martes, 25 de marzo de 2014

Más allá de las fechas, más acá de los Hombres*




Francisco RIVAS LINARES

 

Con diferentes actividades literarias se conmemora el centenario del natalicio de una de nuestras figuras más influyentes en el ámbito de las letras: Octavio Paz.

El 31 de marzo de 1914 vio la luz primera en la ciudad de México quien fuera considerado por Lloyd Mallan como uno de los poetas pertenecientes a la generación creadora, no solo de nuevas formas lingüísticas, sino incluso de imágenes y sonidos.

Junto con Efraín Huerta, Neftalí Beltrán y Alberto Quintero, comenzó a difundir sus párvulas obra en las revistas “Barandal”, “Cuadernos del Valle de México” y “Taller Poético”, antecedentes inmediatos de la revista “Taller” que fue publicada en el periodo de 1938-41 y misma que les diera nombre a este notable grupo.

“La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo. La actividad poética es revolucionaria por naturaleza, ejercicio espiritual; es un método de liberación interior.” Así inicia su obra relevante publicada en 1956,  “El Arco y la Lira”, puntualizando su autor el compromiso ineludible del poeta: despertar la efervescencia interior del Hombre libre, crear conciencia (que no manipular) de su realidad circundante. El concepto es coincidente con lo que expresa el chileno Pablo Neruda, quien aseguró que toda poesía es realista y en tal cualidad subyace la tendencia transformadora de las sociedades.

Paz fue testigo y partícipe de la Guerra Civil en España. En comunión con el español Vicente Aleixandre y Pablo Neruda, se indignaron ante la derrota de la República Española cuyos defensores se vieron obligados al éxodo. Así lo expresa:


“Van los hombres partidos por la guerra,

empujados de sus tierras a otras,

hombres que sólo llevan ya la muerte,

su diminuta muerte,

vagos semblantes sementeras,

deslavadas colinas y descuajados árboles.

La guerra los avienta,

campesinos de voces de naranja,

pechos de piedra, arroyos, torrenteras,

viejos hermosos como el silencio de altas torres,

torres aún en pie,

indefensa ternura hundida en las bodegas.”

 
La trivialidad no aplica en la obra de Octavio Paz y esto es lo que –posiblemente- lo haga difícil de entender y sea adjetivado como un poeta verdaderamente amargo. No obstante, la comunicación que establece con sus lectores está revestida de cierto dinamismo por los temas obsesivos que en ella se advierten: la soledad y la muerte:

 
“Entre mis huesos delirantes, arde;

arde dentro del aire hueco,

horno invisible y puro;

arde como arde el tiempo,

como camina el tiempo entre la muerte,

con sus mismas pisadas y su aliento;

arde como la soledad que te devora,

arde en ti mismo, ardor sin llama,

soledad sin imagen, sed sin labios.

Para acabar con todo,

oh mundo seco,

para acabar con todo.”

Pero su grito no sólo constituye una rebeldía ante el binomio soledad-muerte, sino también ante la pequeñez del hombre, aceptación  frente una naturaleza que le devora…“¿Dónde está el hombre, el que da vida a las piedras de los muertos, el que hace hablar piedras y muertos?”

Octavio Paz es un auténtico poeta revolucionario tanto en lo político como en su producción literaria. La palabra en sus versos adquiere flexibilidad y lleva al idioma hacia cimas elevadas. Su rechazo al tradicionalismo cultural, expresivo, en que se encontraban inmersos sus antecesores, le hizo adoptar formas nuevas y contenidos auténticos para estructurar lo verdaderamente mexicano. Por esta razón  Emir Rodríguez Monegal afirma que la muerte, tema tan nuestro, “… atraviesa como un hilo oscuro la compleja trama de la obra entera de Octavio Paz.”

Esto no debe implicar una aseveración irrefutable al asegurar el tema de la muerte como  leit motiv, pues sería tanto como negar los motivos varios que se aprecian en sus poemas y mismos que surgen como cuestionadores del “yo” real.

“Piedra del sol”, poema escrito en el año de 1957 es un himno al planeta Venus, revestido de un simbolismo exuberante. Consta de 584 versos endecasílabos, uno por cada día de la revolución del planeta. Se advierte una doble textura: la visión y la memoria:

“madrid, 1937

en la Plaza del Ángel las mujeres

cosían y cantaban con sus hijos,

después sonó la alarma y hubo gritos,

casas arrodilladas en el polvo,

torres hendidas, frentes escupidas

y el huracán de los motores, fijo:

los dos se desnudaron y se armaron

por defender nuestra porción eterna,

nuestra ración de tiempo y paraíso…”


La forma circular del poema lo hace excepcional y extraño, pues sin tener la mayúscula inicial ni el punto final, termina como principió:

“un sauce de cristal, un chopo de agua,

un alto surtidor que el viento arquea,

un árbol ,bien plantado más danzante,

un caminar de río que se curva,

avanza, retrocede, da un rodeo

y llega siempre:”

A partir de la década de los cincuenta, junto al Paz poeta crece el Paz ensayista, y se presiente su desesperación por descubrir y explicarse la historia de su patria: “El Laberinto de la Soledad” y “Posdata” son los más representativos. Ya en otra entrega comentaré sobre ambas obras.


*Tomo el título con que se identificó el homenaje rendido a Octavio Paz en 1984

domingo, 16 de marzo de 2014

Breve glosario del Haiga al Muerto vivo




Publicado en: sinembargo.com
 

Los mexicanos tenemos una peculiaridad innegable: ah cómo nos gusta hablar; nos vamos de la boca a la menor provocación. Hablamos como descosidos, incluso los que presumen de calladitos. Y los que tienen un micrófono, ni se diga.

Pasando por comentaristas deportivos, escritores, periodistas, vedettes y hasta presidentes y ex presidentes; aquí todos tenemos algo que sugerir, algo que analizar, algún riguroso dato venido de nuestra más aguda y suspicaz interpretación.

En algunos casos el resultado es la pura felicidad y alcanza para morirnos de risa con los disparates que decimos que a veces son tan buenos que se vuelven cuasi poéticos. Pero en otros el desvarío es una real y contumaz chingadera.

Es que entre una y otra variante se escucha cada cosa que, al menos a mí, me hace dudar de mis capacidades cognitivas y me quedo patidifusa, ojicuadrada, lengüimuda y orejiconfundida; el tacto y el olfato sí los conservo al tiro, por si se ocupan.

Se me ha ocurrido entonces, que para comprender mejor lo que acontece en México y el idioma que hablamos los mexicanos, deberíamos promover la formación de una Real Academia de la Lengua Larga Mexicana y una Real Academia de la Lógica Corta Mexicana. Propuesta que auguro sería internacionalmente aplaudida pues a la Humanidad le fascina explicarse todo a partir de categorías y definiciones.

Suponiendo que ya existieran ambas instituciones y que yo fuera parte de las mismas, me permitiría sugerir a sus honorables miembros los siguientes conceptos que llevo ya rato elaborando en sesudas cavilaciones.

