulares de los periódicos “un kapo nazi, ministro de cultura español.”
No ha habido en la historia una derrota comparable a la catástrofe hitleriana. Cuando los orgullosos ejércitos que en 1940 se habían adueñado de Europa fueron deshechos por la doble ofensiva soviética y aliada, los jerarcas nazis buscaron la paz por separado, abandonaron a Hitler casi moribundo en su búnker y las ciudades alemanas quedaron destruidas por bombardeos no menos salvajes que los de la Luftwaffe. Entonces los prisioneros de Buchenwald se levantaron contra sus verdugos y los despojaron de su última arma: el panzerfaust, es decir el cañón individual antitanque que en los demás idiomas se llama bazuka. Uno de los que se sublevaron en Buchenwald y avanzaron sobre Weimar armados de bazukas fue Jorge Semprún.
Para siempre el mañana
El principio de esperanza que rige nuestras vidas dicta que tras el infierno no puede haber otro infierno. La victoria total sobre el nazismo era el alba de un nuevo día, la promesa de un mundo en que aquellos horrores nunca iban a repetirse y todo estaría bajo el dominio de las aspiraciones que sintetizó la revolución francesa: libertad, igualdad, fraternidad.
Semprún se entregó en cuerpo y alma a la causa que incluía la veneración sin límites al Padre de los Pueblos. Stalinista fervoroso, pasó por alto la tragedia de que los sobrevivientes rusos de los campos fueran por ese hecho mismo internados en el Gulag. El presente sombrío no bastaba a ocultar que la URSS era el mañana radiante, la aurora de los pueblos. La creencia general de la época la sintetizó más tarde un muy querido y admirado escritor hispanoamericano: “Los países capitalistas cometen crímenes; los países socialistas sólo tienen accidentes de viaje.” Ser de izquierda significaba callar en aras del mañana ante todo lo que parecía y estaba mal. La consigna interiorizada resultaba: “No se puede dar armas al enemigo.” La lucidez doliente de José Revueltas respondió tras padecer también su calvario stalinista: “Quien da armas al enemigo es el que comete las atrocidades, no el que protesta contra ellas.”
Desde su base en París, llegó a ser un alto dirigente del Partido Comunista español. Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y Santiago Carrillo confiaron en él al punto de encargarle la coordinación de la lucha antifranquista en España. Con el seudónimo de Federico Sánchez y varios otros, Semprún vivió la zozobra de la clandestinidad. Minuto a minuto estuvo en peligro de muerte como demuestra el hecho de que Julián Grimau, quien lo sustituyó en esa responsabilidad, al caer prisionero en 1963, fue de inmediato fusilado por Franco.
La crónica íntima y pública de estos años se explaya en la Autobiografía de Federico Sánchez (1977), la novela sin ficción que encuentra su continuidad en Federico Sánchez se despide de ustedes (1993) y en muchas otras obras, incluso en novelas como La montaña blanca (1986) y Veinte años y un día (1993) en que Semprún, en tanto Federico Sánchez, es una presencia espectral que nunca llega a corporizarse.
Nunca más y ¡otra vez!
De esta inmensa obra memorialística y autobiográfica que recorre casi todo el siglo XX, la pieza central es La escritura o la vida (1995). Semprún escribe cuanto había olvidado o querido olvidar hasta aquel momento. Enseguida se da cuenta de que ese día, 11 de abril es el aniversario de la liberación de Buchenwald y, lo sabrá la mañana siguiente, la fecha en que Primo Levi se ha suicidado, muchos años después de haber salido de Auschwitz.
Por las víctimas silenciadas, por Levi y por otros suicidas como Walter Benjamin y Paul Celan, Semprún siente la obligación de escribir este libro sin el cual no podremos entender lo que sucedió durante esos años en Europa y en el mundo.
La vastedad e importancia de esta obra exige cuando menos una segunda nota. No se trata de juzgar ni definir sino de atraer más lectores hacia los libros de Semprún. Él negó la idea según la cual es imposible escribir después del Holocausto. Lo que perturba es la certeza de que lo que creímos iba a ser el “nunca más” se ha convertido y sigue transformándose en el “¡otra vez!”.
Este año mismo la imagen de los niños gitanos deportados de Francia devuelve a las fotos de los niños judíos que los nazis concentraron en el Velódromo de Invierno en París y de allí embarcaron en trenes de ganado con destino a las cámaras y los hornos de Auschwitz. Creímos por una parte que esos horrores estaban en el pasado y, por otra, que su lejanía nunca iba a alcanzarnos. En el México de las narcofosas, la fiesta de las balas y las decapitaciones parece más necesario que nunca leer a Jorge Semprún.
Tomado del Semanario Proceso. 26 de junio de 2011
miércoles, 29 de junio de 2011
Cuando yo me vaya

Cuando yo me vaya, no quiero que llores,
quédate en silencio, sin decir palabras,
y vive recuerdos, reconforta el alma.
Cuando yo me duerma, respeta mi sueño,
por algo me duermo; por algo me he ido.
Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada,
y casi en el aire, con paso muy fino,
búscame en mi casa,
búscame en mis libros,
búscame en mis cartas,
y entre los papeles que he escrito apurado.
Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco
y puedes usar todos mis zapatos.
Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama,
y cuando haga frío, ponte mis bufandas.
Te puedes comer todo el chocolate
y beberte el vino que dejé guardado.
Escucha ese tema que a mí me gustaba,
usa mi perfume y riega mis plantas.
Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima,
corre hacia el espacio, libera tu alma,
palpa la poesía, la música, el canto
y deja que el viento juegue con tu cara.
Besa bien la tierra, toma toda el agua
y aprende el idioma vivo de los pájaros.
Si me extrañas mucho, disimula el acto,
búscame en los niños, el café, la radio
y en el sitio ése donde me ocultaba.
No pronuncies nunca la palabra muerte.
A veces es más triste vivir olvidado
que morir mil veces y ser recordado.
Cuando yo me duerma,
no me lleves flores a una tumba amarga,
grita con la fuerza de toda tu entraña
que el mundo está vivo y sigue su marcha.
La llama encendida no se va a apagar
por el simple hecho de que no esté más.
Los hombres que “viven” no se mueren nunca,
se duermen de a ratos, de a ratos pequeños,
y el sueño infinito es sólo una excusa.
Cuando yo me vaya, extiende tu mano,
y estarás conmigo sellada en contacto,
y aunque no me veas,
y aunque no me palpes,
sabrás que por siempre estaré a tu lado.
Entonces, un día, sonriente y vibrante,
sabrás que volví para no marcharme.
( Carlos Alberto Boaglio)
lunes, 20 de junio de 2011
Faenas de aliño

(Tomado del blog "El pez más viejo del río")
Es sabido que Miguel Hernández trabajó a las órdenes de José María de Cossío redactando fichas biográficas de toreros con destino final en la enciclopedia LOS TOROS: tratado técnico e histórico. El propio Cossío en su Carta a Luis Ponce de León titulada “Miguel, en la memoria” (La Estafeta Literaria, n. 365, 25 Marzo 1967, p. 15) lo confesaba: “Tuve la fortuna de tenerle a mi lado en la editorial Espasa-Calpe, y en mi libro Los toros, especialmente en el tomo de biografías de toreros...y yo sabría señalar muy bien las biografías de alguna importancia que él escribió...”. Pero no lo hizo, o era más verdad que no lo recordaba. Aún así, en una entrevista con Juan Cano Ballesta (realizada en julio de 1969, en La Casona de Tudanca) afirmó la plena libertad de la que dispuso el oriolano para redactar aquellas biografías, llegando a identificar la del torero Tragabuches como realizada por Miguel Hernández, por esa tendencia del poeta “a dar formas más vivas, dramáticas y novelescas a la narración”. Algo más supimos, también en 1969, cuando Manuel Molina, en aquel hermoso libro suyo que merece reeditarse (Miguel Hernández y sus amigos de Orihuela), de la malagueña factoría de Ángel Caffrarena para las Publicaciones de la Librería Anticuaria El Guadalhorce, daba a conocer por vez primera dos cartas de Miguel a su amigo Carlos Fenoll, escritas a comienzos del verano de 1936. En una de ellas le dice: “Te mando esa fotografía de Lagartijo y te mandaré algunas de diestros famosos...Ayer he hecho la biografía de Antonio Reverte, un tipo soberbio. La de Espartero, también la tengo hecha. Cuando me toca hacer la historia de un torero de esta clase gozo mucho, porque veo en ellos un corazón como catedrales...”. El ya citado Cano Ballesta decidió publicar la biografía de Tragabuches en el libro hernandiano “Poesía y prosa de guerra y otros textos olvidados”, que realizó junto a Robert Marrast (Ayuso, 1977), argumentando que sólo creyó necesario incluir una muestra, según él la más representativa. Así lo hizo de nuevo, en octubre de 1985, para el número 4 (22 de octubre) de aquella magnífica revista de literatura y toros QUITES entre sol y sombra, que dirigieron en Valencia, Tomás March, Salvador Domínguez, Carlos Marzal y Antonio Doménech. En definitiva, y siguiendo este criterio, la edición de las Obras Completas del oriolano acabarían recogiendo tan sólo esta biografía, como una muestra de su labor biográfico-taurina.