Haiga. No es un verbo, no es un sustantivo, no es un adverbio: lo es todo. De uso popular para sincretizar los vocablos “Haga” del imperativo hacer con “Aya”, la custodia de nuestra educación y “Haya”, el árbol de abundante follaje. Así que cuando un candidato diga que ganó la presidencia del país haiga sido como haiga sido (sic y hic), ya sabremos que está apelando a las acciones, la educación y la naturaleza; luego su triunfo será irrefutable.

Cinco minutitos. Unidad especial de medida del tiempo. La magnitud física de los cinco minutitos es más bien de orden simbólico y cabalístico. Similar a la cifra cuarenta reiteradamente utilizada en la Biblia para referirse a las pruebas transformadoras – los cuarenta días de Jesús en ayuno, los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto- o el sagrado número siete para renovar ciclos y acercarnos a lo divino; los cinco minutitos simbolizan la eternidad pues en ellos caben todos los tiempos. Al escuchar a un mexicano comprometer algo en cinco minutitos, sepa que usted podría esperar quince minutos, dos horas, una década o la vida entera.

Lo que viene siendo. El eterno devenir del ser: no somos, no fuimos, venimos siendo. El cambio incesante del que hablaba el filósofo Heráclito. La realidad inasible pero presente. En este entendido resulta lógico decir lo que viene siendo la última versión del sistema operativo X, porque pronto vendrá siendo otra. Hablamos de lo que viene siendo la realidad traslapada en todos sus tiempos, una suerte de nuevo orden metafísico de la existencia.

Al chile, al chile. Nos referimos a la palabra chile que viene de la voz náhuatl “chilli” y con la que nombramos a esa baya tan picante que acelera las pulsaciones, hace sudar, moquear y ver lucecitas blancas cuando se consume de forma directa. Es un pequeño tormento, un pequeño placer y una breve demostración de valentía. Si un mexicano jura amor o lealtad al chile, al chile; quiere decir que está dispuesto a la taquicardia, la sudoración, el escurrimiento nasal y las alucinaciones para cumplirlo. De manera que si usted quiere garantizar la efectividad de un contrato, agregue una cláusula final que diga: “Fulano de tal se compromete al cumplimiento de lo aquí firmado al chile, al chile”. Y ahórrese la consulta con los abogados.

Nostés chingando. La economía lingüística mexicana es bien conocida, ¿para qué gastar saliva diciendo no me estés chingando si nostés chingando puede comunicar el mismo mensaje? Otros ejemplos de tal cualidad los hallamos en los vocablos “Ahitá” (Ahí está), “Ora” (Ahora) y “Paqué” (Para qué). Nostés chingando denota la definición de un límite, equivale a decir “Por favor ya no me molestes” o “¿Y yo por qué?”, frase célebre de aquel vergonzante ex presidente que se preguntaba qué injusta responsabilidad se le implicaba en el país al que presidía. Nostés chingando también revela hartazgo, poca paciencia, peligrosa cercanía con el límite. Es recomendable no insistir cuando se recibe tal respuesta a un requerimiento. (Sugiero especialmente a las mujeres tomar nota de esta recomendación).

Dese, deste/ Desa, desta/  Desos, destos. Se trata de la figura retórica conocida como Alusión; aquí los mexicanos nos referimos al hecho, al objeto, sujeto, emoción, suceso, ente, animal o cosa sin nombrarlo. “Dame el dese”, “No encuentro la desta”, “Te lo juro por mis destos”. Y usted, se lo garantizo, comprenderá a qué nos referimos aún cuando el sustantivo se encuentre ausente.

On tá. Nuevamente un magistral ahorro de recursos. No despilfarramos energía preguntando “¿Dónde está?” si no es necesario. On tá es una pregunta para solicitar información del paradero de algo o alguien. ¿On tá el coche?, ¿On tá bebé?, ¿On tá el muerto? Sí, usted debe saber que en México hay muertos que se pierden, sobre todo cuando están vivos; como el conocido y rabiosamente actual caso del narcotraficante Nazario Moreno, alias “El Chayo”; que registra dos fechas de muerte y parece que la segunda es la definitiva aunque nadie apostaría por ello.

Y aquí voy a parar porque peligra mi equilibrio mental. Me quedo con dos conclusiones. La primera es ésta, urge legislar: además de las academias reales que propongo necesitamos redefinir legalmente qué es un muerto y el alcance de un plazo de cinco minutitos.

La segunda es que quiero reiterar mi admiración a Cantinflas. Ese señor, créanlo, no sabía lo que hacía, pero sabía con una precisión demoníaca lo que decía.

Y ahí nomás, yastuvo.