En su correspondencia hay varias referencias que no dejan duda de que Miguel Hernández acabó ciertamente harto de aquellos “monótonos y cornudos asuntos”. Así, a Carmen Conde le confesaba “me angustia seguir haciendo biografías de toreros sin importancia”, y a Juan Guerrero Ruiz, “no puedo soportar más estar días encerrado entre cuatro paredes y agotando mi mano y mi cabeza en cosas que no quiero”. De todos modos, de algo había que malvivir, y como ¡más cornás da el hambre!, aquellos “cuarenta duros” que recibía por su trabajo no sirvieron para ilusionar demasiado a alguien que, establecido ya en la villa y república, tan sólo pretendía triunfar como poeta. Tampoco sería tan ciclópea la empresa como la pintaba en carta con membrete de Espasa-Calpe y desde Ríos Rosas, 26 a su Josefina Manresa: “Me dices en tu primera carta que quieres que te diga qué clase de trabajo es el que hago y es tan complicado decírtelo que no se entenderás cuando te lo diga. Mira estoy haciendo con otro amigo mío muy rico una Enciclopedia taurina, o sea: escribir la vida de todos los toreros que hay y que ha habido ; una faena que me tendrá ocupado muchos años”. Es cierto que, literariamente no fueron más que faenas de aliño, tan parecidas a las que se ve obligado a realizar el diestro cuando la fiera no acompaña, no quedando más remedio que dar dos pases de compromiso y reclamar que salgan las mulillas de inmediato. De todos modos, no dejamos de preguntarnos por cuántos textos de su época de guerra, no menos acertados y realizados igualmente por compromiso como estos, sí fueron recogidos y editados, porqué no recoger, al menos, aquellas biografías de las que el poeta afirmó haber realizado (las páginas que anotamos se corresponden con la edición del tomo III de la enciclopedia Los toros, Madrid, 1945):
José Ulloa, Tragabuches (p. 962-964)
Antonio Reverte Jiménez (p. 770-774)
Manuel García y Cuesta, Espartero (p. 337-343)
Rafael Molina Sánchez, Lagartijo (p. 610-619)
Francisco Martínez Marín, en su biografía de Miguel Hernández añadía (por habérselo referido un aficionado local) que también podía ser suya la ficha de Enrique Vargas González, Minuto (p. 972-975), quien por cierto inauguró el 31 de agosto de 1907 la Plaza de Toros de Orihuela, junto a Lagartijillo Chico y Bienvenida. Y, puestos a fabular, ¿acaso no fuera suya la biografía de Ignacio Sánchez Mejías (p. 875-881) ante cuya muerte el oriolano dejara escrito su poema “Citación- fatal”, que intentó, sin éxito, publicar en el ABC.? ¡Hoy, quién lo sabe!
sábado, 28 de mayo de 2011
Los escritores y sus temas

A lo largo de todo el siglo XX, uno de los temas predilectos de los escritores fue el análisis de la relación entre el artista y la sociedad y, más concretamente, hasta qué punto éste debe comprometerse con los problemas de aquélla o permanecer al margen, encerrado en su creación.
Del lado del compromiso –a veces, incluso político- estuvieron autores como Bertold Brecht, Franz kafka o, posteriormente, Jean Paul Sartre. En cambio, entre los “encastillados en su torre de marfil” –en acertada frase de un crítico-, quizá uno de los mejores ejemplos sea Juan Ramón Jiménez.
No obstante, también hubo escritores que, sin decantarse por una u otra tendencia, se mantienen al margen, instalados en un cierto escepticismo. Entre éstos se encontraba el germano Thomas Mann (Lübeck, 1875-1955), cuya obra, sin embargo, también muestra una visión de la sociedad moderna que resulta casi siempre trágica. Pero su punto de vista distanciado e irónico le sitúa en un plano superior.
Mann se vio influido por tres personalidades de la cultura alemana: Wagner en la música y Schopenhauer y Nietzsche en la filosofía. Sin embargo, sería el segundo de ellos quién mayor poso intelectual dejó en él, pues con los otros dos mantuvo una relación cuando menos curiosa.
Estaba en desacuerdo con la mayoría de las tesis del autor de El Superhombre y, en cuanto a Wagner, despreciaba su personalidad tanto como le fascinaba su música. Pero, en cualquier caso, su obra refleja el influjo de ambos.
Dos novelas han otorgado fama universal a Mann: La montaña mágica, una de las cimas de la narrativa del siglo XX, y La muerte en Venecia, que expone la degradación moral de un hombre maduro que se enamora de un adolescente.
Sin embargo, el autor germano también escribió relatos breves. Uno de los más conocidos es Tobías Mindernickel, reflexión sobre la crueldad humana. El protagonista es un hombre solitario aquejado de un fuerte complejo de inferioridad. Todos se ríen de él y ello genera un desequilibrio en su personalidad que hace que, cuando compra un perro, descargue en el pobre animal sus arrebatos de ira.
Esaú –así bautiza a su mascota- es su única compañía y, sin embargo, Tobías venga en él todo el desprecio que le brindan los demás. La inferioridad que siente lo ha convertido en una personalidad bipolar que, tan pronto muestra ternura como una absoluta crueldad.
Se trata, en suma, de un certero análisis acerca de esta vertiente del ser humano: muestra como los años de sometimiento a continuadas burlas y desprecio pueden llevar a una persona a desarrollar la misma crueldad que le aplican a él: comportarse de modo perverso, precisamente, con la única criatura que lo acepta y acompaña.
Fuente: Kirjasto
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