jueves, 6 de marzo de 2014

La mujer es un misterio





Ángeles Mastreta


  1. Hay una estampa que guarda el más importante archivo fotográfico de la Revolución Mexicana, por la que camina hacia cualquier batalla un grupo de revolucionarios montados a caballo. Altivos y solemnes, con sus dobles cananas cruzándoles el pecho y sus imponentes sombreros cubriéndoles la luz que les ciega los ojos y se los esconde al fotógrafo, parece como si todos llevaran una venda negra a través de la cual creen saber a dónde van.
  2. Junto a ellos caminan sus mujeres, cargadas con canastas y trapos, parque y rebozos. Menos ensombrecidas que los hombres, marchan sin reticencia a su mismo destino: los acompañan y los llevan, los cobijan y los cargan, los apacientan y los padecen.
  3. Muchas veces las mujeres mexicanas de hoy vemos esa foto con la piedad avergonzada de quien está en otro lado, pero muchas otras tenemos la certidumbre de ser como esas mujeres. De que seguimos caminando tras los hombres y sus ciegos proyectos con una docilidad que nos lastima y empequeñece. Sin embargo, hemos de aceptar que las cosas no son del todo iguales. Creo que con la prisa y la fiebre con que nos ha tocado participar, padecer y gozar estos cambios, ni siquiera sabemos cuánto han cambiado algunas ideas y muchos comportamientos.
  4. Muchas de las mujeres que viven en las ciudades trabajan cada vez más fuera de sus casas, dejan de necesitar que un hombre las mantenga, se bastan a sí mismas, se entregan con pasión y con éxito a la política y al arte, a las finanzas o la medicina. Viajan, hacen el amor sin remilgos y sin pedirle permiso a nadie, se mezclan con los hombres en las cantinas a las que antes tenían prohibida la entrada, deambulan por la calle a cualquier hora de la noche sin necesidad de perro, guardián o marido que las proteja, no temen vivir solas, controlan sus embarazos, cuidan y gustan de sus cuerpos, usan la ropa y los peinado que se len antojan, piden con más fuerza que vergüenza la ayuda de sus parejas en el cuidado de los hijos, se divorcian, vuelven a enamorarse, leen y discuten con más avidez que los hombres, conversan y dirimen con una libertad de imaginación y lengua que hubiera sido el sueño dorado de sus abuelas.
  5. Estamos viviendo de una manera que muchas de nosotras ni siquiera hubiéramos podido soñar hace veinticinco años. Comparo por ejemplo el modo en que las mujeres de mi generación cumplíamos quince años, y el modo en que los cumplen nuestras hijas.
  6. Algunas de las mujeres jóvenes que viven en el campo también han empezado a buscarse vidas distintas de las que les depararía el yugo que nuestros campesinos tienen sobre sus mujeres, mil veces como la consecuencia feroz del yugo y la ignorancia que nuestra sociedad aún no ha podido evitarles tampoco a los hombres del campo.
  7. Muchas de ellas son capaces de emigrar sin más compañía que su imaginación, y llegan a las ciudades con la esperanza como un fuego interno y el miedo escondido bajo los zapatos que abandonan con su primer salario. Son mujeres casi siempre muy jóvenes que están dispuestas a trabajar en cualquier sitio donde estén a salvo de la autoridad patriarcal y sus arbitrariedades. Mujeres hartas de moler el maíz y hacer las tortillas, parir los hijos hasta desgastarse y convivir con golpes y malos tratos a cambio de nada.
  8. Mujeres que desean tan poco, que se alegran con la libertad para pasearse los domingos en la Alameda y las tardes de abril por las banquetas más cercanas a su trabajo. Mujeres que andan buscando un novio menos bruto que los del pueblo, uno que no les pegue cuando paren niña en vez de niño, que les canten una canción de Juan Gabriel y les digan mentiras por la ventana antes de violentarlas sin hablar más y hacerles un hijo a los quince años.
  9. En muchas mujeres estas nuevas maneras de comportarse tienen detrás la reflexión y la voluntad de vivir y convivir fuera de lo que hizo famoso a México por el alarde de sus machos y la docilidad de sus hembras. Entre otras cosas porque alguna de esta fama era injusta. Yo creo que mujeres briosas y valientes han existido siempre en nuestro país, sólo que hace medio siglo parte del valor consistía más que en la rebelión en la paciencia y antes que en la libertad en el deber de cuidar a otros.
  10. Quizá uno de los trabajos más arduos de las mujeres mexicanas ha sido la continua demanda de atención y cuidados que han ejercido sus parejas. Lo que en los últimos tiempos ha hecho a los hombres más vulnerables, porque como son bastante incapaces para manejar lo doméstico, basta con abandonarlos a su suerte cuando se portan mal. Cosa que las mujeres han empezado a hacer con menos culpa y más frecuencia.
  11. Entre más aptas son, entre más acceso tienen a la educación y al trabajo, más libres quedan para querer o detestar a los machos que sus brazos cobijan.
  12. Otra muestra de preponderancia masculina en la vida familiar ha sido —como en otros países, no sólo latinoamericanos sino europeos y norteamericanos— la voluntad de tratar mujeres como animales domésticos a los que puede castigarse con gritos y muchas veces con golpes. Eso también es algo que cambia en nuestro país. Cada vez es mayor el número de mujeres que denuncian las arbitrariedades en su contra y no se quedan a soportarlas como lo hicieran sus antepasadas.
  13. Han transcurrido ochenta años desde el día en que se tomó la foto del archivo y las mujeres mexicanas aún hacen la guerra de sus hombres, aún arrastran y cuidan a sus heridos, aún mantienen a sus borrachos, atestiguan sus borracheras, escuchan sus promesas y rememoran sus mentiras. Pero ya no rigen sus vidas según el trote y la magnificencia de los hombres. Aún lloran sus infidelidades, sosiegan sus fidelidades, pero ya no los despiden y albergan sólo según el antojo de las inescrutables batallas masculinas.
  14. Quizás es este el cambio más significativo: las mujeres actuales tienen sus propias batallas y, cada vez más, hay quienes caminan desatadas, lejos del impecable designio de un ejército formado por hombres ciegos.
  15. Las mujeres mexicanas del fin de siglo ya no quieren ni pueden delegar su destino y sus guerras al imprevisible capricho de los señores, ya ni siquiera gastan las horas en dilucidar si padecen o no una sociedad dominada por el machismo, ellas no pierden el tiempo, porque no quieren perder su guerra audaz y apresurada, porque tienen mucho que andar, porque hace apenas poco que han atisbado la realidad del sueño dormido en la cabeza de la mujer que ilumina una vieja estampa con su cuerpo cargado de canastas y balas: para tener un hombre no es necesario seguirlo a pie y sin replicar.
  16. Suena bien ¿verdad? Sin embargo, llevar a la práctica tal sentencia no siempre resulta fácil, agradable, feliz. Por varios motivos. Entre otros, porque las mujeres que se proponen asumir esta sentencia no fueron educadas para su nuevo destino y les pesa a veces incluso físicamente ir en su busca: se deshicieron de una carga, pero han tomado algunas más arduas, por ejemplo enfrentar todos los días la idea aún generalizada de que las mujeres deben dedicarse a atender su chiquero, a hablar de sí mismas entre sí mismas, para sí mismas, a llorar su dolor y su tormenta en el baño de sus casas, en la iglesia, en el teléfono, a tararear en silencio la canción que les invade el cuerpo como un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie.
  17. Muchas veces esta idea aparece incluso dentro de sus adoloridas cabezas, de su colon irritado, junto con su fiera gastritis cotidiana. O, peor aún, deriva en repentinas depresiones a las que rige la culpa y el desasosiego que produce la falta de asidero en quienes supieron desde niñas que no tendrían sino asideros en la vida.
  18. Sin ánimo de volver a hacernos las mártires, debemos aceptar cuánto pesa buscarse un destino distinto al que se previó para nosotras, litigar, ahora ya ni siquiera frontalmente, dado que los movimientos de liberación femenina han sido aplacados porque se considera que sus demandas ya fueron satisfechas, con una sociedad que todavía no sabe asumir sin hostilidad y rencores a quienes cambian.
  19. Me preguntaba hace poco un periodista: ¿Por qué a pesar de todo lo logrado, las mujeres hacen sentir que no han conquistado la igualdad? ¿Qué falta?
  20. Falta justamente la igualdad, le respondí. ¿Por qué si un hombre tiene un romance extraconyugal es un afortunado y una mujer en la misma circunstancia es una piruja? ¿El hombre un ser generoso al que le da el corazón para dos fiebres y la mujer una cualquiera que no respeta a su marido? ¿Por qué no nos parece aberrante un hombre de cincuenta años entre las piernas de una adolescente y nos disgusta y repele la idea de una mujer de treinta y cinco con un muchacho de veintiséis? ¿Por qué una mujer de cuarenta y cinco empieza a envejecer y un hombre de cuarenta y cinco está en la edad más interesante de su vida? ¿Por qué detrás de todo gran hombre hay una gran mujer y detrás de una gran mujer casi siempre hay un vacío provocado por el horror de los hombre a que los vean menos? ¿Por qué los esposos de las mujeres jefes de Estado no se hacen cargo de las instituciones dedicadas al cuidado de los niños? ¿Por qué a nadie se le ocurre pedirle al esposo de una funcionaria de alto nivel que se adscriba al voluntariado social? ¿Por qué las mujeres que ni se pintan ni usan zapatos de tacón son consideradas por las propias mujeres como unas viejas fodongas cuando todos los hombres andan en zapatos bajos y de cara lavada sintiéndose muy guapos? ¿Por qué se consideran cualidades masculinas la fuerza y la razón y cualidades femeninas la belleza y la intuición? ¿Por qué si un hombre puede embarazar a tres distintas mujeres por semana y una mujer sólo puede embarazarse una vez cada diez meses, los anticonceptivos están orientados en su mayoría hacia las mujeres?
  21. Y puedo seguir: ¿por qué al hacerse de una profesión las mujeres tienen que actuar como hombres para tener éxito? ¿Por qué los pretextos femeninos —tengo la regla o mi hijo está enfermo, por ejemplo— no pueden ser usados para fallas en el trabajo, y los pretextos masculinos —estoy crudo, perdonen ustedes pero vengo de un tibio lecho, por ejemplo— son siempre aceptados con afecto y complicidad?
  22. ¿Por qué la libertad sexual a la que accedimos las mujeres ha tenido que manejarse como la libertad sexual de la que hace siglos disfrutan los hombres? ¿Por qué las mujeres nos pusimos a hacer el amor sin preguntas cuando cada vez seguía latente en nuestros cuerpos la pregunta ¿qué es esta maravilla? Y aceptamos sin más la respuesta que los hombres se dieron tiempo atrás y que a tantos desfalcos los ha conducido: "este es un misterio, ponte a hacerlo".
  23. Sólo los poetas han querido librarse de usar esta respuesta para responder a las múltiples preguntas que los hombres responden con ella, pero los poetas, como las mujeres, no gozan todavía de mucho prestigio nacional. Prestigio tienen los misterios, no quienes se empeñan en descifrarlos. Y los misterios, como casi todo lo prestigioso, los inventaron los hombres. Con ese prestigio nos han entretenido mucho tiempo. Cuántas veces y desde cuándo nos hemos sentido halagadas al oír la sentencia patria que dice: la mujer es un misterio.
  24. Y ¿por qué no? La virgen de Guadalupe es un misterio, la Coatlicue es un misterio, la muerte en un misterio, la mujer debe ser un misterio y las sociedades sensatas no hurgan en los misterios, sólo los mantienen perfecta y sistemáticamente sitiados como tales. La virgen de Guadalupe en la basílica, la Coatlicue en el Museo de Antropología y ¿las mujeres?
  25. Las mujeres ya no quieren seguir a los hombres a pie y sin replicar. Bueno y vaya, parece que se nos ha dicho. Y nos hemos subido a los caballos y trabajamos el doble y hasta nos hemos puesto al frente de nuestras propias batallas.
  26. Por todo eso, incluso hemos encontrado prestigio y reconocimiento. Sin embargo, aún no desciframos el misterio. Aún no sabemos bien a bien quiénes somos, mucho menos sabemos quiénes y cómo son las otras mujeres mexicanas.
  27. La última tarde que pasé en México, fui a una de las apresuradas compras de zapatos que siempre doy en hacer antes de salir de viaje. Volvía de una elegante zona comercial encerrada en mi coche que olía bonito, canturreando una canción que cantaba en mi tocacintas la hermosa voz de Guadalupe Pineda.
  28. Estaba contenta. Conmigo, con mis amores, con la idea de viajar, con la vida.
  29. Entonces me detuvo en un semáforo el rostro espantoso de una mujer que pedía limosna mientras cargaba a un niño. Estamos acostumbrados a esos encuentros. Sin embargo, la cara que cayó sobre mí esa tarde era inolvidable de tan fea.
  30. —Debe estar enferma— me dije—. Y no eres tú. Es ella, es otra mujer. Tú eres una mujer que vive en otra parte, eres una escritora, una testigo. No la subas a tu coche, no ensucies tu bien ganada dicha de hoy, no la cargues, déjala en la esquina con su niño moquiento y sus preguntas que tan poco tienen que ver con las tuyas. Y corre a terminar tu conferencia sobre la situación actual de las mujeres mexicanas. Corre a ver si desde tu fortuna tocas algún misterio.
  31. Corrí. Y aquí estoy después de darle vueltas por dos horas, todavía con la certidumbre de que no he tocado el misterio.

lunes, 17 de febrero de 2014

El que no se va


Fotografía: Lizeth Arauz
                 José Emilio Pacheco                   




Pável Granados.*

 

En un ejercicio que ejemplifica la imperfección de la memoria con el objeto que ésta evoca, Variopinto se dio a la tarea de reconstruir la figura literaria de José Emilio Pacheco, fallecido el pasado 26 de enero, para honrarlo como es debido. Su recuerdo es elusivo y engañoso: el José Emilio verdadero yace ahora y siempre en el legado de su obra.

 

Para entender a José Emilio Pacheco hay que tener una sola cosa muy clara: que la nostalgia es un engaño. Que todo lo que hay es una construcción que inventamos y en la cual quisiéramos habitar. Cuando, hace años, se inauguró el segundo piso del Periférico, José Emilio dijo: “Con esta construcción podemos declarar destruida para siempre la Ciudad de México que conocimos”. Es buena frase, pero también es falsa; el propio escritor sabía que nunca existió esa Ciudad de México. Porque ese bello pasado tiene una sola característica: cuando era presente era insoportable. Un presente que le fue insoportable a José Joaquín Fernández de Lizardi, lo mismo a fray Servando Teresa de Mier y a Guillermo Prieto. Ignacio Ramírez escribió su primer texto en las orillitas de las hojas de periódico que encontraba tiradas en la calle. Cuando le preguntaron: “¿Qué es lo que más le gusta de México?”, respondió: “Veracruz, porque por allí se sale”. El compositor Melesio Morales triunfó en Italia; cuando volvió a México, Ignacio Manuel Altamirano lo recibió en la estación de Buenavista y le dijo: “¿Pero por qué has vuelto a México? ¡Sálvate tú que puedes!” La capital era un pedacito de diez kilómetros cuadrados, y no todas las calles eran transitables. Sólo los estudiantes y los escritores que pasaban por las calles con sus libros eran respetados por los asaltantes. Conque de tan antiguo es adverso este país para los escritores…

Con el fino trazo de su pluma fuente, José Emilio Pacheco le fue poniendo tache a cada una de nuestras esperanzas. ¿El Porvenir? Tache. ¿La esperanza de un mejor país? Quizá no. ¿El respeto al arte? Tal vez en otro siglo. Pero, ¿se puede disfrutar la vida diciéndole adiós a todo cuanto va pasando ante nuestros ojos? Quién sabe, ya no está José Emilio Pacheco para preguntarle. Su poesía puede servir de oráculo. Al azar, sale un poema, “Lección de estilo” (Siglo pasado (desenlace), Ediciones ERA, 2000):

 

Lección de estilo: los sapos

a orillas de su charca,

bien sentaditos,

frescos, felices,

con la piel húmeda bajo el calor del verano,

parecen dar las gracias por su breve existencia.

 

No es gratuito; en la página que se abra de cada uno de los libros de Pacheco, como un leitmotiv, aparece esa certeza: nunca más un momento como el de hoy, como si fuera una voz desde el más remoto ayer la que habla. La cosa es que el más remoto ayer empieza ayer mismo. “Está tan perdido el 6 de agosto de 1634 como el día de ayer”. Pero lo decía con tanta timidez y como de pasada, que esta frase tan lapidaria se perdía entre otras muchas. Y entonces, hablaba de Enrique Gómez Carrillo y cómo era improbable que su amante fuera la gran Mata Hari. O se refería a Leopoldo Lugones, “el poeta más fiel del mundo”. Sólo que muchos años después se supo que no era así, pues una investigadora descubrió las cartas dirigidas a su amante, regadas literalmente con sangre y lágrimas. El hijo de Lugones fue el primero en utilizar la picana eléctrica como instrumento de tortura en Argentina; y la nieta del poeta murió torturada por la dictadura. Si uno comienza a tejer y tejer los hilos de las anécdotas se llegan a conclusiones asombrosas. Se repite mil veces: “¡Qué chiquito es el mundo!”. La última novia de Amado Nervo era tía del Che Guevara. El poeta mexicano Francisco A. de Icaza vivió en España, allí escribió sus poemas hoy olvidados, en los que abordaba constantemente un tema, el de la vida como un camino; en estos poemas se inspiró Antonio Machado, quien recogió varias de las ideas de Icaza para su obra propia. “El mexicano de España y el español de México, a quien no se recuerda en ninguna de sus dos patrias”, dijo Pacheco de Icaza, cuando fue a recibir el Premio Cervantes, en 2010. Se lee a los clásicos de nuestra literatura para sacarlos del olvido, y se escribe para levantar una obra, una obra que, paradójicamente, está condenada al olvido. Aunque quién sabe… No sé si el poeta cree en verdad en el olvido, o cree como Jorge Luis Borges, que no existe el olvido.

¿Es inmortal la poesía? Desafortunadamente, no. Los poetas tejen con sus versos grandes nichos mortuorios. Y sólo de vez en cuando se regresa para revisar el pasado. Vivimos de sentencias lapidarias, depositadas en las tumbas de nuestros escritores. ¿Quién sabrá cómo era la poesía neoclásica del siglo XIX, y quién sabe si tiene algo en común con nosotros? En los años 60, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco se dividieron la tarea de compilar y prologar la poesía mexicana de los últimos dos siglos. A Monsiváis le tocó la tarea de reunir a los poetas posteriores a Tablada y López Velarde. Y a José Emilio, los autores del siglo XIX, los que nadie toma en serio, los excluidos, los que se convirtieron en piedra y hoy sólo son monumentos. Pacheco continuó su lectura, y publicó su Antología del Modernismo, en la UNAM (1970). Dice Fernando Vallejo que la crítica literaria es similar a una jungla en donde los pericos se la pasan repitiendo lo que escuchan. Eso pasó precisamente con el Modernismo, la escuela que, en el siglo XIX, iniciara Manuel Gutiérrez Nájera y que significó una liberación de los modelos españoles. Pacheco volvió a leer esa poesía escrita sobre todo entre 1880 y 1910, y cambió la manera de leerla. Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Francisco González León, Enrique González Martínez, María Enriqueta, eran autores cuyos nombres no decían nada a los jóvenes de entonces. Ni siquiera Ramón López Velarde. En una ocasión, José Emilio pudo platicar con una de las novias del autor de Zozobra, y le pidió que le dijera exactamente en dónde vivía el poeta. Con esas señas pudo encontrar la casa, y descubrió que era una vecindad deteriorada. Gracias a esa investigación, se pudo recuperar la casa donde murió Ramón López Velarde, a los 33 años, a causa de una neumonía producto de caminar en la madrugada, platicando de su ídolo Michel de Montaigne, y convertirla en la Casa del Poeta.

Por esta célebre Antología sabemos que antes del Boom, ya había existido una generación literaria en español que había tenido un circuito internacional en Europa, y a la que habían pertenecido autores como Rubén Darío y Amado Nervo. Esos autores modernistas fueron los primeros en decir en Europa que la literatura hispanoamericana existía. Si antes Europa ignoraba a nuestros autores, desde entonces dejó de darse ese lujo. Primero Nervo, luego Alfonso Reyes, más adelante Juan Rulfo y Octavio Paz; la literatura mexicana dejó de ser desconocida en otros países. Recientemente, cuando Elena Poniatowska ganó el Premio Cervantes, José Emilio dijo certeramente: “En México no gusta la literatura mexicana”. Si en un lugar es desconocida nuestra literatura es aquí. Pero, esperen. Llego a una encrucijada. Desde aquí puedo caminar hacia varios rumbos para hablar de la generación de Pacheco, de su historia personal, de sus influencias literarias, de sus ideas sobre la literatura, de los géneros que practicó…

Harold Bloom, el crítico mayor de los Estados Unidos, dijo que los escritores padecemos de “ansiedad de las influencias”, es decir, ganas de matar freudianamente a nuestros maestros. José Emilio desecha esta idea en un poema del libro Siglo pasado: “Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines”. Con el tiempo, fue detallando una postura sobre este tema: dijo que las influencias no deben ser vistas como algo colonial, como una conquista de un autor sobre otro, como la imposición de un estilo. Es todo lo contrario, los escritores trabajan para conquistar sus influencias, hacen el trabajo por merecérselas. No viene Neruda a meterse a mi obra (si es el caso): soy yo el que acomete la tarea de buscar una influencia. Sus ensayos eran una especie de sabiduría largamente pensada, que fue autocrítica cuando lo creyó necesario. Le escuché decir cosas como: “Luchamos tanto tiempo contra los declamadores, ¿y qué logramos? Que se perdiera el gusto por el lenguaje”. “En México se escribe más poesía de la que se lee”. “Los malos escritores tienen una característica: creen que escriben muy bien”. Son las frases de las que tomé nota. Porque siempre, escuchar a José Emilio, o leerlo, era llegar a las consecuencias de ideas que provenían de la experiencia del lector.

Muchos escritores comienzan a existir como una protesta contra lo que estaba antes. Yo aquí estoy, y nada de lo que había me convence, parecen decir muchos jóvenes. No fue jamás el caso de José Emilio. Él llegó como una continuación natural de la literatura mexicana, como un autor en el que el fluir de la literatura se continuaba en su obra. Las obras de Alfonso Reyes, Salvador Novo, Fernando Benítez, hallaban una continuación en las reflexiones de Pacheco. Su larga contribución al ensayo periodístico, la columna Inventario, era una especie de homenaje a la vieja columna Simpatías y diferencias, de Reyes. Una curiosidad todavía más inaudita, porque no existía el Internet. Antes de las computadoras, decía José Emilio, había más comunicación que hoy entre los escritores mexicanos y los sudamericanos. Antes se tenía que viajar en barco a Cuba y Senegal para poder llegar a Buenos Aires. Y aun así, los autores tenían más noción de lo que pasaba en aquellos países. En sus Inventarios, José Emilio recogía todo lo que sabía, sus imaginaciones, sus falsas traducciones, datos maravillosos sobre literatura francesa, detalles de la Historia de México que nada más él sabía. Y se quejaba: “Es que falta recopilar tanto de nuestra literatura, todo está en la Hemeroteca”. Paradójicamente, él nunca quiso que sus columnas se recopilaran, y le dio largas a todos los editores que en algún momento se lo pidieron. Es que todo es preliminar, por eso tenía la esperanza de tener tiempo para reescribir y pulir. Pero eso es imposible, ¿qué no se la pasaba retocando sus poemas y hasta algunas de sus narraciones? “Mira, si un físico reimprime su libro y la ciencia ha avanzado, es ridículo que lo deje igual, tiene que actualizarlo. Si mi sensibilidad ha cambiado, no puedo dejar un poema que me tiene insatisfecho”. No es que hablara todo el tiempo con él, pero es que lo que él decía estaba lleno de sustancia. Y él se había encontrado a los que alguna vez trataron con algún grande y resultó que en los pocos minutos de tratarlo, habían escuchado las palabras más geniales, como si los personajes se la pasaran diciendo sentencias y aforismos todo el tiempo. “No, yo no. A mí no me dijo nada Borges, platicamos de cualquier cosa, pero no me reveló sus secretos ni me dijo nada confidencial”, decía José Emilio. Pero es cierto que muchos atesoran lo que dijo.

Yo viajé una vez a Xalapa con Miguel Capistrán y con él. Allá tuve la suerte de ir a comer, además de con ellos, con Sergio Pitol, Margarita Peña y Manuel Sol. En el camino, se habló largamente de Díaz Mirón y de González Martínez. “¿Cómo te imaginas al hombre del búho, como le decían entonces?”, me preguntó. “Muy serio y muy introspectivo”, le dije. “Pues no, era un gran conversador, le gustaba que los jóvenes escritores lo invitaran a salir a bailar, y siempre cargaba con una novela policiaca, algo que entonces era muy mal visto.” Y habló de Octavio Paz, del gran lector de poesía que fue. “Pero, José Emilio, si era tan gran lector, ¿cómo es que no apreciaba el Modernismo?” Y me contestó: “Mira, en la última conversación que tuve con Octavio, me dijo: 'José Emilio, me voy a morir y ya no voy a tener tiempo de escribir sobre dos escritores a los que descubrí muy tarde, Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo' ”.

Como yo, él también había sido aprendiz. Le dio a leer sus primeros textos a Elías Nandino y a Octavio Paz. Luisa Josefina Hernández le dijo que tenía talento para el teatro. Pero la verdad es que poco a poco se fue afinando su oído por la musicalidad del lenguaje. Eso se nota en una primera etapa de su poesía. Y luego, con esa musicalidad que no lo abandonó nunca, escribió una prosa clara, de la cual puedo repetir pasajes enteros de memoria. Creó un lugar maravilloso que no existió nunca y que se llama colonia Roma. Su libro, Las batallas en el desierto hablan de ese lugar que queda en un lugar que se llama igual. Cuenta la historia de Carlitos… Bueno, ésa la conocen. Lo que nadie sabe es que no es una historia autobiográfica. José Emilio no es Carlitos. Pero Carlitos sí es José Emilio, es un habitante de una novela con una ética en el corazón cuyo mundo le impide ponerla en práctica. Su corazón destruido se salva, pero su ciudad se destruye. Una ciudad que en su momento fue un infierno. ¿Ven?, por ese tiempo no se puede sentir nostalgia. Es un engaño del corazón. Esa novela y ese escritor recibieron literariamente a mi generación. Nos dijo: “Esta fue la ciudad que ya no conocieron, porque en 1985 se fue, esta vez sí, para siempre”. Nos recibieron las ruinas. Lo que se destruye, el cambio perpetuo que está en esta magnífica obra literaria.

Bueno, José Emilio, es momento de despedirme. No me quiero poner cursi, esa forma de fracaso del buen gusto que se llama la cursilería. Sólo quería decirte que te pasaste la vida despidiéndote, y ya ves, eres el que no se va, el que se queda en tu obra, más real que las cosas ilusorias de la vida.

 

*Pável Granados es ensayista, editor, coordinador del catálogo de música popular mexicana de la Fonoteca Nacional. Autor de XEW. 70 años en el aire (2000), Mi novia la tristeza. La vida de Agustín Lara (con Guadalupe Loaeza, Océano, 2008), El edén subvertido. La poesía de la Revolución Mexicana (con Miguel Capistrán,Jus, 2010) y El ocaso del Porfiriato. La poesía en México 1901-1910 (FCE, 2011). Desde hace 11 años conduce el programa de investigación musical Amor perdido en Radio Red.

 

(Revista Variopinto. 16 febrero 2014)

lunes, 3 de febrero de 2014

La zarpa*



José Emilio Pacheco (1)


Padre, las cosas que habrá oído en el confesionario y aquí en la sacristía…  Claro, usted es joven, es hombre y le será difícil entenderme. De verdad, créame, no sabe cuánto me apena quitarle el tiempo con mis problemas, pero a quién si no a usted puedo confiarme ¿verdad?

No sé cómo empezar. Es decir,  ¿cómo se llama el pecado de alegrarse del mal ajeno? Todos lo cometemos ¿no es cierto? Fíjese usted cuando hay un accidente, un crimen, un incendio, la alegría que sienten los demás al ver que no fue para ellos alguna de las desdichas que hay en el mundo…

Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una  nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…

Perdone, le estoy quitando el tiempo. Es que no tengo con quién hablar y cuando hablo… Ay, Padre, si supiera, qué pena, nunca me había atrevido a contarle esto a nadie, ni a usted; pero ya estoy aquí y después me sentiré más tranquila.

Mire, Rosalba y yo nacimos en edificios de la misma cuadra y con pocos meses de diferencia. Nuestras madres eran muy amigas. Nos llevaban juntas a la Alameda, juntas nos enseñaron a hablar y a caminar… Mi primer recuerdo de Rosalba es de cuando entramos en la escuela de parvulitos. Desde entonces ella fue la más linda, la más graciosa, la más inteligente. Le caía bien a todos, era buena con todos. En primaria y secundaria lo mismo: la mejor alumna, la que llevaba la bandera, la que salía bailando, actuando o recitando en todos los festivales de la escuela. Y no le costaba trabajo estudiar, le bastaba oír una vez algo para aprendérselo de memoria.

Ay Padre ¿por qué las cosas estarán tan mal repartidas?, por qué a Rosalba le tocó todo lo bueno y a mí todo lo malo? Fea, bruta, gorda, pesada, antipática, grosera, malgeniosa, en fin…

Ya se imaginará usted lo que nos pasó al entrar en la Preparatoria cuando casi ninguna llegaba hasta esos estudios. Todos querían ser novios de Rosalba; a mí ni quién me echara un lazo, nadie se iba a fijar en la amiga fea de la muchacha guapa.

En un periodiquito estudiantil publicaron –sin firma, pero yo sé quién fue y no se lo voy a perdonar nunca aunque ahora sea muy famoso y muy importante–: “Dicen las malas lenguas de la Prepa que Rosalba anda por todas partes con Zenobia para que el contraste haga resplandecer aún más su belleza extraordinaria, única, incomparable”.

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara y si una nace fea por fuera la gente se la arregla para que también se vaya haciendo fea por dentro.

A los quince años, Padre, ya estaba amargada, odiaba a mi mejor amiga y no podía demostrarlo porque ella era siempre amable, buena, cariñosa, y cuando me quejaba de mi fealdad me decía: “Pero qué tonta, cómo puedes creerte fea con esos ojos y esa sonrisa tan bonita que tienes”.

Era sólo la juventud, Padre. A esa edad no hay nadie que no tenga una gracia. Mi mamá se había dado cuenta desde mucho antes y trataba de consolarme diciendo cuánto sufren las mujeres hermosas y qué fácilmente se pierden…

Aún no terminábamos la prepa – yo quería estudiar leyes; ser abogada, aunque entonces daba risa que una mujer anduviera metida en trabajos de hombre – cuando Rosalba se casó con un muchacho bien de la colonia Juárez al que había conocido en una kermés.

Mientras ella se fue a vivir a la avenida Chapultepec en una casa preciosa que hace tiempo tiraron, yo me quedé arrumbada en el mismo departamento donde nací, en las calles de Pino. Para entonces mi mamá ya había muerto, mi padre estaba ciego por sus vicios de juventud y mi hermano era un borracho que tocaba la guitarra, hacía canciones y quería ser rico y famoso como Agustín Lara…

Tanta ilusión que tuve y ya ve, me vi obligada a trabajar desde muy chica, en “El Palacio de Hierro” primero y luego de secretaria en Hacienda y Crédito Público, cuando murió mi padre y al poco tiempo mataron a mi hermano en un pleito de cantina…

Rosalba, claro, me invitó a su casa pero nunca fui. Pasó mucho tiempo y un día llegó a la sección de ropa íntima donde yo trabajaba y me saludó como si nada, como si no hubiéramos dejado de vernos, y me presentó a su nuevo esposo, un extranjero que apenas entendía el español.

Estaba, aunque no lo crea, más linda y elegante, en plenitud como suele decirse. Me sentí tan mal, Padre, que me hubiese gustado verla caer muerta a mis pies. Y lo peor, lo más doloroso, era que Rosalba seguía tan amable, tan sencilla de trato como siempre.

Le dije que la visitaría en su nueva casa, ahora en Las Lomas. No lo hice nunca. Por las noches rogaba a Dios no volver a encontrármela. Todas nuestras amigas se habían casado y comenzaban a irse de Santa María. Las que se quedaron ya estaban gordas, llenas de hijos, con maridos que les gritaban y les pegaban y se iban de juerga con mujeres de ésas.

Para vivir así, Padre, mejor no casarse. Y no me casé aunque oportunidades no me faltaron, pues para todo hay gustos y siempre por más amolados que estemos viene alguien a nuestra espalda recogiendo lo que tiramos ¿verdad?

Se fueron los años y ya sería época de Alemán o Ruiz Cortines cuando una noche en que estaba esperando mi camión en el centro y llovía a mares la vi en su gran automóvil, con chofer de uniforme y toda la cosa. Hubo un alto, Rosalba me descubrió entre la gente y me invitó a subir.

Rosalba se había casado por cuarta vez, aunque parezca increíble, y a pesar de tanto tiempo, gracias a sus esmeros, seguía siendo la misma: su cara fresca de muchacha, sus ojos verdes, sus hoyuelos, sus dientes perfectos…

Me reclamó que no la buscara nunca, aunque ella me mandaba cada año tarjetas de Navidad, y me dijo que el próximo domingo no me escapaba, mandaría por mí al chofer para llevarme a almorzar a su casa.

Cuando llegamos, por cortesía la invité a pasar. Y aceptó, Padre, imagínese, aceptó. Ya se figurará la pena que me dio mostrarle mi departamento a ella que vivía entre tantos lujos y comodidades. Por limpio y arreglado que lo tuviera aquello seguía siendo el cuchitril que conoció Rosalba cuando andaba también de pobretona. Todo tan viejo y miserable que me dieron ganas de llorar de humillación, celos y rabia.

Rosalba se puso triste. Hicimos recuerdos de cuando éramos niñas. Por eso, Padre, y fíjese en quién se lo dice, no debiéramos envidiar a nadie, porque nadie se escapa de algo, de cualquier cosa mala. Rosalba no podía tener hijos y los hombres la ilusionaban un ratito para luego decepcionarla y hacerla buscar otro nuevo. Imagínese, tantos y tantos que la rodeaban, que la asediaron siempre, lo mismo en Santa María que en esos lugares ricos y elegantes que conoció después…

Bueno, se quedó poco tiempo; iba a una fiesta y tenía que vestirse. El domingo se presentó el chofer. Lo espié por la ventana y no le abrí. Qué iba a hacer yo, la fea, la quedada, la solterona, la empleadilla, en ese ambiente de riqueza. Para qué exponerme a ser comparada otra vez con Rosalba. No seré nadie pero tengo mi orgullo, Padre.

Ay, ese encuentro se me grabó en el alma. No podía ir yo al cine, ver la televisión, hojear revistas porque siempre veía mujeres hermosas con los mismos rasgos de Rosalba. Así, cuando en mi trabajo me tocaba atender a una muchacha que se le pareciera en algo, la trataba mal, le inventaba dificultades, buscaba formas de humillarla delante de los otros empleados para sentir que me vengaba de Rosalba.

Usted me preguntará, Padre, qué me hizo Rosalba. Nada, lo que se llama nada. Eso era lo peor y lo que más furia me daba. Es decir, siempre fue buena y cariñosa conmigo; pero me hundió, me arruinó la vida, sólo por ser, por existir, tan bonita, tan rica, tan todo…

Yo sé lo que es estar en el infierno, Padre. Y sin embargo no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Eso último que le conté, ese encuentro, pasó hace veinte años o más, no puedo acordarme…

Pero hoy, Padre, esta mañana, la vi en la esquina de Madero y Palma, de lejos primero, luego muy de cerca. No puede imaginarse, Padre: ese cuerpo maravilloso, esa cara, esas piernas, esos ojos, ese pelo color caoba, se perdieron para siempre en un barril de manteca, bolsas, arrugas, papadas, manchas, várices, canas, maquillajes, colorete, rímel, pestañas postizas… Me apresuré a besarla y abrazarla, Padre. Se había acabado ya todo lo que nos separó. No importaba lo de antes y ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora por fin Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales.

(1) narrador y poeta mexicano nacido en 1939.

(*) Cuento extraído de Pacheco, José Emilio (1979). El principio del placer. 3era edición. México: Editorial Joaquín Mortiz.

domingo, 2 de febrero de 2014

El eterno viajero





El 2 de febrero de 2014 Cristina Pacheco publicó este texto en su columna “Mar de historias” en el diario La Jornada, como despedida a José Emilio Pacheco.

Para suplir nuestras interminables conversaciones, siempre que te ibas de viaje nos llamábamos y nos escribíamos cartas. Las hojas de papel nunca bastaban para que nos dijéramos lo que nos sucedía, a ti en un ambiente nuevo y a mí en el que conoces de sobra porque lo hicimos juntos. Por más cuidadosos que fuéramos siempre se nos olvidaba registrar algo.

Para evitar esos huecos se te ocurrió que lleváramos cada uno un diario a partir de nuestra despedida en el aeropuerto o en la estación. Ese registro siempre me ha hecho imaginar que no te has ido, por eso de una vez comienzo mis anotaciones en este cuadernito y no en una libreta, como siempre.

Los arreglos para tu viaje fueron muy complicados. Decidir qué ibas a meter en la maleta nos tomó horas, aunque mucho menos que ordenar en fólders los textos que pensabas corregir una vez más. No dispuse de un minuto libre para ir a la papelería, así que estoy usando el cuadernito que nos mandó Almudena Grandes: El lector de Julio Verne.

Me encanta, porque tiene aspecto de útil escolar, lástima que sea tan delgado. Mañana compraré una libreta gruesa (donde copiaré lo que escriba hoy) y luego otra y otra, porque tu viaje esta vez será muy largo. Por favor, tú también escribe el diario, pero no en papelitos sueltos, sin fecha, que luego tengo que ordenar como si fueran partes de un rompecabezas.

II

Parto de lo que vivimos apenas esta mañana. Por tomarnos un último café, se nos hizo tarde para ir a la estación. Pese a ser domingo, nos topamos con cuatro manifestaciones y un tráfico endemoniado. Estuvo en peligro tu mayor orgullo: jamás haber perdido un avión o un tren. Para colmo surgió otro inconveniente: todos los estacionamientos llenos. Coincidimos en que te fueras caminando a la estación para registrarte mientras yo me estacionaba. Tardé mucho en lograrlo. Cuando bajé del coche me di cuenta de que habías olvidado tu bufanda. La tomé y corrí tan rápido como me lo permitieron los zapatos de tacón alto.

Si me hubiera puesto botas quizás habría llegado a la estación antes de que te pasaran al área destinada a los viajeros. Intenté convencer a un guardia de que me permitiera pasar hasta allí para entregarte tu bufanda. Se negó. Le supliqué y hasta lo hice partícipe de tu vida (cosa que detestas), explicándole que te ibas a una ciudad que estaba a 40 bajo cero. Se estremeció como si fuera él quien iba a padecer un clima tan adverso.

Me da vergüenza confesártelo, pero odié a ese hombre sólo porque cumplía con su deber. Traté de ablandarlo llamándolo oficial, pero fue inútil. Me resigné a renunciar a nuestra despedida y al invariable intercambio de recomendaciones y promesas: Júrame que no te quedas triste. Procura dormir en el camino. Cierra muy bien la puerta. Te llamo en cuanto llegue.

Debo haber tenido una cara terrible, porque el guardia al fin me permitió pasar. Entré en el andén en el momento en que subías la escalerilla con la cabeza vuelta hacia la entrada. Sé que me viste, oí que me gritaste algo que no alcancé a entender. Supongo que repetías la promesa habitual: Te llamo en cuanto llegue.

Sentí desesperación, necesidad de abrigarte el cuello y corrí pegada a las vías, pero no alcancé el tren y mucho menos a la altura del vagón en que ibas. Te imaginé quitándote el abrigo y metiendo al maletero la mochila con el libro que quisiste llevarte, los fólders, una colección de bolígrafos bic de punto grueso y al fondo de todo la Mont Blanc de la edición Schiller que te regalé para tu cumpleaños.

Te fascinó desde que la viste anunciada en una revista y decidí comprártela en secreto. De otro modo me lo habrías prohibido, bajo el argumento de que: es demasiado cara. No gastes en mí. Por hacerte un obsequio recibí otro maravilloso: tu expresión de felicidad cuando probaste la pluma en una servilleta de papel.

Mejor no recordar tanto. Vuelvo a lo de esta mañana. Cuando el tren desapareció en la curva me eché tu bufanda sobre los hombros. Sentí la misma tranquilidad que cuando estás de viaje y me pongo tus calcetines o tu suéter que siempre huele a esa loción barata que prefieres.

III

Al salir de la estación no pude recordar en dónde había estacionado el coche. Durante el tiempo que caminé para encontrarlo se me olvidó que te habías ido y llamé a la casa para decírtelo. Claro que no obtuve respuesta. Imaginé los cuartos vacíos, silenciosos y sentí apremio de llenarlos con el rumor de mis pasos. A pesar de mi urgencia me detuve en una librería. Recorrí todos los pasillos, miré cada anaquel, me asomé a las mesas de novedades.

Mi comportamiento despertó las sospechas de los empleados y de una mujer-policía multicolor: cabello granate, párpados azules, mejillas cobrizas, labios fucsia y uñas verdes. Adiviné sus dudas para elegir esa paleta y el tiempo que le habría tomado maquillarse. Acabé por admirarla y le sonreí, pero ella siguió observándome desconfiada, lista para actuar en caso necesario.

La situación habría sido menos incómoda si le hubiera dicho a la mujer-policía que si iba de un lado a otro se debía a que estaba haciendo comparaciones entre los libros para llevarme el más grueso, el que me aloje y me acompañe durante el primer techo de tu ausencia. Después de consultar índices y hacer sumas me decidí por Los Thibault. Sus seis tomos alcanzan mil 830 páginas con letra pequeña. Tomando en cuenta que mi trabajo me deja poco tiempo libre, calculo que leer esta novela me tomará muchos meses, aunque menos de los que tardarás en regresar.

Si estuvieras aquí y te mostrara mi primera compra desde que te fuiste dirías: Este libro lo tenemos. ¿Para qué trajiste otro? Pues para no ver tus anotaciones en los márgenes, las marcas que dejaste, la ceniza de tu cigarro que cayó entre las hojas. En las circunstancias actuales, encontrarme con esas huellas me lastimaría.

IV

En cuanto abrí la puerta te grité el saludo de siempre, ya sabes cuál. Subí a tu cuarto rápido, como si estuvieras esperándome. No estabas, pero encontré la ropa que dejaste tirada, el encendedor que diste por perdido y la cachucha con que te protegías de la luz artificial para ahorrar vista, según tus propias palabras.

Luego hice lo de siempre al mediodía: bajé a la cocina para hacer café. Aunque no lo creas resulta muy difícil y requiere de cierto valor preparar una sola porción de lo que sea cuando siempre has hecho dos. Con la taza en la mano salí al patio y puse a funcionar la fuente para que subiera el rumor del agua que te recuerda el mar.

Ya casi llené el cuadernito de Almudena. Le pondré la fecha de hoy: 26 de enero. Mañana escribiré en la primera libreta de las muchas que tendré que llenar contándote mi vida hasta el día en que vuelvas. Ya sé que esta vez no será pronto. En cierta forma es mejor: me darás tiempo de cumplir con todos tus encargos, entre ellos encontrar la pluma negra con la que tenías mejor letra. Esto me recuerda otro de mis pendientes: descifrar lo que escribiste en hojas sueltas las noches anteriores a tu viaje.

Hice una pausa. Me levanté del escritorio porque reapareció frente a tu ventana el colibrí que tanto te gustaba. Si él regresó, es imposible que no regreses tú.